martes, 17 de enero de 2017

"DIOS NO EXISTE" selección de textos escogidos y comentados por Christopher Hitchens (2007)

Christopher Hitchens fue, quizás, el ateo más provocador de nuestro tiempo. En este libro rescata una selección de textos clásicos y modernos que se caracterizan por su condena de la religión y su defensa de la descreencia. El título original es "El ateo portátil: lecturas esenciales para el no creyente", aunque se puede decir sin temor a equivocarse que por su grosor, sus múltiples autores, sus diferentes aproximaciones y su multiculturalidad, es la biblia del ateo.

Algunos podrán objetar que esta expresión es contradictoria, o irreverente. Pero no es contradictoria, porque la herencia que la religión nos ha aportado a los ateos está llena de algunos de "nuestros primeros escarceos literarios" como especie cultural, y ese aporte supone una "cultura y educación" a la que no debemos renunciar. Entender que ciertas expresiones, libros, canciones, monumentos o incluso costumbres no deben ser usados en ausencia de fe, solo por estar mancillados por su origen ritual, equivale a caer en el mismo sesgo religioso que sanciona ciertos actos como impuros, sin mayor análisis que el respeto a la autoridad o la costumbre. La Real Academia Española reconoce ese legado cultural de la religión, y reconoce en su segunda acepción de la palabra "biblia" la siguiente definición: "Obra que reúne los conocimientos o ideas relativos a una materia y que es considerada por sus seguidores modelo ideal".


En cuanto a lo de la irreverencia, y a la luz de las enseñanzas antiteístas que Hitchens nos legó, he de decir que si no fuera irreverente, no sería antiteísta... Si el lector no entiende esto y nunca ha reflexionado mucho más allá, puede que una breve aclaración terminológica sea oportuna.

Los creyentes se dividen en dos tipos: primero están los que creen en un Dios concreto y/o se adscriben a una religión concreta, que son los teístas (cristianos, musulmanes, budistas, judíos etc...). Y en segundo lugar están los creyentes en un tipo de dios creador que originó el mundo, pero que después se desentendió de los asuntos humanos (si no te crees ninguna religión en especial, pero tampoco crees que nunca haya existido ningún dios, entonces perteneces al grupo de los deístas). La ecuación se podría complicar si se añaden religiones sin dioses, pero podemos dejarlo ahí.

Entre los no creyentes también existen algunos subgrupos, pero básicamente se pueden resumir en dos: los ateos y los agnósticos. Los primeros niegan la posibilidad de que dios exista o simplemente no creen en ninguno. Los segundos no creen que se pueda demostrar la existencia o inexistencia de dios, y prefieren no pensar en el tema hasta tener más pruebas (algunos piensan que esto no es ateísmo, porque está a medio camino entre la creencia y la descreencia, pero a efectos prácticos, implica comportarse como si se fuese ateo).

¿Y dónde queda entonces el antiteísmo? La posición antiteísta es un subgrupo dentro del ateísmo, que se distingue por añadir un plus de activismo y llamar al proselitismo de una manera parecida a como hacen muchos creyentes (teístas). Si los testigos de los cristianos predican la palabra de Dios para salvar a cuantas más almas mejor, el antiteísta va predicando la necesidad de acabar con las religiones y desmontarlas por bien de toda la humanidad. Así, la figura contraria a los creyentes de toda la vida, como los católicos o los musulmanes, no son los ateos que viven su descreencia en privacidad, sino los antiteístas que se movilizan para contrarrestar a la religión organizada. Todo antiteísta es ateo, pero no todo ateo es antiteísta.

El antiteísta no teme llevar su discurso hasta el punto en el que pueda herir sensibilidades, porque considera que la madurez para afrontar críticas es un requisito para entrar en el debate público. Y si la única manera que encuentra el antiteísta de perforar un argumento sectario, es resultar sacrílego, entonces debe serlo. De hecho, desde el punto de vista de un creyente, cualquier antiteísta caerá irremediablemente en un sacrilegio o blasfemia nada más abrir la boca. Y en mi opinión, tan necesario es combatir y condenar la creencia como respetar la libertad del creyente. Son las personas las que tienen derechos, no las creencias. Algo parecido al imperativo cristiano de "ama al pecador pero aborrece el pecado". Si lo hacen los creyentes lo llaman predicar la palabra del señor, si lo hacen los ateos lo llaman sacrilegio, pero tienen significados muy similares.

Aunque me duele ignorar la brillante introducción de Hitchens que no tiene desperdicio ninguno, prefiero pasar a comentar los textos originales, ya que al fin y al cabo, la intención del libro es que conozcamos lo mejor de lo mejor del pensamiento ateo: una difícil síntesis (a la que se sumará la mía, dejando fuera a muchos autores) que, en el peor de los casos, nos ahorrará leernos muchos libros, algunos difíciles de conseguir o directamente sin traducir al castellano, y en el mejor de los casos nos incitará a descubrir otras lecturas. 

Lo resaltado en negrita en toda esta entrada es obra mía, para facilitar la lectura y subrayar lo que me parece más carácterístico o llamativo de cada párrafo.

BARUCH SPINOZA (1632-1677)
"TRATADO TEOLÓGICO-POLÍTICO"
Directamente olvidado por la ortodoxia filosófica de su tiempo, tuvo que esperar muchos años para que fuera rescatado y convertirse en un pilar imprescindible de la filosofía moderna. Como todos los filósofos de su época, sus disquisiciones metafísicas y su sistema político pretendía estar en armonía con las ciencias de su tiempo. En un mundo donde filosofía y ciencia todavía se presentaban entrelazadas, la cuestión de la religión se guardaba un lugar privilegiado para refugiarse de las críticas, y por eso razón Spinoza tuvo que publicar su "Tratado teológico político" bajo pseudónimo. 

Prácticamente la totalidad del resto de sus obras fueron publicadas tras su muerte, con la consabida influencia que ejercieron en los pensadores de la Ilustración. Pero la obra en la que establecería lo que muchos denominan el inicio del ateísmo moderno. Sin duda una exageración, no solo porque existieron precedentes, sino porque su marca fue el panteísmo y no el ateísmo.
Si los hombres fueran capaces de regirse constantemente por una regla preconcebida; si constante les favoreciera la fortuna, tendrían el alma libre de supersticiones. [...] La verdadera causa de superstición, lo que la conserva y entretiene es, pues, el temor.
[...]
Sorprendióme muchas veces ver los hombres que profesan la religión cristiana, religión de amor, de bondad, de paz, de continencia, de buena fe, combatirse mutuamente con tal violencia, y perseguirse con saña tan fiera, que más hacen distinguida su religión por estos que por los otros caracteres antes enumerados. Que a tal extremo han llegado las cosas, que nadie puede distinguir un cristiano y un turco, un judío y un pagano si no es por la forma exterior y el vestido, por saber qué iglesia frecuenta, por conocer su adhesión a tal o cual sentimiento, o por seguir la opinión de tal o cual maestro. Mas en cuanto a la práctica de la vida, no veo entre ellos ninguna diferencia.

DAVID HUME (1711-1776)
"HISTORIA NATURAL DE LA RELIGIÓN" (1757)

Los dioses paganos de Homero o Hesíodo cometían injusticias caprichosas, incestos, adulterios y provocaban guerras por enfados pueriles. Es sorprendente, comenta Hume, que los humanos castiguemos esas mismas acciones cuando las realizan miembros de nuestra especie, y las celebramos cuando lo hacen los dioses. Y en sentido inverso, deberíamos juzgar mal a los dioses cuyas acciones caen fuera de las fronteras de lo que consideramos moral en nuestro mundo. Parece que "los dioses tienen sus propias leyes".

Además, la moral no parece ser suficiente para ganarse el favor de los dioses, pues pueden existir personas bondadosas que no crean, y para diferenciarse, el creyente necesita hacer sacrificios de carácter exclusivamente religioso. Sn embargo, a menudo los que ponen más fervor en esas diferencias terminan alejándose de la moral que en teoría justificaba su creencia. A menudo la moneda de cambio con la que se paga tributo al ser supremo, no es el amor o la erudición que podría acercarnos más a la comprensión de la divinidad, sino algún tipo de sufrimiento o ritual que se nos exige ciegamente.

Porque no hay nadie tan estúpido que, haciendo uso de la razón natural, no considere la virtud y la honradez como las cualidades más valiosas que una persona puede poseer. ¿Por qué no atribuir el mismo criterio a la divinidad? [...]

Al devolver un préstamo o pagar una deuda, su divinidad no se siente en absoluto agradecida porque esos actos de justicia son algo que estaba obligado a realizar y que muchos habrían realizado aunque no existiese ningún  dios en el universo. Pero si hace un día de ayuno o se flagela a base de bien, eso está, en su opinión, en relación directa con el servicio de Dios. [...]

Todo esto explica que los mayores crímenes se hayan considerado en muchos casos compatibles con una piedad y devoción supersticiosas. Y eso justifica también lo poco seguro que es considerar como una prueba de la moral de un hombre el fervor o rigor que pone en las prácticas religiosas, aunque quien las realiza crea que son sinceras. [...]

Debe admitirse, por tanto, que las estratagemas que los hombres agravan nuestras debilidades naturales y las locuras de esta clase, pero nunca las engendran originariamente. La raíz de ellas se encuentra en lo más profundo de la mente y brota de las propiedades esenciales y universales de la naturaleza humana.

DE LOS MILAGROS (1748)

Sin embargo, es el análisis de los milagros (junto con su aportación al empirismo), por lo que más se le conoce a David Hume. Para el filósofo escocés hay un requisito para poder creer en los testimonios que nos aseguran que los milagros existen realmente: el hecho de que sea tan improbable que mientan, que de hacerlo, sería un milagro mayor que el milagro del que nos dan testimonio. Nótese que no se trata de probar el milagro, sino de dar credibilidad a una excepción de las leyes de la naturaleza, que es la definición que el filósofo da de milagro.

Hume sopesa dos eventos harto improbables, dos violaciones de dos naturalezas distintas (la de los humanos, y da crédito a la más probable, o mejor dicho, a la menos improbable). La propia naturaleza del milagro hace imposible su comprensión de acuerdo a las leyes de la naturaleza. Pero si sucediera, podríamos creerlo siempre y cuando la mentira (o la confusión) de quienes así lo defienden viole ciertas leyes de la naturaleza humana por las que nos guiamos habitualmente (verdad, memoria, conciencia moral, vergüenza a ser descubierto en una mentira, inteligencia, resistencia a la sorpresa y la maravilla...) de manera tan increíble, que constituya un milagro mayor que la ruptura de las leyes invariables de la naturaleza física.

[...] que ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a no ser que el testimonio sea tal que su falsedad resulte más milagrosa que el hecho que intenta establecer. Pero incluso en este caso hay una mutua destrucción de argumentos, y el superior solo nos da una seguridad proporcional a la solidez que le queda después de deducirle el inferior. Cuando alguien me dice que vio resucitar a un muerto, inmediatamente reflexiono conmigo mismo si es más probable que esta persona engañe o que haya sido engañada, o que el hecho que narra haya ocurrido realmente. Sopeso un milagro junto al otro y, según la superioridad que encuentre, tomo mi decisión, y siempre rechazo el milagro mayor. Solo en el caso de que la falsedad del testimonio fuese más milagrosa que el hecho que relata podría pretender lograr mi confianza y opinión.

David Hume peca de ingenuo en sus planteamientos iniciales, pues da demasiada fiabilidad a los testimonios frente a las leyes físicas de la naturaleza. Pareciera que ignorase la cantidad de intereses políticos, luchas de poder, miedos o mera ignorancia, que pueden sostener una creencia durante mucho tiempo. Quizás consciente de ello, matiza su posición.

14. En el razonamiento anterior hemos supuesto que el testimonio sobre el que se basa un milagro puede equivaler a una prueba completa, y que la falsedad de este testimonio sería un verdadero prodigio. Pero es fácil demostrar que hemos sido demasiado generosos en nuestra concesión, y que nunca hubo un hecho milagroso establecido sobre una evidencia tan rotunda. [...]

[...] nunca en la historia se ha producido un milagro atestiguado por un número suficiente de hombres que tuvieran un sentido común, una educación y conocimiento tan incuestionables que garantizasen que no hubo ninguna equivocación por su parte; con una integridad tan indudable como para estar fuera de cualquier sospecha de intentar engañar a los demás, con tal crédito y reputación a los ojos de los hombres, que tuvieran mucho que perder en caso de ser acusados de falsedad. Y que estuviesen afirmando hechos ocurridos tan públicamente y en una parte tan conocido del mundo como para hacer inevitable el descubrimiento de su falsedad.[...]

[...] constituye una fuerte presunción contra los relatos sobrenaturales y milagrosos el hecho de que abunden principalmente entre naciones ignorantes y bárbaras, o el hecho de que si un pueblo civilizado los ha admitido alguna vez, se descubre que esa gente los recibió de antecesores ignorantes o bárbaros [...]

33. En la infancia de las nuevas religiones, los sabios y los ilustrados a menudo consideran el asunto poco importante como para merecer su atención o estudio. Y cuando luego se muestran dispuestos a denunciar el engaño para sacar de la impostura a la multitud engañada, el tiempo ha pasado, y los documentos y testigos que podrían aclarar el asunto han desaparecido irremediablemente. [...]

JOHN STUART MILL (1806-1873)
INFLUENCIAS MORALES EN LA PRIMERA JUVENTUD: EL CARÁCTER Y LAS OPINIONES DE MI PADRE, de "AUTOBIOGRAFÍA" (1873)

Con estos detalles autobiográficos de John Stuart Mill, quería dejar claro que a diferencia de su padre, él no fue criado en ninguna creencia religiosa, y que por tanto nunca tuvo que abandonarla. Los valores morales que su progenitor le transmitió tenían mucho que ver con el utilitarismo y la búsqueda del placer, pero también con la intención de las personas (al menos para valorarlas en cuanto a personas). Otros valores añadidos eran la justicia, le templanza, la sinceridad, la perseverancia, el trabajo y la capacidad para afrontar el dolor. Rechazaba la vida de dejación y abandono.

Si leemos sus conclusiones sobre la religión podríamos pensar que era un ateo activista, sin embargo, el hecho de que no autorizase la publicación de sus tres ensayos sobre la religión hasta después de su muerte, no dice mucho sobre su coherencia. Existe un estudio que recopila todas las menciones de Mill, y los debates en los que tocó el tema, y que concluye que la religión (aunque sea un concepto sui generis de religión) estaba mucho más presente en su obra de lo que solemos pensar.

En cualquier caso, las palabras de Mill creo que hablan por sí mismas:
[...] el hecho de que mi padre rechazase toda creencia religiosa no fue principalmente, contra lo que muchos pudieran suponer, una cuestión de lógica y de evidencia; sus fundamentos fueron más de un orden moral que intelectual. Le resultó imposible de creer que un mundo tan lleno de maldad  fuera la obra de un Autor que combinase un poder infinito con una perfecta bondad y justicia. [...] Para él, la religión era el mayor enemigo de la moralidad; en primer lugar, porque eregía excelencias artificiales -la fe en los credos, los sentimientos de devoción, las ceremonias- que no tenían la menor relación con el bien de la humanidad y que eran aceptadas como sustitutos de las auténticas virtudes; y, sobre todo, por viciar radicalmente la norma de la moral haciendo que esta consistiese en hacer la voluntad de un ser para quien no se escatimaban frases extremadamente aduladoras, pero que, en puridad, nos era representado al mismo tiempo como algo eminentemente odioso. [...] los cristianos no padecen las consecuencias desmoralizadoras que parecen acompañar a un credo así [...] les permite aceptar una teoría contradictoria en sus términos [...] se cuentan por multitudes los que han creído fírmemente en un Omnipotente Autor del Infierno, sin tener reparo en identificar a ese ser con la idea más sublime de "perfecta bondad" que fueron capaces de formarse. Su adoración no iba dirigida al demonio -pues eso sería realmente el Ser de tal manera imaginado-, sino a su propio ideal de lo excelente.
[...]
Por lo que específicamente se refiere a la religión, pienso que ha llegado el momento en el que todo aquel que, estando intelectualmente preparado, y tras madura reflexión, se haya convencido de que las opiniones al uso no solo son falsas, sino también perniciosas, tiene el deber de disentir públicamente. Por lo menos, esa es la obligación de todos aquellos que por su categoría o reputación tienen oportunidad de que se presta oídos a lo dicen. Estas manifestaciones pondrían fin, de una vez por todas, al vulgar prejuicio de que eso que impropiamente se llama incredulidad va asociado a malas cualidades de tipo intelectual o moral. El mundo se asombraría si supiese que la gran mayoría de sus hombres más insignes, incluso aquellos que disfrutan de la estimación popular por su sabiduría y sus virtudes, son completamente escépticos en materia de religión. Muchos de ellos no lo confiesan, menos por consideraciones de tipo personal, que por temor, en mi opinión, a que, diciéndolo claramente, debilitarían la fe de los demás y, como consecuencia, harían más daño que beneficio (según ellos suponen) al romper las ataduras actuales.


KARL MARX (1818-1883)
"CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA FILOSOFÍA DEL DERECHO DE HEGEL" (1844)

"La religión es el opio del pueblo". Casi todo el mundo conoce la cita, y casi todos la interpretan como lo que parece. Sin embargo un análisis de la misma dentro de su contexto le confiere una interpretación menos marxista. Y no es ninguna contradicción si recordamos lo que dijo Marx de sí mismo: "lo único que sé es que no soy marxista". 

Pero ya comenté extensamente este texto con motivo de la reseña para el libro "Razón, fe y revolución", de Terry Eagleton, así que me limitaré a subrayar aquí que la archiconocida cita antirreligiosa adquiere en el texto original una profundidad mucho más comprensiva con el hecho religioso que la que normalmente se le atribuye.

La cita pertenece a la introducción de un libro que nunca llegó a publicarse como tal, aunque sí que fue publicada en una revista: 

El fundamento de la crítica irreligiosa es: el hombre hace la religión, la religión no hace al hombre. Y la religión es, bien entendido la autoconciencia y el autosentimiento del hombre que aún no se ha adquirido a sí mismo o ya ha vuelto a perderse. Pero el hombre no es un ser abstracto, agazapado fuera del mundo. El hombre es el mundo de los hombres, el Estado, la sociedad. Este Estado, esta sociedad, producen la religión, una conciencia invertida del mundo, porque ellos son un mundo invertido. La religión es la teoría general de este mundo, su compendio enciclopédico, su lógica bajo forma popular, su point d`honneur espiritualista, su entusiasmo, su sanción moral, su solemne complemento, su razón general de consolación y justificación. Es la fantástica realización de la esencia humana, porque la esencia humana carece de verdadera realidad. La lucha contra la religión es, por tanto, indirectamente, la lucha contra aquel mundo que tiene en la religión su aroma espiritual.

La miseria religiosa es, de una parte la expresión de la miseria real y, de otra parte, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de la criatura agobiada, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.

La superación de la religión como la dicha "ilusoria" del pueblo es la exigencia de su dicha real. Exigir sobreponerse a las ilusiones acerca de un estado de cosas vale tanto como exigir que se abandone un estado de cosas que necesita de ilusiones. La crítica de la religión es, por tanto, en germen, la crítica del valle de lágrimas que la religión rodea de un halo de santidad.

La crítica no arranca de las cadenas las flores imaginarias para que el hombre soporte las sombrías y escuetas cadenas, sino para que se las sacuda y puedan brotar las flores vivas. La crítica de la religión desengaña al hombre para que piense, para que actúe y organice su realidad como un hombre desengañado y que ha entrado en razón, para que gire en torno a si mismo y a su sol real. La religión es solamente el sol ilusorio que gira en torno al hombre mientras éste no gira en torno a sí mismo.
CHARLES DARWIN (1809-1882)
AUTOBIOGRAFÍA (1887)

Quizás la cita atea más estruendosa es "Dios ha muerto", de Friedrich Nietzsche. Y aunque Nietzsche se menciona en algunos de los textos seleccionados de otros autores, Hitchens no encontró oportuno incluir ninguno del filosofo del martillo que tan incisivo fue con la religión, como se puede deducir de títulos tan explícitos como "El anticristo".

En cambio, sí incluye lo que Darwin tenía que decir al respecto en su autobiografía, algo menos contundente pero más razonado. Tras ciertas observaciones sobre la debilidad del argumento del diseño, y el obstáculo del sufrimiento que hay en el mundo para aceptar la existencia de un ser supremo bondadoso, Darwin nos avisa de que el sobrecogimiento que él, y tantas otras personas sienten, por las maravillas de la naturaleza no son una prueba a favor de ningún dios.

En la actualidad, el argumento más habitual a favor de la existencia de un Dios inteligente surge a partir de una profunda convicción interior y unos sentimientos que experimentan la mayoría de las personas.

Antiguamente, unos sentimientos como los que acabo de referir me guiaban (aunque no creo que tuviera nunca un sentimiento religioso muy desarrollado) hacia la firma convicción de la existencia de Dios y de la inmortalidad del alma. En la grandeza de la selva brasileña, escribí en mi Diario: "Me resulta imposible describir en palabras los sentimientos superiores de asombro, admiración y devoción que llenan y elevan la mente". [...] El estado mental que antiguamente despertaban en mí los escenarios grandiosos, y que estaba íntimamente relacionado con la creencia en Dios, no difiere en esencia de lo que a menudo se denomina sensación de sublimidad. Y por difícil que resulte explicar la génesis en este sentido, puede proponerse como argumento de la existencia de Dios, tanto como los potentes aunque vagos y similares sentimientos que despierta la música.[...]
No puedo pretender arrojar la mínima luz sobre problemas tan abstrusos como estos. El misterio del origen de todas las cosas es irresoluble para todos nosotros, y yo debo contentarme en permanecer agnóstico.

LESLIE STEPHEN (1832-1904)
"APOLOGÍA DE UN AGNÓSTICO" (1897)

Leslie Stephen reflexiona sobre la palabra agnóstico, en contraposición a los creyentes que él llama gnósticos. Así, ridiculiza todas las divagaciones bizantinas de la teología como estériles y pueriles, y termina afirmando que cuando el objeto del conocimiento es tan escabullidizo y los más sabios tienen criterios tan dispares, la mejor opción no es negar todo lo anterior (el ateísmo) sino reconocer las limitaciones de nuestra capacidad (el agnosticismo).

El ateísmo dogmático (la doctrina de que no hay Dios, sea cual sea el sentido de la palabra Dios) es un estadio de opinión como mínimo infrecuente. En cambio, la palabra agnosticismo parece entrañar una idea bastante exacta de una forma de credo que ya es común, y cuya extensión crece a diario. [...]

La palabra gnóstico tiene algunas resonancias incómodas. Antiguamente describió a unos herejes [...] Hace siglos murieron esas sectas, pero es dudoso que hayan desaparecido del todo sus premisas básicas. [...] recurrían a diversos lenguajes para definir las relaciones exactas que hay entre las personas de Trinidad. [...] Baste decir que definían la naturaleza de Dios Todopoderoso con una precisión a la que no se atrevería un naturalista pudoroso al describir la génesis de una cucaracha. [...]

Con semejantes adversarios, cualquier disputa sería una pérdida de tiempo y una insensatez. Que los muertos entierren a sus muertos y que los católicos viejos decidan si el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo o solo del Padre. Está claro que unos señores que aún leen el Credo Atanasiano, y pretenden asignarle algún sentido a sus afirmaciones, no tienen derecho a mirar con desdén a aquellos de sus semejantes que persisten en tomarse las cosas en serio. [...]

Avergonzaos, nos decís, de profesar ignorancia. ¿Qué tiene de vergonzosa la ignorancia sobre cuestiones que aún están sometidas a una discusión interminable e incorregible? ¿no es más bien un deber? [...] En los primeros albores de la filosofía, los hombres estaban divididos por versiones anteriores de los mismos problemas que les siguen dividiendo. ¿Qué seré platónico o aristotélico? ¿Debo admitir o negar la existencia de ideas innatas? [...] Si fuera una cuestión de ciencia física, no habría dificultades; yo podría dar crédito sin vacilar a Galileo, a Newton y a sus sucesores, hasta Adams y Leverrier, ya que en lo básico están todos de acuerdo; pero cuando los hombres abordan los antiguos problemas, persisten las antiguas dudas. ¿Daré crédito a Hobbes o a Descartes? ¿Puedo pararme donde se paró Descartes, o debo seguir hasta Spinoza? ¿O me orientaré más bien por Locke, y acabaré en el escepticismo de Hume? ¿O escucharé a Kant? En este último caso, ¿decidiré que tiene razón al destruir la teología, al reconstruirla, o en ambas iniciativas? [...]

Cuando todos los testigos se contradicen entre sí de esta manera, el resultado prima facie es el puro escepticismo. No hay ninguna certeza. ¿Quién soy yo, aunque fuese el más capacitado de los pensadores modernos, para decir sumariamente que todos los grandes hombres que discreparon de mí se equivocan, hasta tal punto de que su discrepancia no debería despertar ni una sola duda en mi pensamiento? [...]
ANATOLE FRANCE (1844-1924)
MILAGRO (1923)


Un retorcido (y fallido, en mi opinión) argumento en contra de los milagros, nada práctico y demasiado conceptual, que seguramente tiene su cabida dentro del género satírico del que nos advierte Hitchens.

Se nos define el milagro: una derogación de las leyes naturales. Si no conocemos esas leyes, ¿cómo sabremos que un suceso las deroga?
-¿Pero no conocemos algunas de esas leyes?
-Sí, hemos aprendido alguna relación entre las cosas. Pero sin aprehender todas las leyes naturales no podemos aprehender ninguna, puesto que están encadenadas.
[...]
Siempre habrá una seta, una estrella o una enfermedad que la ciencia no conozca, y por eso mismo deberá negar siempre, en nombre de la eterna ignorancia, cualquier milagro, y decir de las más grandes maravillas, como la hostia de Bolsena, como de la estrella de los Magos, como del paralítico curado: O eso no es cierto o lo es; si es cierto, existe en la naturaleza, y por consiguiente es natural.
 MARK TWAIN (1835-1910)

"Las aventuras de Tom Sawyer" es habitualmente juzgado como una inocente lectura juvenil, pero su autor tenía una faceta más sesuda y política que de vez en cuando se dejaba ver con mayor claridad. Aunque nunca abandonó la ironía y la crítica social que le caracterizaba, ni siquiera en aquellas aventuras, los dos textos que siguen son una muestra más explícita de su otro lado. En el primer texto nos recuerda que hay más pruebas de la bondad humana que de la divina. En el segundo denuncia que la Iglesia siempre ha estado a la cola del progreso moral, y que cuando finalmente cambia su postura, solo cambia la práctica, no cambia sus fuentes ni sus textos, y de esa manera, la misma Biblia que antes permitía el esclavismo ahora lo prohibe. Una cita atribuida a Mark Twain, aunque sin confirmar, representa muy bien el tono y el fondo de su pensamiento: "La mejor cura contra el cristianismo es leer la Biblia."

 IDEAS SOBRE DIOS. DE FABLES OF MAN (1972)

Se habla mucho sobre lo paciente, tolerante y sufrido que es Él, pero nunca sobre el grado (muy superior) en que lo somos nosotros. [...] Rescatar a un tullido de una casa incendiada sin riesgo personal es un simple deber que ni siquiera se cuestiona; lo haría cualquiera que pudiese. [...] Si los hombres descuidasen a los "pobres de Dios" y los "enfermos e indefensos de Dios", como hace Él, ¿qué les esperaría? La respuesta hay que buscarla en esas tierras oscuras donde el hombre, siguiendo Su ejemplo, les da la espalda con indiferencia: no reciben ningún tipo de ayuda; lloran, suplican y rezan en vano; aguantan, sufren y mueren de la peor manera. Si se analiza el tema con racionalidad, sin prejuicios, el lugar indicado para buscar las pruebas de Su misericordia no es donde el hombre la dispensa y él se lleva los elogios, sino en las regiones donde Él tiene el campo libre.

ENSEÑANZA DE LA BIBLIA Y PRÁCTICA RELIGIOSA.
DE EUROPE AND ELSEWHERE (1923) Y A PEN WARMED UP IN HELL (1973)

La Iglesia católica de todos los tiempos ha tenido esclavos, ha comprado y vendido esclavos y ha autorizado y aniquilado a sus hijos a comerciar con ellos. Mucho después de que algunos pueblos cristianos hubiesen libertado a sus esclavos, todavía la Iglesia mantenía a los suyos. Si había alguien que pudiera saber con toda certeza que esto era lícito y de acuerdo con la voluntad y deseo de Dios, ese alguien era ella con toda seguridad, ya que era representante de Dios especialmente designada en la Tierra y depostitaria única autorizada e infalible de su Biblia. Los textos estaban allí. No era posible malentender su significado. La Iglesia estaba en lo cierto, en este punto hacía lo que la Biblia le indicaba que debía hacer. Tan inexpugnable era su posición que durante siglos y siglos nada tuvo que decir contra la esclavitud humana. Sin embargo, ahora finalmente, en el día de ayer, oímos al Papa decir que el comercio de esclavos es ilegal y vemos que envía a África una expedición para ponerle fin. ¿Por qué? Porque el mundo ha corregido a la Biblia. La Iglesia no la corrige jamás y va siempre en la cola de la procesión...  [...]

Ella tuvo su pleno papel en su reactivación después de un largo periodo de inactivad, y tal reactivación fue un monopolio cristiano, es decir, estaba exclusivamente en manos de países cristianos. Los parlamentos ingleses ayudaron al tráfico de esclavos y lo protegieron. Dos reyes ingleses tenían acciones en compañías de esclavos.[...]

Nuestra conversión llegó finalmente. Empezamos a agitarnos en contra de la esclavitud. Los corazones comenzaron a reblandecerse aquí, acá y acullá. En ningún lugar del país podía dejar de percibirse alguna débil señal tímida de compasión hacia el esclavo. En ningún lugar del país, excepto uno: el pulpito. Finalmente también el pulpito se rindió: lo hace siempre. Mantuvo una lucha fuerte y obstinada e hizo luego lo que siempre hace: se unió a la procesión... en la cola. La esclavitud terminó. El texto de la esclavitud permaneció en pie. Cambió la práctica, eso fue todo.

A lo largo de prolongadas épocas existieron las brujas. La Biblia lo decía. La Biblia ordenaba que no debía permitírseles vivir. Por tanto, la Iglesia, tras cumplir con su deber de modo perezoso e indolente durante ochocientos años, reunió sus dogales, empulgueras y teas y se dispuso en serio para la santa obra. Trabajó enconadamente en ello día y noche durante nueve siglos y encarceló, torturó, ahorcó y quemó hordas y ejércitos enteros de brujas, lavando al mundo cristiano de su inmunda sangre.

Más tarde se descubrió que no existía tal cosa como las brujas ni había existido jamás. No sabe uno si reír o llorar. ¿Quién descubrió que las brujas no existían... el sacerdote, el pastor protestante? No, estos jamás han descubierto nada. En Salem, el pastor protestante se aferró patéticamente a sus textos de exorcismo después que los laicos lo habían abandonado entre lágrimas y remordimientos por los crímenes y crueldades que el texto les había persuadido a llevar a cabo. El pastor quería más sangre, más vergüenza, más brutalidades. Solo el laicado no consagrado detuvo su mano. En Escocia el pastor mató a la bruja después que el magistrado la había declarado inocente; y cuando una legislatura clemente proponía abolir las odiosas leyes contra las brujas del libro de los Estatutos, fue el pastor quien llegó implorando con lágrimas e imprecaciones para que se permitiera que esas leyes siguieran en vigor.


H.P. LOVECRAFT (1890-1937)
CARTA SOBRE LA RELIGIÓN (1918)


El maestro de la novela de terror defiende en su correspondencia que la verdad tiene un valor positivo per se, y se queja de los que defienden la religión desde un punto de vista únicamente pragmático o utilitarista.

La moral antecedió a la religión cristiana, y en muchos casos se ha elevado por encima de las religiones coexistentes. Tiene el respaldo poderoso de unos impulsos humanos muy poco religiosos. Yo, personalmente, soy intensamente moral e intensamente irreligioso. [...] En todo caso, está claro que el debate entre teístas y ateos no se reduce, como das la impresión de creer tú, a una simple cuestión de si la religión es útil o perjudicial. [...] Por bienintencionada que sea una mentira, por muchos beneficios que pueda reportar, siempre nos repugna en alguna medida su difusión. El agnóstico sincero siente respeto hacia la Iglesia por lo que ha hecho en el sentido de la virtud; si es generoso, hasta la apoya, y está claro que no hace nada en perjuicio de la utilidad pública que pueda tener, pero en privado sería algo más que un simple mortal si pudiera reprimir cierto rencor abstracto o refrenar el sentimiento de humor y la llamada irreverencia que surge inevitablemente de la contemplación del engaño piadoso, por noble y benévolo que sea.

CARL VAN DOREN (1885-1950)
"POR QUÉ NO SOY CREYENTE" (1926)


Carl Van Doren fue profesor de literatura inglesa, y se nota. El texto seleccionado es a la vez sencillo y bello, va directo al lector y le acaricia con la sutileza de una brisa poética.


Sin embargo, ningún deseo demuestra nada más aparte de a sí mismo. Aunque lo sientan millones de personas, seguirá siendo un simple deseo. Aunque se presente en todas las razas, seguirá siendo un simple deseo. Aunque lo sientan con la misma fuerza los más sabios y los más insensatos, seguirá siendo un simple deseo. Quien diga saber que la inmortalidad es un hecho, no hace más que desear que lo sea. Y quien sostenga (como tantos hombres) que la vida no tendría sentido sin la inmortalidad, porque es lo único que introduce la justicia en el destino humano, primero deberá demostrar (algo que no ha hecho nadie todavía de modo convincente) que la vida tiene un sentido inequívoco, y que es justa. Yo, al menos, no estoy convencido de lo uno ni de lo otro. [...] Lo único que veo es que el deseo de inmortalidad está muy extendido, [...] En mi caso, no siento ninguna obligación de creer. Tal vez en otros tiempos juzgara prudente callarme, puesto que me doy cuenta de que la especie humana es oveja en la credulidad pero lobo en la conformidad, pero ahora mismo, felizmente, en este respiro de tolerancia, hay tantas variedades de fe que hasta un no creyente puede pronunciarse.

Al hacerlo, debo responder a unas preguntas secundarias que se formulan a menudo a los no creyentes. ¿No me convence, dice una de ellas, darme cuenta de que muchos pensadores han reflexionado sobre los asuntos sobrenaturales y se han pasado a la fe? En absoluto, contesto yo. Respecto a los dioses, la revelación y la inmortalidad, ningún hombre es bastante superior en saber a los demás como para tener derecho a insistir en que le sigan a las regiones donde todos los hombres son ignorantes. A mí no me impresiona ni una pizca mas el que un buen hombre esté convencido de que goza de la confianza de los dioses que el que un niño cualquiera esté convencido de que hay peces en un abrevadero de donde nunca se ha sacado ninguno. ¿No me impresiona ver tan serena a una ancianita con su fe en una gozosa inmortalidad? No más de lo que me impresiona ver a una niña llena de confianza en la munificencia universal de un santo navideño. ¿No me conmueve el espectáculo de una gran tradición de culto que se ha extendido por varios continentes, y que reúne puntualmente a todos sus fieles en la observancia de unos ritos llenos de nobleza y dignidad? Sí, pero mi emoción es exactamente la misma que la que me produce en todas partes el espectáculo de los hombres introduciendo las semillas en la tierra en la época indicada, velando por su crecimiento y recogiendo pacientemente la cosecha. [...]

Gran parte de ese mobiliario es muy hermoso, eso nunca se les ocurriría negarlo a los no creyentes más razonables; hay mitos llenos de vida, leyendas tranquilizadoras, esperanzas consoladoras... Pero desde el punto de vista del no creyente, carecen de cualquier autoridad más allá de la de la poesía; es decir, que tienen derecho a cautivar, si pueden, pero no a exigir la conquista.

SIGMUND FREUD (1856-1939)
"EL PORVENIR DE UNA ILUSIÓN" (1927)

El todavía sobrevalorado padre del psicoanálisis, que estaba más dotado para la filosofía que para la ciencia, reflexionó también sobre la religión. Creía que existían unas fuerzas interiores que nos gobernaban y que debían ser controladas por un esfuerzo civilizador. Así, seríamos mejores ciudadanos, o por lo menos estaríamos más sanos. En cuanto a la religión, la consideró un factor más a erradicar que a promocionar. Aunque la religión pudiera haber servido para poner freno a cierto caos, al final resultaba ser más perjudicial que beneficiosa. Como muchos de sus coetáneos consideraba que la ciencia le había comido terreno a las creencias de la gente, y que éstas últimas se atrincheraban rechazando el progreso y la evidencia.

Evidentemente la religión ha hecho grandes servicios a la civilización humana. Ha contribuido en gran medida a la domesticación de los instintos asociales. Pero no lo bastante. Ha gobernado la sociedad humana durante varios miles de años y ha tenido tiempo de demostrar lo que puede conseguir. [...] Es dudoso que los hombres fueran en general más felices cuando las doctrinas religiosas ejercían un dominio sin restricciones; sin duda no eran más morales. [...]

Vamos a considerar la inconfundible situación tal y como es ahora. Hemos oído admitir que la religión ya no tiene la misma influencia en la gente que solía tener. (Hablamos de la civilización cristiana europea.) Y eso no se debe a que sus promesas han disminuido sino a que la gente las encuentra menos creíbles. Admitamos que la razón —aunque quizá no la única razón— de este cambio es el aumento del espíritu científico en los estratos más altos de la sociedad humana. La crítica ha mermado el valor probatorio de los documentos religiosos, las ciencias naturales han mostrado sus errores, y la investigación comparativa ha señalado con asombro el letal parecido entre las ideas religiosas que reverenciamos y los productos mentales de los pueblos y los tiempos primitivos.

ALBERT EINSTEIN (1879-1955)
SELECCIÓN DE TEXTOS SOBRE LA RELIGIÓN

Debido a la indudable genialidad del Albert Einstein tanto creyentes como ateos han querido atraerlo a sus respectivas causas (como si su genialidad convirtiese en infalible su particular opinión sobre dios). Sin embargo, él no estaba interesado en ninguno de esos bandos, y le molestaba que tratasen de usarlo para esas batallas. Y eso a pesar de que tenía su propia opinión sobre el tema, una opinión más cercana a unos que a otros, como veremos enseguida.

Si alguna vez tuvo una religión, fue una religión metafórica que se basaba en la capacidad de fascinarse por la naturaleza. Esto lo convierta claramente en un  panteísta, que está mucho más cerca de la descreencia que de la creencia. Como ya he tratado en alguna reseña mucho de lo que aquí se presenta, me conformaré con reproducir algunas citas, las que considero más interesantes y esclarecedoras, aunque hay muchas más, no necesariamente incluidas en esta selección.

-"Mi postura sobre Dios es la del agnóstico" (1950)

-"son este conocimiento y esta emoción lo que constituyen la verdadera actitud religiosa; en este sentido, y en ningún otro, yo soy un hombre profundamente religioso." (1949)

-"Soy un no creyente profundamente religioso. [...] Es un tipo de religión bastante nuevo." (1954)

-"Me limito a ver con gran tristeza que Dios castiga a muchos de sus hijos por una larga serie de estupideces de las que solo se le puede responsabilizar a Él; en mi opinión, solo podría excusarle que no existiera." (1915)

-"De resultas de ello, se ha acusado a la ciencia de socavar la moral, pero es una acusación injusta. El comportamiento ético de una persona debería basarse a todos los efectos en la compasión, la educación y los lazos y necesidades sociales. No hace falta ninguna base religiosa. Muy mal tendría que estar el hombre para que hubiera que frenarle con el miedo al castigo y la esperanza de una recompensa después de la muerte. Por eso es fácil entender que las iglesias siempre hayan luchado contra la ciencia, y perseguido a sus adeptos." (1930)

-"este conocimiento, esta emoción... ahí está el núcleo del sentimiento religioso auténtico. En este sentido, y en ninguno más, me cuento entre las personas profundamente religiosas." "La idea de un Dios personal es un concepto antropológico que no puedo tomarme en serio." (1946)

BERTRAND RUSSELL (1872-1970)
"COMPENDIO DE PACOTILLA INTELECTUAL" (1943)

La brillantez e ironía que destila este texto lo hace para mi el más estimulante de todos. Pero es demasiado variopinto, como bien se puede deducir de su título, como para intentar resumirlo aquí. Toda una refinada y atronadora recopilación de tonterías intelectuales, políticas y religiosas que se han defendido en público por eminentes personas y que, solo ahora, podemos juzgar como simples tonterías. Recomiendo su lectura completa, y de paso, me recomiendo a mí mismo la lectura de alguna obra de este gigante del siglo XX, porque todo lo que leo de él me parece estimulante y enriquecedor en sumo grado.

Algunas de esas tonterías siguen vigentes con el mismo vigor, (como el rechazo de la eutanasia) hasta el punto de que se podría pensar que el texto está escrito en 2017, en vez de 1943.

El concepto de «pecado» me parece muy enigmático, sin duda debido a mi naturaleza pecaminosa. Si «pecar» consistiera en causar un sufrimiento innecesario, lo comprendería; mas, por el contrario, a menudo pecar consiste en evitar un sufrimiento innecesario. Hace años, en la Cámara de los Lores inglesa, se presentó un proyecto de ley para legalizar la eutanasia en casos de enfermedad dolorosa e incurable. Sería necesario el consentimiento del paciente, así como varios certificados médicos. Para mí, en mi ingenuidad, es natural que se requiera el consentimiento del paciente, pero el ya difunto arzobispo de Canterbury, experto oficial inglés en el pecado, explicó que ese punto de vista es erróneo. El consentimiento del paciente convierte la eutanasia en suicidio, y este es pecado. Sus Señorías escucharon la voz de la autoridad y rechazaron el proyecto de ley. En consecuencia, para complacer al arzobispo, y a su Dios, si lo que afirma es cierto, las víctimas de cáncer aún tendrán que padecer durante meses una agonía totalmente inútil, a menos que sus médicos y enfermeras sean lo bastante humanos para arriesgarse a que les acusen de asesinato. Me resulta difícil aceptar la idea de un Dios que se complace contemplando tales torturas, y si existiera un Dios capaz de una crueldad tan injustificable, desde luego yo no lo consideraría digno de culto. Pero eso solo demuestra lo sumido que estoy en la depravación moral.

Bertrand Russell también nos habla de otras muchas cosas en este compendio, no solamente de religión. Toca muchos aspectos del ser humano como el sexo, la insensibilidad con el sufrimiento animal, Gandhi y sus purismos absurdos, la relación entre los mitos y las emociones, la capacidad de los gobiernos para convertir tonterías en credos estatales, "la afirmación dogmática de que siempre habrá guerras", la glorificación de lo natural frente a la innovación, las generalidades que se dicen sobre las mujeres (tanto positivas como negativas) y una larga lista de supersticiones y opiniones que han seguido las masas a lo largo de los siglos.

En cuanto a la religión me parece destacable el párrafo que habla sobre religión selectiva, que todavía está vigente en nuestros días:

En la práctica, la gente elige el libro considerado sagrado por la comunidad en la que nace, y de ese libro elige las partes que le gustan y hace caso omiso de las restantes. En cierta época el texto más influyente de la Biblia fue: «No debes conservar viva a una hechicera». Hoy la gente pasa la página de este texto en silencio, si es posible, y si no con una disculpa. Así pues, aun cuando dispongamos de un libro sagrado, seguimos eligiendo como verdad aquello que conviene a nuestros propios prejuicios. Por ejemplo, ningún católico toma en serio el texto según el cual un obispo debe ser el marido de una sola esposa.

Por último, destacaré su crítica del racismo, subrayando que ya en 1943 se atrevió a hablar de "exterminio judío":

En la cuestión racial, hay diferentes creencias en sociedades distintas. Allí donde la monarquía está bien establecida, los reyes son de una raza superior a la de sus súbditos. Hasta hace muy poco, existía la creencia universal de que los hombres son congénitamente más inteligentes que las mujeres. Incluso un hombre tan ilustrado como Spinoza, se basa en esa creencia para negar el voto a las mujeres. En las sociedades occidentales se sostiene que el hombre blanco es por naturaleza superior al de otros colores, y especialmente a los negros; en Japón, por el contrario, consideran que el amarillo es el mejor color. En Haití, las estatuas de Cristo son negras y las de Satán blancas. Aristóteles y Platón consideraban a los griegos tan innatamente superiores a los bárbaros, que la esclavitud estaba justificada mientras el amo fuese griego y el esclavo bárbaro. Los nazis y los legisladores norteamericanos que promulgaron las leyes de inmigración consideran a los nórdicos superiores a los eslavos, los latinos o cualesquiera otros blancos. [...]

Todo esto, naturalmente, es pura tontería, como sabe todo aquel que ha estudiado el tema. [...] Toda la concepción de razas superiores no es más que un mito generado por el presuntuoso amor propio de quienes detentan el poder. [...]

La aplicación de las teorías raciales a las diversas poblaciones de Europa, donde no existe una sola raza pura, es especialmente absurda. Los rusos tienen una mezcla de sangre tártara, los alemanes son en gran parte eslavos, Francia es una mezcla de celtas, alemanes y gentes de raza mediterránea, lo mismo que Italia, con la adición, en este país, de eslavos importados por los romanos. Los ingleses son, quizá, los más mezclados de todos. No existe prueba alguna de que pertenecer a una raza pura suponga alguna ventaja. Las razas más puras que existen actualmente son los pigmeos, los hotentotes y los aborígenes australianos. Los tasmanios, que probablemente fueron aún más puros, se han extinguido. No fue la suya una cultura brillante. Por otro lado, los antiguos griegos surgieron de una amalgama de bárbaros norteños y población indígena. Los atenienses y los jónicos, que eran los más civilizados, eran también los más mezclados. Parece ser que los supuestos méritos de la pureza racial son totalmente imaginarios.

MARTIN GARDNER (1914-2010)
EL JUDÍO ERRANTE Y LA SEGUNDA VENIDA (1995)

Según el Evangelio de Mateo, Jesús aseguró que cuando volviese en su Segunda Venida, todavía quedaría alguien vivo de entre los presentes ("entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en su reino"). Esto ha sido tomado como un aviso de que Jesucristo volvería en breve, no tardaría más de una generación. Pero las generaciones iban muriendo y para no dejar a Jesús por mentiroso, se tuvieron que ir reinterpretando sus palabras hasta retorcerlas y dar a luz el mito del judío errante.

La crítica a la religión en este texto está implícita en la narración de cómo se desarrolló esta leyenda, porque es tan absurda y disparatada, que nos da una idea de en qué se las gastaban los teólogos para cuadrar el círculo.

Durante la Edad Media surgieron varias leyendas fantásticas para proteger la exactitud de las profecías de Cristo. Algunas se basaban en Juan 21. Cuando Jesús le dijo a Pedro «Sígueme», Pedro vio que les seguía Juan, y preguntó: «Señor, y este, ¿qué?». He aquí la enigmática respuesta de Jesús: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa?».

Leemos que a consecuencia de ello corrió la voz de que Juan no moriría. Sin embargo, el autor del cuarto evangelio añade: «Pero Jesús no había dicho a Pedro: " No morirá", sino: "Si quiero que se quede hasta que yo venga"». Los teólogos medievales especulaban con que tal vez Juan no hubiera muerto; o bien se paseaba todavía por la Tierra, o había ascendido físicamente al cielo. Otra leyenda, más extendida, fue la de que a Juan le habían enterrado en estado de muerte aparente, con el pulso muy débil, y que permanecería en una tumba desconocida hasta que volviera Jesús.

Todas estas especulaciones sobre Juan palidecieron con la lenta aparición de una leyenda nueva y más potente. Quizá Jesús no se estuviera refiriendo a Juan al decir que quería que se quedase, sino a otra persona, lo cual también explicaría las palabras citadas en el epígrafe; alguien no mencionado en los Evangelios, vivo en tiempos de Jesús, cuya maldición fuera seguir con vida siglos y siglos hasta el día del juicio, errando por el mundo y anhelando la muerte.

 ¿Quién era aquel Judío Errante? Según algunos Maleo, cuya oreja cortó Pedro; según otros, el ladrón no arrepentido a quien crucificaron al lado de Jesús. A menos que se tratara de Pilatos, o de uno de sus servidores. La versión que acabó siendo dominante presentaba al Judío Errante como un tendero (de nombre variable) que vio pasar frente a su tienda a Jesucristo, tropezando por el peso de la cruz; y que al ver que caminaba tan despacio, y con tanto dolor, le dio un golpe en la espalda para que fuera más deprisa. «Yo me voy —contestó Jesús—, pero tú te quedarás hasta que vuelva.»
CARL SAGAN (1934-1996)
"EL MUNDO Y SUS DEMONIOS, CAPÍTULO 2: CIENCIA Y ESPERANZA" (1995)



Carl Sagan es, sin duda, el responsable máximo de que me interesara por el mundo de la ciencia desde muy joven. La serie documental Cosmos, y el estilo del maestro Sagan, entrañable, didáctico y erudito al mismo tiempo, ejerció sobre mí un perenne respeto y admiración por el universo y el método científico. En 2008, leí lo que se puede considerar la biblia del escéptico, "El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad". Pero como por aquella época no me dedicaba a reseñar los libros, esta obra maestra ha quedado fuera de mi blog "con todo el dolor de mi alma", si se me permite la expresión (y sino, también).

En "Dios no existe", Hitchens rescata el capítulo 7 de "El mundo y sus demonios", que se titula "El mundo poseído por demonios". Tal y como comenta Hitchens, Carl Sagan tenía la misma capacidad que Bertrand Russell en relacionar los mitos del pasado con los actuales, y comparando una ridiculez del pasado con una solemnidad actual, normalmente es la segunda la que sale mal parada. Efectivamente, en dicho capítulo se nos cuenta cómo se persiguió a las brujas gracias a la Biblia, y cómo desde los antiguos griegos hasta las modernas abducciones de extraterrestres, las mismas representaciones de dioses que seducen a humanos o alienigenas que violan a mujeres son comunes en la simbología de este tipo de supersticiones.

Para mí hay otros capítulos de "El mundo y sus demonios" que me parecen más interesantes, así que me tomaré la libertad de incluir un breve párrafo de otro capítulo. El segundo capítulo se titula "Ciencia y esperanza", y a pesar de que el autor de "Dios no existe" no lo incluyó en su selección, la penetrante belleza del mismo, que cuadra a la perfección con el legado de Carl Sagan, justifican la inclusión en esta reseña.



Pero cuando atravesamos la barrera, cuando los descubrimientos y métodos de la ciencia llegan hasta nosotros, cuando entendemos y ponemos en uso este conocimiento, muchos de nosotros sentimos una satisfacción profunda. A todo el mundo le ocurre eso, pero especialmente a los niños, que nacen con afán de conocimiento, conscientes de que deben vivir en un futuro moldeado por la ciencia, pero a menudo convencidos en su adolescencia de que la ciencia no es para ellos. Sé por experiencia, tanto por habérmela explicado a mí como por mis intentos de explicarla a otros, lo gratificante que es cuando conseguimos entenderla, cuando los términos oscuros adquieren significado de golpe, cuando captamos de qué va todo, cuando se nos revelan profundas maravillas.

En su encuentro con la naturaleza, la ciencia provoca invariablemente reverencia y admiración. El mero hecho de entender algo es una celebración de la unión, la mezcla, aunque sea a escala muy modesta, con la magnificencia del cosmos. Y la construcción acumulativa de conocimiento en todo el mundo a lo largo del tiempo convierte a la ciencia en algo que no está muy lejos de un meta-pensamiento transnacional, transgeneracional.

«Espíritu» viene de la palabra latina «respirar». Lo que respiramos es aire, que es realmente materia, por sutil que sea. A pesar del uso en sentido contrario, la palabra «espiritual» no implica necesariamente que hablemos de algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o de algo ajeno al reino de la ciencia. En ocasiones usaré la palabra con toda libertad. La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lugar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y valentía ejemplar como los de Mohadma Gandhi o Martín Luther King, Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco servicio a ambas.

"LA HIPÓTESIS DE DIOS" (1985)
También se incluye el texto de la "La hipótesis de Dios", una conferencia que dió en la Universidad de Glasgow en la que se mueve como pez en el agua ante los clásicos argumentos (cosmológico, teoría del diseño, el segundo principio de la termodinámica, la teoría del diseño, el argumento kantiana moral de la existencia de Dios, la teoría ontológica, el argumento de la conciencia, la teoría de la experiencia). Incluyo aquí el final de dicha conferencia:

Uno es el famoso problema del mal. Básicamente es como sigue: aceptemos por un instante que el mal existe en el mundo y que a veces hay acciones injustas que no son castigadas. Aceptemos también que hay un Dios que es benevolente con los seres humanos, omnisciente y omnipotente. Este Dios ama la justicia, observa todas las acciones humanas y es capaz de intervenir en los asuntos de los hombres. Bien, ya los filósofos presocráticos entendieron que estas cuatro proposiciones no pueden ser verdaderas al mismo tiempo. Al menos una tiene que ser falsa. Las enumeraré otra vez: que existe el mal, que Dios es benevolente, que Dios es omnisciente, que Dios es omnipotente. Analicémoslas una a una.

En primer lugar, podrían decirme: «Bueno, el mal no existe en el mundo. No somos capaces de ver toda la imagen: vemos solo un pequeño pozo de mal en un gran mar de bien que lo hace posible». O, como solían decir los teólogos medievales: «Dios usa al diablo para sus propios propósitos». Se trata claramente del argumento de los tres monos sabios, aquello de «negarse a escuchar...», y ha sido descrito por un importante teólogo contemporáneo como un insulto gratuito a la humanidad, un síntoma de insensibilidad e indiferencia hacia el sufrimiento humano. Es el convencimiento de que todas las miserias y agonías que experimentan los seres humanos son ilusorias. Bastante fuerte.

Es evidente que esto es confiar en que, si se les llama de otra manera, los hechos inquietantes desaparecerán. Sostienen que es necesario un poco de dolor para un bien mayor. Pero ¿por qué, exactamente? Si Dios es omnipotente, ¿por qué no puede disponer que no haya dolor? A mí me parece un extremo muy revelador.

Las otras alternativas son que Dios no es benevolente ni compasivo. Epicuro sostenía que Dios estaba bien, pero que los humanos eran la última de sus preocupaciones. Hay una serie de religiones orientales que tienen más o menos el mismo talante. O bien Dios no es omnisciente, no lo sabe todo, tiene cosas que hacer en otra parte y por eso no sabe que los humanos tenemos problemas. Una posibilidad es que hay 1011 mundos en todas las galaxias y varias veces 1011 galaxias, y que Dios está ocupado.

Otra es que Dios no sea omnipotente. No puede hacerlo todo. Es posible que empezara la Tierra o creara la vida y que luego intervenga ocasionalmente en la historia humana, pero no puede preocuparse día y noche de arreglar las cosas aquí en la Tierra. [...]

Así pues, llego a la conclusión de que los supuestos argumentos de la teología natural sobre la existencia de Dios, como estos que hemos mencionado, no son muy convincentes. Van a remolque de las emociones, esperando alcanzarlas. Y, sin embargo, es perfectamente posible imaginar que Dios, no un dios omnipotente o un dios omnisciente, sino un dios razonablemente competente, podía haber dejado pruebas absolutamente claras sobre su existencia. Intentaré dar unos cuantos ejemplos.

Imaginemos que en todas las culturas hay una serie de libros sagrados que contienen unas cuantas frases enigmáticas que Dios o los dioses dicen a nuestros antepasados y que estos deben transmitir al futuro sin cambios, que es muy importante hacerlo con exactitud. Bien, hasta aquí no hay gran diferencia con las circunstancias reales de los supuestos libros sagrados. Pero supongamos que las frases en cuestión fueran frases que actualmente pudiéramos comprender, pero no en aquel momento. Ejemplo sencillo: el Sol es una estrella. Nadie lo sabía en, digamos, el siglo vi a.C, cuando los judíos estaban en el exilio en Babilonia y conocieron la cosmología babilónica a partir de los principales astrónomos de la época. La ciencia babilónica antigua es la cosmología que todavía se conserva en el libro del Génesis. Supongamos en cambio que la historia fuera: «No lo olvidéis, el Sol es una estrella», o «No lo olvidéis, Marte es un lugar oxidado con volcanes. Marte, ¿conocéis esta estrella roja? Es un mundo. Tiene volcanes, está oxidado, hay nubes, había ríos.Ya no los hay. Lo entenderéis más adelante. Confiad en mi. De momento, no lo olvidéis».

O: «Un cuerpo en movimiento tiende a permanecer en movimiento. No penséis que los cuerpos tienen que ser empujados para seguir moviéndose. Es justo lo contrario, en realidad. Más adelante entenderéis que, si no hay fricción, un objeto móvil seguirá moviéndose». Podemos imaginarnos a los patriarcas rascándose perplejos la cabeza, pero al fin y al cabo era Dios quien les hablaba. Así pues, lo copiarían obedientemente y ese sería uno de los muchos misterios de los libros sagrados que después pasarían al futuro hasta que reconociésemos la verdad, hasta que viésemos que nadie en aquel tiempo podía haber sabido aquello y, por tanto, deducir la existencia de Dios.

Pueden imaginarse muchos casos así. ¿Qué les parece: «No viajarás a mayor velocidad que la luz»? Muy bien, se puede argüir que no había riesgo inminente de que nadie rompiera este mandamiento. Habría sido una curiosidad: «No entendemos de qué va este, pero los demás los acataremos». O: «No hay marcos de referencia privilegiados». ¿O qué tal algunas ecuaciones? Las leyes de Maxwell en los jeroglíficos egipcios, o en caracteres chinos antiguos, o en hebreo antiguo. Y que todos los términos fueran definidos: «Esto es el campo eléctrico, esto es el campo magnético. No sabemos qué son, pero los copiaremos y, más adelante, seguro, llegarán a ser las leyes de Maxwell o la ecuación de Schrödinger». Cualquier cosa de este tipo habría sido posible si Dios hubiera existido y si hubiera querido que tuviésemos pruebas de su existencia. O en biología. ¿Qué les parece: «Dos cadenas entrelazadas contienen el secreto de la vida»? Podrían decirme que los griegos ya lo sabían a causa del caduceo. En el ejército americano todos los médicos llevaban el caduceo en la solapa, y también lo utilizan las distintas mutuas de seguros médicos. Está relacionado, si no con la existencia de la vida, al menos con su conservación, pero hay muy poca gente que lo utilice para decir que la religión correcta es la de los griegos antiguos porque tenían un símbolo que sobrevive al examen crítico posterior.

En este asunto de las pruebas de la existencia de Dios, si este hubiera deseado darnos alguna, no tenía por qué limitarse a ese método, en cierto modo cuestionable, de hacer declaraciones enigmáticas a sabios antiguos y confiar en que sobrevivieran. Dios podía haber grabado los Diez Mandamientos en la Luna. Muy grandes. Diez kilómetros de extensión para cada mandamiento. Y nadie lo podría ver desde la Tierra, pero, de pronto, un día se inventarían los grandes telescopios o las naves espaciales se acercarían a la Luna y allí los encontrarían, grabados en la superficie lunar. La gente diría: «¿Cómo ha podido llegar eso aquí?». Y entonces habría varias hipótesis, la mayor parte de las cuales serían francamente interesantes.

¿O por qué no un crucifijo de cien kilómetros de envergadura en la órbita de la Tierra? Sin duda Dios podría hacerlo, ¿no es así? Tras haber creado el universo, una cosa tan sencilla como poner un crucifijo en la órbita de la Tierra habría sido perfectamente posible. ¿Por qué Dios no hizo cosas de este tipo? O, dicho de otro modo, ¿por qué Dios tenía que ser tan claro en la Biblia y tan oscuro en el mundo?

Creo que se trata de un asunto serio. Si pensamos, como sostienen la mayoría de los grandes teólogos, que la verdad religiosa solo se produce cuando se da una convergencia entre nuestro conocimiento del mundo natural y la revelación, ¿por qué esta convergencia es tan débil cuando habría podido ser fácilmente más sólida? Así pues, para concluir, me gustaría citar las primeras líneas del Ensayo sobre los dioses, de Protágoras, del siglo v a.C:


"Sobre los dioses, no tengo medio de saber si existen o no existen ni qué aspecto tienen. Muchas cosas me impiden saberlo. Entre otras, el hecho de que nunca nadie los haya visto."
DANIEL C. DENNETT (1942- )
"THANK GOODNESS!" (2006)



Daniel Dennett es uno de los cuatro jinetes del Nuevo Ateísmo, y en este texto reflexiona sobre cómo debería reaccionar un ateo que se encuentra enfermo cuando sus amigos creyentes le dicen que rezan por él. La respuesta trata de conciliar cierta coherencia con la amabilidad y el cariño que sentimos por nuestros seres queridos, al mismo tiempo que rechazamos promocionar lo que es inútil.

Cuando Dennett confía en los médicos que le atienden para salvarle la vida, establece una diferencia entre creer en Dios o creer en la medicina. La ciencia no es una religión porque se ve sometida constantemente a revisiones que la hacen cambiar. El control y los límites que se pone la ciencia, y en particular la ciencia médica, no lo establece ninguna religión para sus miembros. Mientras que para la religión, basta con tener buenas intenciones, para la medicina eso es irrelevante. Cualquier tratamiento que demuestre ser objetivamente mejor, debe generar una rectificación mundial, sin tener en cuenta la lealtad a la autoridad, la costumbre o las intenciones originales. Por ello, piensa, se le debería exigir a los creyentes los mismos criterios de eficacia que le pedimos a los médicos.

Por ello, cuando sus amigos creyentes rezan por él, su contestación es que los perdona. Esta respuesta que parece una bofetada de mala educación, es en realidad una invitación a abandonar la inutilidad, o mejor dicho, una invitación a no glorificar lo inútil.

De acuerdo, pero ¿qué les digo a mis amigos religiosos (que los tengo, y bastantes) que han tenido el valor y la sinceridad de decirme que rezaron por mí? Les he perdonado con mucho gusto, porque hay pocas cosas tan frustrantes como no poder ayudar a un ser querido de ninguna manera más directa. Confieso que me sabe mal no haber podido rezar (sinceramente) por mis amigos y mis familiares en momentos de necesidad, y por eso valoro el impulso, aunque reconozca claramente su inutilidad. Los comentarios de mis amigos religiosos no vacilo en traducirlos a alguna versión de lo que me han estado diciendo mis colegas de ateísmo: «Pensaba en ti, y esperaba de todo corazón [otra concesión ineficaz pero irresistible] que no te pasara nada». El hecho de que estos amigos tan queridos hayan pensado en mí de esta manera, y hayan hecho el esfuerzo de comunicármelo, ya es tonificante de por sí, sin necesidad de suplementos sobrenaturales. En mi caso, estos mensajes de mi familia y mis amigos de todo el mundo me han llegado literalmente al corazón, y agradezco el subidón de moral (¡hasta extremos de verdadero frenesí, me temo!) que han producido en mí. Pero no hablo en broma cuando digo que tengo que perdonar a los amigos que han dicho que rezaron por mí. He resistido a la tentación de contestar: «Gracias, pero ¿también sacrificaste una cabra?». Me sienta igual que si uno de ellos me dijera: «Acabo de pagarle a un médico vudú para que hiciera un conjuro sobre tu salud». ¡Qué manera más crédula de malgastar un dinero que se podría haber gastado en proyectos más importantes! No esperes que sienta gratitud, o tan siquiera indiferencia. Agradezco el cariño y la generosidad que te impulsaban, pero me gustaría que hubieras encontrado una manera más razonable de expresarlos.

¿Pero esto no es de una severidad horrible? ¡Seguro que no le perjudica a nadie que recen por mí los que pueden rezar sinceramente! Pues no, no estoy tan seguro. Para empezar, si de verdad quisieran hacer algo útil, podrían aprovechar el tiempo y la energía que dedican a rezar para algún proyecto urgente en el que sí que puedan influir. Por otra parte, ya tenemos bases bastante firmes (por ejemplo, el estudio Benson de Harvard, que se ha hecho público hace poco) para creer que la oración intercesora no funciona, y punto. Cualquier persona que se desentiende de estas investigaciones mina sutilmente el respeto a la propia bondad que estoy agradeciendo. Si insistes en mantener vivo el mito de la eficacia de la oración, nos debes una justificación ante los hechos.

[...]

Aun así, perdono a los que rezan por mí. Los veo como científicos tenaces que se resisten a las pruebas en favor de teorías que no les gustan, mucho después de que la reacción adecuada hubiera sido un elegante reconocimiento. Aplaudo la fidelidad a vuestra propia postura, pero os recuerdo una cosa: no basta con la fidelidad a la tradición. Siempre tenéis que preguntaros: ¿Y si me equivoco? Creo que a la larga se les puede pedir a las personas religiosas que cumplan los mismos criterios morales que las personas laicas de la ciencia y de la medicina.

RICHARD DAWKINS (1941- )
"ATEOS POR JESÚS" (2006)


El ateo más militante es Richard Dawkins. En la madurez de su carrera científica se ha dedicado a propagar una visión atea del mundo que nos advierte de los peligros de la pasividad frente a la religión. Y no solo contra el fanatismo religioso (¿quién no estaría en contra del mismo, salvo los fanáticos?), sino contra el sustrato intelectual sobre el que flota la religión: la autoridad ritual, la fe, el desprecio a las pruebas y la racionalidad, la tendencia a ignorar las contradicciones y sobre todo la sobreprotección de la que se beneficia, usando el respeto como un escudo de creencias infantiles que a los demás nos sonrojaría utilizar..

Seguramente la mayor aportación de Dawkins al ateísmo sea el hecho de arrastrar al terreno científico una cuestión tradicionalmente enclaustrada dentro de los confusos muros de la teología. Dawkins ha conseguido hacer accesible e interesantes, las reflexiones existenciales que antes se escondían en densos manuales de teología. Ha cambiado la aproximación al tema para el gran público, y ahora en vez de investigar a Santo Tomás de Aquino y perderse en complejidades laberínticas de teología, se hace prioritario investigar a Charles Darwin y pensar con mentalidad científica en si tal o cual argumento es más plausible que otro. 

En este sentido, su obra cumbre fue y sigue siendo "El Espejismo de Dios", un libro redondo que constituye sin duda alguna el mejor inicio para tomarse el ateísmo (y la religión) en serio. Hitchens, amigo de Dawkins hasta sus últimos días, incluyó aquí el capítulo cuarto de "El Espejismo de Dios" pero como éste ya fue reseñado en toda su extensión en mi blog, pasaré a comentar otro texto de Dawkins que sí está dentro de la compilación de "Dios no existe".

Se trata del artículo "Ateos por Jesús", una muestra más de la contundencia y elegancia que el biólogo británico es capaz de hilar aún fuera de su disciplina científica. En este artículo, Dawkins sugiere que debemos expandir la bondad humana (aparentemente antinatural desde el punto de vista de la selección natural) imitando o usando las mismas tácticas de marketing que usan las modas estúpidas que invaden la cultura adolescente. La religión es otra muestra de cómo una idea estúpida, cuando está bien diseminada puede contaminar a generaciones sin necesidad de justificación o prueba alguna. Por ello él propone el lema de "Ateos por Jesús", que lleve implícito un reconocimiento de la bondad del mensaje cristiano. Quizás no se trate tanto de usar los métodos de la religión, como de usar la bondad de la religión para promocionar el ateísmo (desprendiéndose así de todo lo peligroso y sobrenatural que la religión lleva implícito).

Sea como sea, lo más destacable a mi juicio de este original artículo es que la bondad es un valor por el que merece la pena luchar, venga de donde venga, tanto si es un pecado evolutivo como si es un mandato divino, debemos ser lo suficientemente avanzados para desprenderla de toda parafernalia superflua y defenderla como tal.

La propia teoría de la selección natural parece hecha aposta para fomentar el egoísmo a expensas del bien público, la violencia, la más cruel indiferencia al sufrimiento, y la codicia a corto plazo a expensas de la previsión. Si las teorías científicas pudieran votar, seguro que la de la evolución votaría a los republicanos. Mi paradoja procede del hecho antidarwiniano, que puede observar cualquiera en su círculo de conocidos, de que haya tantas personas amables, generosas, serviciales, compasivas y simpáticas; el tipo de gente de quien se dice «Es un santo» o «Es un samaritano de los de verdad».

[...]

Los darwinianos tienen explicaciones para la bondad humana: generalizaciones de los modelos más que probados de la selección parental y el altruismo recíproco, pilares de la teoría del «gen altruista», que se propone explicar cómo el altruismo y la colaboración entre animales a nivel individual puede nacer del egoísmo a nivel genético; pero el tipo de superbondad a la que me refiero en los humanos va demasiado lejos. Es un desvío, y hasta una perversión del planteamiento darwiniano de la bondad. Claro que, si eso es una perversión, en este caso vale la pena fomentar y extender las perversiones.

[...]

Dejémonos del todo de rodeos: desde el punto de vista de la elección racional, o desde el punto de vista darwiniano, la superbondad humana es una soberana tontería. Claro que, si eso es una tontería, en este caso habría que fomentarla, que es el objetivo de mi artículo. ¿Cómo podríamos hacerlo? Partiendo de la minoría de seres humanos superbuenos que conocemos todos, ¿cómo podríamos incrementar su número, quizá incluso hasta que sean mayoritarios dentro de la población? ¿Sería posible hacer que se propague la superbondad como una epidemia? ¿Se le podría dar un envoltorio que le permitiera transmitirse de generación a generación, en tradiciones cada vez más grandes de propagación longitudinal?

Vamos a ver. ¿Nos consta algún ejemplo comparable de ideas estúpidas que se propagasen como una epidemia? ¡Pues claro que sí, por Dios! La religión. Las creencias religiosas son irracionales. Las creencias religiosas son lo más tonto de lo tonto, supertontas. A causa de la religión, personas por lo demás sensatas cultivan el celibato en monasterios, o se estampan contra rascacielos neoyorquinos. La religión motiva a la gente a darse latigazos en su propia espalda, a prenderse fuego o prendérselo a sus hijas, a denunciar a sus abuelas por brujas, o en casos menos extremos, simplemente a soportar cada semana, de pie o sentados, ceremonias de un aburrimiento embrutecedor. Si es posible que la gente se contagie de una estupidez tan autodestructiva, contagiarle la bondad debería ser un juego de niños.

[...]

Esta semana, en Edimburgo, he conversado públicamente con Richard Holloway, antiguo obispo de aquella hermosa ciudad. [...] Recurriendo a un mito poético de los ámbitos matemático y cosmológico, definió la humanidad como una «singularidad» dentro de la evolución. Quería decir exactamente lo que he dicho yo en este ensayo, aunque él lo expresase de otra manera. La aparición de la superbondad humana es algo sin precedentes en los cuatro mil millones de años de historia de la evolución. Parece probable que después de la singularidad del Homo sapiens la evolución no vuelva a ser la misma. [...] la singularidad es fruto de la propia y ciega evolución, no algo creado por una inteligencia al margen de ella. Resultó de la evolución natural del cerebro humano, que a merced de las fuerzas ciegas de la selección natural creció hasta el punto, totalmente imprevisto, de extralimitarse y empezar a adoptar comportamientos descabellados desde el punto de vista del gen egoísta. [...]

Yo no soy ingeniero memético, y sé muy poco de cómo incrementar el número de superbuenos y propagar sus memes en el acervo memético. Lo máximo que puedo proponer es una consigna que espero que sea pegadiza. «Ateos por Jesús» quedaría bien en una camiseta. No hay ninguna razón de mucho peso para elegir como icono a Jesús con preferencia sobre otros modelos entre las filas de los superbuenos, como Mahatma Gandhi (pero no la madre Teresa, con su odiosa superioridad moral; ¡cielos, no!). Yo creo que a Jesús le debemos el honor de separar su ética, realmente original y radical, de las absurdidades sobrenaturales que abrazó inevitablemente como hombre de su época. Por otro lado, el impacto oximorónico de «Ateos por Jesús» podría ser justo lo que se necesita para darle un primer impulso a la meme de la superbondad en una sociedad poscristiana.
ELIZABETH ANDERSON (1959- )
"SI DIOS HA MUERTO, ¿TODO ESTÁ PERMITIDO? (2007)




En este ensayo, la autora se coge el argumento moralista (ese que dice Dios debe existir necesariamente porque tenemos moral, y ésta solo puede provenir de Dios) y lo desmonta sin despeinarse. El método es sencillo: se analiza la Biblia y se extraen una gran cantidad de mandatos, tanto morales como inmorales, y ante esta contradicción se hace necesario extraer nuestra moral de factores ajenos y previos a la divinidad. Porque son los dioses los que inventamos después de ya fuéramos morales, y como creaciones nuestras reflejan nuestra bondad y nuestra maldad. La solución de la autora para los que no están dispuestos a renunciar a su fe consiste en una suerte de religión a la carta (una versión liberal de la religión no muy coherente). Sin embargo lo más honesto sería reconocer que no hay pruebas de la existencia de Dios (no al menos derivadas del argumento moralista) y que, por tanto, la moral es una construcción humana que irá avanzado según vayamos avanzando nosotros como sociedad.

Personalmente no puedo compartir el argumento moralista, ni cuando actúa a favor del teísmo ni cuando actúa en su contra. No creo que lo moral o lo inmoral redunde en la capacidad humana para probar o refutar la existencia ninguna deidad,... en todo caso, se podría deducir algo sobre la moralidad o inmoralidad de Dios, pero no sobre su existencia. La posibilidad de un Dios profundamente inmoral o ajeno al sufrimiento humano simplemente no suele entrar dentro de la ecuación. Y si simplemente damos por cierto lo contrario simplificaremos la hipótesis y falsearemos la conclusión.

En otras palabras, el problema del mal en el mundo, lo que se conoce como teodicea, solo es un problema si aceptamos que el único dios que puede existir es un dios bondadoso.

¿Por qué habría que considerar que la religión es necesaria para la moralidad? Tal vez por la idea de que la gente desconocería la diferencia entre el bien y el mal si no se la revelase Dios, pero eso es imposible. Cualquier sociedad, basada o no en el teísmo, ha reconocido los principios básicos de la moral expuestos en los Diez Mandamientos, a excepción de la observancia religiosa. Cualquier sociedad estable castiga el asesinato, el robo y el falso testimonio, enseña a los niños a honrar a sus padres y condena la envidia de las posesiones del prójimo, al menos si esa envidia lleva a tratarle mal. Todas estas reglas se le ocurrieron a la gente mucho antes de cualquier contacto con las grandes religiones monoteístas, lo cual parece indicar que el conocimiento moral no surge de la revelación, sino de las experiencias de los seres humanos al vivir juntos, que les han enseñado que deben ajustar su conducta en función de los derechos de los demás.

[...]

Por lo tanto, la Biblia contiene tanto buenas como malas enseñanzas. Este hecho afecta a la solidez de las Escrituras como fuente de pruebas de aseveraciones morales, y como fuente de pruebas del teísmo. Veamos en primer lugar el uso de las Escrituras como fuente de pruebas de aseveraciones morales. Ya hemos visto que la Biblia es moralmente incoherente. Si intentamos sacar lecciones morales de una fuente contradictoria, tendremos que elegir cuáles aceptamos. Para eso debemos usar nuestro juicio moral propio e independiente, basado en alguna fuente distinta a la revelación o la supuesta autoridad de Dios, para decidir qué pasajes de la Biblia aceptamos. De hecho, una vez reconocidas las incoherencias morales de la Biblia, queda claro que el núcleo duro fundamentalista que actualmente predica el odio a los gays y la subordinación de las mujeres, y que en otras épocas y lugares, siempre con el respaldo de la Biblia, se remitió a la autoridad de Dios para defender la esclavitud, el apartheid y la limpieza étnica, siempre ha elegido lo que más le convenía. Lo que diferencia a estos creyentes es justamente su atracción por los pasajes crueles y despóticos de la Biblia. Lejos de constituir una guía realmente independiente para la conducta moral, la Biblia se parece más a un test de Rorschach: los pasajes en los que decide hacer hincapié una persona reflejan su carácter y sus intereses morales, en la misma medida en la que los conforman.

[...]

Lo que estoy defendiendo es que la moral, entendida como un sistema de reclamaciones mutuas en el que todo el mundo es responsable ante los demás, no necesita apoyar su autoridad en ninguna autoridad superior y externa. Se apoya en la autoridad que poseemos todos de exigirnos cosas mutuamente. Lejos de reforzar la autoridad de la moral, las apelaciones a la autoridad divina pueden minarla, ya que las teorías de la moral basadas en la potestad divina pueden hacer que los creyentes se sientan con derecho a no recurrir a nada más que a su idea de Dios para determinar cuáles de sus actos están justificados. En un sistema así es muy fácil ignorar las quejas de las personas ofendidas por nuestros actos, ya que no las reconocemos como autoridades morales con derecho propio; sin embargo, ignorar las quejas ajenas significa privarse de la principal fuente de información necesaria para mejorar la propia conducta. Apelar a Dios, no a las personas afectadas por nuestras acciones, equivale a una tentativa de saltarnos la responsabilidad ante nuestros congéneres.

[...]

Lejos de poner en peligro al ateísmo, el argumento moralista es una cuña crítica que debería abrir a los teístas moralmente sensibles a las pruebas contra la existencia de Dios.
STEVEN WEINBERG (1933- )
  ¿QUÉ PASA CON DIOS? de "EL SUEÑO DE UNA TEORÍA FINAL" (1994)




Otro ejemplo de científico que también ha destacado por su activismo ateo. Su cita más famosa al respecto dice así:

"La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión."

En el texto al que Hitchens nos remite aquí se hace referencia a dos afirmaciones tan manidas como incorrectas. La primera es que la ciencia es tan culpable como la religión en las matanzas de la humanidad. Esta acusación tiende a poner en el mismo rasero medios y fines, utensilios y motivaciones, ideología y tecnología...etc. La segunda es que la maldad cometida en nombre de dios tiene que ser necesariamente una tergiversación del mensaje divino: en vez de condenar el texto religioso que durante milenios ha justificado la iniquidad, se condena a la inteligencia del hombre para interpretar los textos sagrados. Y llegado el momento de la modernidad, simplemente se pasa página, como se pasa por la página de la carta de un menú de refinado restaurante francés... no es de mi gusto, o no lo entiendo... pero hay otros platos donde elegir.

Pero quiero apuntar que, para deshacer este equilibrio, no es honesto suponer que las persecuciones religiosas y las guerras santas son perversiones de la verdadera religión. Suponer que lo son me parece un síntoma de una actitud muy extendida hacia la religión, consistente en un profundo respeto combinado con una profunda falta de interés. Muchas de las grandes religiones del mundo enseñan que Dios exige una fe y una forma de culto particular. No sería sorprendente que algunas de las personas que toman seriamente estas enseñanzas considerasen sinceramente estos mandamientos divinos como incomparablemente más importantes que cualquier virtud meramente secular como la tolerancia, la compasión o la razón.

En Asia y África las fuerzas oscuras del fanatismo religioso están reuniendo fuerza, y la razón y la tolerancia no están a salvo ni siquiera en los estados laicos de Occidente. El historiador Hugh Trevor-Roper ha dicho que fue la expansión del espíritu de la ciencia en los siglos XVII y XVIII la que finalmente terminó con la quema de brujas en Europa. Quizá necesitemos confiar de nuevo en la influencia de la ciencia para mantener un mundo sano. No es la certeza del conocimiento científico la que lo hace apropiado para este papel, sino su incertidumbre. Viendo como los científicos cambian una y otra vez sus ideas sobre temas que pueden ser estudiados directamente en experimentos de laboratorio, ¿cómo puede uno tomar en serio los alegatos de la tradición religiosa o de los escritos sagrados de ciertos conocimientos sobre materias más allá de la experiencia humana?

Por supuesto, la ciencia ha hecho su propia contribución a las preocupaciones del mundo, pero generalmente dándonos los medios para matar a otros, no los motivos. Allí donde la autoridad de la ciencia ha sido invocada para justificar horrores, lo ha sido realmente sobre la base de perversiones de la ciencia, tales como el racismo nazi y la «eugenesia». Como ha dicho Karl Popper, «resulta demasiado obvio que es el irracionalismo, y no el racionalismo, el que tiene la responsabilidad de toda la hostilidad y agresión nacionalista, tanto antes como después de las Cruzadas, pero yo no conozco ninguna guerra impulsada por un objetivo "científico" e inspirada por los científicos».

SALMAN RUSHDIE (1947- ) 
IMAGINA QUE EL CIELO NO EXISTE.  CARTA AL SEIS MIL MILLONÉSIMO CIUDADANO DEL MUNDO (1997)


Salman Rushdie tenía que tener un lugar privilegiado en esta antología, habida cuenta de la relación personal que Hitchens tenía con él. Rushdie fue conocido en el mundo entero por su libro "Los versos satánicos", que provocó la ira de los musulmanes más fanáticos, así como la puesta de precio a la cabeza del escritor, motivo por el cual tuvo que esconderse durante décadas (todavía hoy sigue amenazado). Hitchens le prestó ayuda y apoyo en todo momento, y de ahí salió una amistad. En la autobiografía de Hitchens, sin embargo, éste relata como aquel no fue todo lo coherente que se podría haber esperado de un martir de la libertad de expresión. Pero ni siquiera un ateo tan políticamente activo y beligerante como Christopher Hitchens, se atrevió a afearle una conducta a quien se jugó la vida por escribir una sátira religiosa.

En esta carta que presentó a la ONU, Rushdie comentaba que el famoso choque de civilizaciones de Samuel Huntington era "una simplificación excesiva" y que el mundo musulmán es no es tan monolítico como se suele pensar... pero también reconoce que el mundo islámico está actualmente bajo el influjo de unos radicales que pintan un escenario muy negro. No obstante, según Rushdie la confrontación no es conceptual ni permanente.

Llevo tiempo afirmando que la teoría del «choque de las civilizaciones» de Samuel Huntington es una simplificación excesiva: que la mayoría de los musulmanes no tienen el menor interés en participar en guerras religiosas, que las divisiones en el mundo musulmán son tan profundas como sus elementos comunes (si te cabe alguna duda de que esto es así, echa una ojeada al conflicto suní-chií en Irak). Apenas puede encontrarse nada que se parezca a un objetivo islámico común. Incluso cuando la OTAN no islámica libró una guerra a favor de los albaneses kosovares musulmanes, el mundo musulmán fue remiso a la hora de ofrecer la muy necesaria ayuda humanitaria.

Las auténticas guerras religiosas, he sostenido, son las guerras que las religiones desatan contra ciudadanos corrientes dentro de su «esfera de influencia». Son guerras de los píos contra los prácticamente indefensos: los fundamentalistas estadounidenses contra los médicos partidarios de la libre elección, los mulás iraníes contra la minoría judía de su país, los talibanes contra el pueblo afgano, los fundamentalistas hindúes de Bombay contra los musulmanes cada vez más asustados de la ciudad.

Y las auténticas guerras religiosas son asimismo las guerras que las religiones desatan contra los no creyentes, cuya intolerable incredulidad se recalifica como delito, como razón suficiente para su erradicación.

Pero con el paso del tiempo me he visto obligado a reconocer una cruda realidad: que la masa de los llamados musulmanes corrientes parece haberse dejado embaucar por las fantasías paranoicas de los extremistas y parece dedicar una mayor parte de su energía a la movilización contra caricaturistas, novelistas o el Papa, que a condenar, privar de derechos civiles y expulsar a los asesinos fascistas que habitan entre ellos. Si esta mayoría silenciosa permite que se libre una guerra en su nombre, se convertirá finalmente en cómplice de esa guerra.

Por tanto, quizá sí se ha iniciado, al fin y al cabo, una guerra religiosa, porque está permitiéndose a los peores de nosotros dictar las prioridades de los demás, y porque los fanáticos, que no se andan con chiquitas, no encuentran oposición suficiente entre «su propio pueblo».
IBN WARRAQ (1946- )
EL CORÁN de "¿POR QUÉ NO SOY MUSULMÁN? (1995)



El hecho de que Ibn Warraq sea un pseudónimo y de que el libro esté descatalogado en castellano, (aunque se puede encontrar en Amazon por más de 200 euros y con pocas existencias) me sugiere dos cosas. La primera que todavía hay un "fascismo religioso" (por usar las palabras de su introducción) muy potente dentro del mundo musulmán. No sé si se vendió mucho o poco en España, y siempre puede ser que no existiese demanda suficiente, pero todo indica que el miedo a atentados disuade de su publicación (no así en otros idiomas).

La segunda, que la erudición y la exégesis incisiva que muestra el autor, es mil veces más hiriente y duradera que la famosa novela de Salman Rushdie. Eso explicaría por qué ésta se podría reeditar sin problemas, mientras que el ensayo de Warraq permanecería inaccesible para el público hispanohablante. Mientras que una ficción puede pasar de moda, un manual para desmontar minuciosamente una religión siempre será mucho más útil. ¿O no? Quizás resulta más fácil llegar a la masa con una película que con un sesudo libro... sea como fuere, resulta paradójico que precisamente debido a la inexistencia del libro en castellano, y de su imposibilidad para comprarlo, nadie pueda reclamar ninguna pérdida cuando Europa Laica lo cuelga en su web para descargarlo gratuitamente (aunque hay que decir que la traducción de la edición castellana es malísima, hasta el punto que no se puede considerar una traducción sino una amputación del original). 

Warraq analiza las palabras, los contextos, las traducciones, las incoherencias y deja a su paso, página a página, una demoledora crítica del Corán, de mucha más altura y erudición que otras críticas religiosas (islámicas o cristianas) que se publican y comentan con absoluta normalidad en occidente. De hecho, Warraq le pega un buen repaso al mito del Cristo histórico y otras historias bíblicas, porque considera que afecta por igual a ambas religiones.

¿PALABRA DE DIOS? 

Suyuti, el gran lingüista y comentarista del Corán musulmán, fue capaz de señalar cinco pasajes cuya atribución a Dios era cuestionable. Algunas palabras de estos pasajes eran obviamente dichas por el mismo Mahoma y algunas por Gabriel. Ali Dashti también indica varios pasajes donde la persona que habla no puede ser Dios.[...]

El léxico extranjero del Corán

Aunque muchos lingüistas musulmanes reconocen que en el Corán hay numerosas palabras de origen extranjero, la ortodoxia no habla de ello y la tradición sostiene que «quien pretenda que en el Corán haya algo fuera de la lengua árabe, hace una grave acusación contra Dios [...]

Versiones divergentes, lecturas divergentes

Como veremos, no existe el Corán como tal; nunca ha existido un texto definitivo del libro sagrado. Cuando un musulmán afirma dogmáticamente que el Corán es la palabra de Dios, basta con preguntarle: «¿Qué Corán?» para socavar su certeza. [...]

¿Perfecto árabe?

Hace mucho tiempo que el gran erudito Noldeke señaló la pobreza estilística del Corán [...] Ali Dashti estima que hay más de cien errores gramaticales, según las reglas del árabe. [...]

Derogaciones de pasajes en el Corán

[...] los teólogos musulmanes tienen una doctrina bastante conveniente [...] ciertos pasajes del Corán quedan derogados por versículos, con un sentido diferente o contrario, revelados con posterioridad. [...] el orden tradicional musulmán de las azoras y aleyas no es cronológico, los compiladores simplemente situaron los capítulos más largos al comienzo. Los comentaristas tienen que decidir el orden cronológico por razones doctrinales; los eruditos occidentales también han logrado calcular un esquema cronológico. Aunque hay muchas diferencias de detalle, parece haber un amplio consenso acerca de qué azoras pertenecen al periodo mequí (esto es, antiguo) de la vida de Mahoma y cuáles pertenecen al período mediní (esto es, posterior). [...]

La doctrina de la derogación también pone en ridículo al dogma musulmán que dice que el Corán es una fiel e inalterable reproducción de las escrituras originales que se conservan en el cielo. Si las palabras de Dios son eternas, es decir, sin principio ni fin, y de significación universal, ¿cómo podemos decir que las palabras de Dios son reemplazadas o que se vuelven obsoletas? ¿Tienen que preferirse algunas de las palabras de Dios por encima de otras? Aparentemente, sí. Según Muir, se han suprimido unos doscientos versículos por otros posteriores, lo que significa que un 3 por ciento de este es falso, pese a lo cual se recita en su totalidad como la palabra de Dios. Veamos un ejemplo. Todo el mundo sabe que a los musulmanes no se les permite beber vino en virtud de la prohibición que se encuentra en la azora 2,219; sin embargo, muchos se sorprenderían sin duda alguna de leer en el Corán, en la azora 16, 67: «Obtenéis bebidas fermentadas y un buen alimento de los frutos de la palmera y de las vides. En eso hay una aleya para unas gentes que razonan». Dawood dice, en su traducción inglesa, el equivalente a «bebidas intoxicantes», Pickthall, «bebidas fuertes», y Sale, con el encanto del siglo XVIII dice «licor embriagante».YusufAlí pretende que la palabra árabe en cuestión, sakar significa «bebida saludable», y en una nota a pie de página insiste en que se refiere a las bebidas sin alcohol; pero entonces, en el último momento, admite que si «se tiene que tomar sakar en el sentido de vino fermentado, se refiere a la época anterior a que se prohibieran las bebidas intoxicantes: esta es una azora mequí y la prohibición llegó en Medina.»

Ahora podemos ver lo útil y conveniente que es para los eruditos la doctrina de la derogación para sacarles de apuros. Naturalmente, esta plantea problemas para los apologistas del islam, ya que todos los pasajes que predican la tolerancia se encuentran en las azoras mequíes, esto es, en las azoras más antiguas, y todos los pasajes que recomiendan el asesinato, la decapitación y la amputación son mediníes, esto es, posteriores: «tolerancia» ha sido reemplazada por «intolerancia». Por ejemplo, se dice que la famosa aleya de la azora 9, 5, «Matad a los idólatras donde los encontréis», anuló 124 versículos que dictaban la tolerancia y la paciencia.

SAM HARRIS (1967- )
A LA SOMBRA DE DIOS de "EL FIN DE LA FE" (2004)

Otro fustigador incansable de la religión es el neurocientífico y filósofo Sam Harris. Desde la publicación de su libro "El fin de la fe" ha ido a debatir en cualesquiera foros contra los defensores de la religión. Su estilo pausado, acompañado de estudios y estadísticas, le pusieron con toda justicia como un representante privilegiado del Nuevo Ateísmo. Fue también uno de los cuatro jinetes de dicho movimiento, y ha suscitado diversas polémicas por sus críticas del Islam. Una de sus tesis es que los textos sagrados (del Islam y del cristianismo) contienen mandatos inmorales, pero como se abordan desde la fe, cualquier rectificación o reforma se hace imposible, porque se choca contra la palabra de dios.

La cuestión de cómo se las arregló la Iglesia para convertir el principal mensaje de Jesús de amar a tu vecino y ofrecer la otra mejilla en una doctrina de asesinato y rapiña es un misterio de lo más atrayente, pero en realidad no hay misterio en eso. Dejando al margen lo heterogénea que es la Biblia y lo mucho que se contradice continuamente, permitiendo así justificar actos diversos e irreconciliables, es evidente que la culpable es la propia doctrina de la fe. En cuanto un hombre cree que solo necesita creer en la verdad de una propuesta, a la que no le respalda ninguna evidencia —los no creyentes van al infierno, los judíos beben sangre de niños—, se es capaz de cualquier cosa.

[...]

El antisemitismo es intrínseco tanto a la cristiandad como al islam, pues ambas tradiciones consideran a los judíos culpables de obstaculizar la revelación inicial de Dios. Los cristianos también creen que los judíos asesinaron a Cristo, y que su existencia continuada como judíos constituye una perversa negación de su estatus de Mesías. Sea cual sea el contexto, el odio a los judíos sigue siendo producto de la fe, sea esta cristiana, musulmana, o judía.

El antisemitismo musulmán contemporáneo está en deuda con su contrapartida cristiana. Los protocolos de Sión, un libelo antisemita ruso origen de la mayoría de las teorías de la conspiración referentes a los judíos, es considerado en el mundo árabe como un texto serio. Un reciente artículo en Al-Akhbar, uno de los periódicos de El Cairo, insinúa que el problema del antisemitismo musulmán es ahora mucho más profundo de lo que podría remediarse con un apretón de manos en la rosaleda de la Casa Blanca: «Gracias a Hitler, bendito sea su recuerdo, que vengó por adelantado a los palestinos de los criminales más viles de la Tierra. [...] Pero seguimos teniendo una queja contra él, pues su venganza fue insuficiente». Esto proviene de El Cairo moderado, donde los musulmanes beben alcohol, van al cine y disfrutan de la danza del vientre, y cuyo gobierno reprime activamente a los fundamentalistas. Es evidente que el odio a los judíos sigue muy presente en el mundo musulmán.
[...] los autores de los Evangelios de san Lucas y san Mateo, al querer hacer que la vida de Jesús fuera conforme a la profecía del Antiguo Testamento, insistieron en que María concibiera siendo virgen (en griego, parthenos), remitiéndose a la versión griega de Isaías 7, 14. Lamentablemente para los defensores de la virginidad de María, la palabra hebrea alma (de la que parthenos es traducción errónea) solo significa «mujer joven», sin implicación alguna de virginidad. Parece seguro que el dogma cristiano del nacimiento de una virgen, y gran parte de la consiguiente ansiedad de la Iglesia por el sexo, fue consecuencia de una mala traducción del hebreo.
Otro golpe contra la doctrina de la virgen lo dieron los otros evangelistas, san Marcos y san Juan, al no parecer saber nada al respecto, si bien los dos parecen preocupados por las acusaciones de que Jesús fuera ilegítimo. San Pablo parece creer que Jesús es hijo de José y de María. Se refiere a Jesús como «nacido de la semilla de David en la carne» (Romanos 1,3, queriendo decir que Jóse era su padre),y «nacido de mujer» (Gálatas 4,4, significando que Jesús era humano), sin referirse a la virginidad de María.
La virginidad de María siempre ha dejado implícita la actitud de Dios para con el sexo: es intrínsecamente pecaminoso, el mecanismo a través del cual recibieron el pecado original las generaciones posteriores a Adán. Parece ser que la civilización occidental ha sufrido dos milenios de neurosis sexuales consagradas solo porque los autores de los Evangelios san Mateo y san Lucas no sabían leer hebreo. Para los judíos, verdaderos descendientes de Jesús y los apóstoles, el dogma del nacimiento de una virgen ha servido como perenne justificación de su persecución, ya que es una de las principales «pruebas» que demuestran la divinidad de Jesús.

AYAAN HIRSI ALI (1969-)
"CÓMO (Y POR QUÉ) ME HICE INFIEL" (2007)


Apenas tres mujeres entre todos los autores elegidos por Hitchens. Comprensible si tenemos en cuenta que en tiempos primitivos la cultura era más accesible para los hombres. Ya hoy en día, Ayaan Hirsi Ali demuestra que la heroicidad atea es si cabe más meritoria si eres mujer. Al menos si procedes de una cultura islámica tan machista e intolerante que te repudia y amenaza por abandonar la fe. Tras escapar de su país y militar en un partido progresista, su activismo ateo le hizo coincidir con partidos más conservadores, siendo criticada por sus antiguos colegas. Quizás esa trayectoria disidente, compartida con Christopher Hitchens, sea un motivo añadido para que esta somalí sea la elegida para cerrar un libro tan masculino. 

En este texto expresamente escrito para este libro, la activista feminista y atea (o más específicamente anti-islámica, pero no islamófoba), nos cuenta lo lento y costoso que fue abandonar su fe. Su relato parte desde el cariño y la nostalgia por su religión, como quien siente amor o empatía con su secuestrador, pero poco a poco, tras salir del entorno que le impedía crecer intelectualmente, fue quitándose las capas de censura y autocensura hasta abrirse como una flor.

Si he acabado por asumir mi condición de no creyente, ha sido por algo tan sencillo como que ya no podía seguir fingiendo que creía. Para mí, abandonar a Alá fue un proceso largo y doloroso, al que traté de resistirme todo el tiempo que pude. [...] Con la adolescencia creció mi rebeldía, que aún no iba dirigida al islam. ¿Quién era yo para cuestionar a Alá? Pero me sentía constreñida por mi familia y nuestro clan somalí, donde el valor supremo era el honor familiar, el cual parecía residir esencialmente en el control, venta y transferencia de la virginidad de las muchachas. La lectura de libros occidentales (hasta de novelas románticas baratas) me dio a conocer un universo alternativo increíble, donde las chicas podían elegir. [...] 

Fue en la universidad donde perdí gradualmente la fe. [...] Los placeres y el anonimato de la vida en Occidente, sin clanes, casi eran tan seductores como las ideas de los filósofos de la Ilustración. Poco después de llegar a Holanda, cambié mi atuendo musulmán por los vaqueros. Primero evité el contacto con los somalíes, y luego con otros musulmanes, que me echaban sermones sobre el miedo al más allá y me avisaban de que me estaba condenando. Años después tomé mí primera copa de vino y tuve novio. No me abrasó ningún rayo infernal, ni se produjo ningún caos. [...] 

[...] me di cuenta de que hacía años que había dejado a Alá a mis espaldas. Era atea. Apóstata. Infiel. Me miré al espejo y dije en voz alta, en somalí: «No creo en Dios». Fue un alivio. No sentí dolor, sino auténtica claridad. [...] Desapareció la perspectiva constante del infierno, y fue como si se ensanchara mi horizonte. Dios, Satanás, los ángeles: todo imaginaciones humanas, mecanismos para imponer la voluntad de los poderosos a los débiles. En adelante, podría pisar firme en el suelo que tenía debajo de mis pies, y orientarme por mi propia razón y mi respeto a mí misma. Mi brújula moral estaba dentro de mí, no en las páginas de un libro sagrado. [...]

La única postura que no me produce disonancias cognitivas es el ateísmo. No es ningún credo. La muerte es un hecho seguro, que sustituye tanto al canto de sirena del paraíso como al pavor al infierno. Por eso la vida en la Tierra, con todo su misterio, belleza y dolor, debe ser vivida mucho más intensamente: tropezamos y nos levantamos, estamos tristes, confiados, inseguros, sentimos soledad, felicidad, amor... No hay nada más; pero tampoco yo quiero nada más.











2 comentarios:

  1. Me gusta la imparcialidad que imprimes a tus análisis, y este es un libro bastante extenso por todo lo que implica, son citas de otros escritos, y ahora me has dejado con el compromiso intelectual de la mayoría de los personajes que aparecen en el libro.
    Gracias por tu trabajo y sigue así

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  2. ¡Se agradece el comentario! Me alegra que te guste, me esmero en que sea lo mejor posible dentro de mis limitaciones.

    Un saludo.

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