miércoles, 30 de enero de 2019

"LA DESFACHATEZ INTELECTUAL" de Ignacio Sánchez-Cuenca (2016)

La desfachatez intelectual es un libro tan sencillo como atrevido. Pone en absoluto ridículo algunos de los intelectuales más respetados en los medios de comunicación españoles. La tesis central del libro queda sobradamente demostrada, tanto en su desarrollo como en su desenlace final de la séptima edición que incluye réplicas de los aludidos. A saber, que por muy intelectuales que sean meten mucho la pata, particularmente cuando opinan a la ligera sobre temas que no están informados.

También es necesario señalar que su autor, Ignacio Sánchez-Cuenca, no hace una enmienda a la totalidad de sus obras ni mucho menos a su persona. Al contrario, insiste cansinamente en que muchos de los que crítica son merecedores de extensos elogios por sus obras. Sin embargo, usan su fama a modo de patente de corso para pontificar sobre asuntos que no controlan en absoluto.

Ignacio-Sánchez-Cuenca es un David frente a muchos Goliats jaleados por multitud de incondicionales. El público y los medios de comunicación suelen ser acríticos, esperan de la élite intelectual no solo que opinen de todo, sino que acierten en todo. El autor aprovecha tanta ingenuidad y seguidismo para lanzar piedras con extrema sencillez y habilidad contra los puntos débiles de estas vacas sagradas que tanto admiramos.
Y no es por quitarle mérito al autor, pero si resulta una tarea sencilla es por los tremendos traspiés de la flor y la nata de nuestra élite intelectual. ¿Cómo es posible esto? ¿qué credibilidad puedo tener yo o Sánchez Cuenca para decir que los más prestigiosos intelectuales españoles son torpes o mantienen posiciones ridículas?
Para contestar esa pregunta habría que entrar en materia y analizar una a una cuáles son las torpezas en concreto. Tendría que reproducir párrafos y párrafos enteros de manera literal, por eso mejor remitir al lector al leer el libro, el cual no tiene desperdicio. Cada dos o tres páginas me he encontrado pensando para mí mismo la claridad y razonabilidad que encontraba en casi todos los temas abordados. No obstante, para seguir la tradición de este blog, intentaré con esta reseña encontrar matices o imperfecciones que me han llamado la atención.

Debido a mi antigua adoración al filósofo Fernando Savater, y quizás también debido a que quizás siga siendo el intelectual más reconocido en nuestro país, me permitiré extenderme de más para hacer de abogado del diablo y defenderé, solo hasta cierto punto, la figura mi querido filósofo.

SÁNCHEZ-CUENCA PATINA CON SAVATER

Sánchez-Cuenca escoge una intervención televisiva de Savater que incluye en su introducción, de manera injusta a mi modo de ver, como ejemplo de todo lo que está por venir. En las primeras páginas, justo después del impresentable ejemplo de Jon Juaristi que hemos visto, caricaturiza a Savater en una entrevista en la que éste defiende la tauromaquia diciendo que la vida (no la muerte) que lleva un toro bravo, criado entre algodones, haría las envidias de cualquiera de nuestros parados.





Y digo que es una caricatura por tres razones.

1) Savater no trata de deshumanizar a los parados comparándolos con animales sin dignidad que se dejen torturar con tal de que los dejen en paz.... esta es la interpretación que Sánchez-Cuenca pone maliciosamente en boca de Savater. Pero lo cierto es que solo trataba de defender la tauromaquia. Ese es el fondo del asunto. Sánchez-Cuenca lo minimiza en la misma medida que maximiza su retorcida interpretación de una metáfora,... desafortunada, atrevida, provocadora, pero que en ningún caso pretendía denigrar a los desempleados. Estoy seguro que entre miles de artículos y posiciones políticas, encontraríamos que Savater implícita o explícitamente, guarda más empatía con el desempleo que la que mostró en aquella entrevista. No cabe pues hincar la banderilla a Savater por opiniones como esta. Además, habiendo tantos otros patinazos del filósofo, también era innecesario.
 
2) Colocar la crítica a Savater justo después del nefando ejemplo de Jon
Juaristi, quizás el más brutal de todos los denunciados en el libro, es también algo malicioso. Jon Juaristi publicó un artículo en el ABC que describía un drama humanitario desprovisto de toda humanidad. Se trataba del niño sirio que apareció ahogado en las costas de Turquía. Las imágenes de ese niño muerto aparecieron en toda Europa, sirviendo como llamada de atención al drama humanitario de los refugiados. Pero para Juaristi todo fue poco menos que un montaje de los padres del niño, que estaban decididos a sacar provecho de la muerte de su hijo para despertar una compasión inmerecida.

Poner en la misma categoría ambos ejemplos es no comprender la diferencia entre una falta de empatía y una metáfora gamberra. Curiosamente, en la réplica de Savater a este libro, se mostró ofendido por haber sido metido en el mismo saco que Losantos (queja injustificada pues el propio Sánchez-Cuenca se extraña de la confluencia (p.81) demostrando que no los considera a todos iguales). Lástima que no haya sentido tanta indignación por haber sido presentado junto al ejemplo de insensibilidad humanitaria que escribió su amigo Jon Juaristi.

3) Quizás hubiese sido más oportuno ir al fondo del asunto, porque aunque tanto Savater como Sánchez-Cuenca lo ignoren, la calidad de vida del toro y la ausencia de sufrimiento es una razón a considerar (en absoluto "monstrenca") para juzgar la ética de la tauromaquia. Peter Singer, filósofo y fundador del movimiento animalista, considera que, desde una perspectiva utilitarista, si algunos animales tienen una vida placentera y una muerte indolora (supuesto contemplado por Savater, aunque sea como hipótesis improbable para el caso de los toros de lidia), podríamos criarlos y comerlos sin temor a estar colaborando con ningún tipo de sufrimiento.

SAVATER PATINA CON SÁNCHEZ-CUENCA

Pero este patinazo de Sánchez-Cuenca no puede esconder los otros muchos que Savater ha tenido con Sánchez-Cuenca. Y no solo con Sánchez-Cuenca. 

Fernando Savater y su libro Contra el separatismo
Fernando Savater fue mi referente máximo durante algún tiempo: desde las páginas de El País hasta libros ya clásicos como "Ética para Amador", pasando por conferencias y charlas a las que he podido asistir, siempre quedé fascinado por su ironía, vitalismo y su capacidad para enseñar a pensar. Gracias a él conocí a otros autores, y ese creo que es el mejor piropo que se le puede decir a un profesor. Pero luego se metió en la refriega política de la mano de UPyD, hermanado con Rosa Díez por la causa anti-terrorista que ambos sufrieron por culpa de ETA. Casi todos coinciden en señalar que Savater imprimió brío y dignidad a la voz de las víctimas del terrorismo, pero también que lo hizo alejándose de antiguas posiciones políticas. Apenas prestaba atención a otros problemas políticos, desdibujaba las fronteras izquierda y derecha y todo lo que pasaba lo interpretaba a través del prisma anti-nacionalista en el que estaba encerrado.
Hace nueve años me aventuré a criticar ligeramente a mi ídolo. Ahora, después de leer La desfachatez intelectual, corroboro que no iba desencaminado: de haber tenido acceso a estos textos y críticas habría sido más contundente. 

Es una lástima que Savater no haya aprovechado la ocasión para contestar en serio, y haya patinado tanto limitándose a ataques personales. Habría sido interesante saber qué opina del giro copernicano que denuncia Sánchez-Cuenca. Algunas de las frases de Savater que Sánchez-Cuenca saca a la luz  resultan realmente inverosímiles hoy en dia viniendo del azote del nacionalismo. Digo que las saca a la luz porque efectivamente estaban en la oscuridad. Yo, que he leído unos cuantos libros de Savater y que le he seguido durante años nunca pude leer algo semejante, ni siquiera buscando la literalidad de las frases se pueden encontrar en Internet, salvo en los artículos originales. De no ser porque tenemos acceso a la hemeroteca de El País, podríamos pensar que son un bulo de mal gusto. Reproduzco tres de ellas (1979, 1980, 1981 respectivamente). En la primera, Savater escribía sobre unos parlamentarios de Herri Batasuna para los que se pedía un suplicatorio y así poder juzgarles.

"quienes es indudable que no han hecho sino expresar el sentir y el pensar de sus votantes, suponiendo estos un número nada desdeñable de ciudadanos, pues fue, por cierto, suficiente para alcanzar representación parlamentaria. Intentar acallar esas voces en lugar de aprovecharlas como expresión e índice de uno de los puntos de vista más decisivos en el conflicto vasco equivale a fomentar el diálogo de las metralletas".
 [...]
"La violencia terrorista no es la prolongación del nacionalismo abertzale por otros medios, ni mucho menos su cifra y ápice"
 [...]
"Cualquier solución de alto el fuego debe procurar la colaboración de los elementos de Herri Batasuna, muchos de los cuales no son partidarios apriorísticos de la violencia y la justifican manos cada día."


Ignacio Sánchez-Cuenca
Sánchez-Cuenca da en la diana y se pregunta cómo es posible conjugar está flexibilidad en los tiempos más duros de ETA junto con una cerrazón antinacionalista cuando se estaba más cerca de un proceso de paz (lo mismo podría decirse del tratamiento jurídico del Tribunal Supremo y del tratamiento mediático de la cuestión etarra [p. 108]). Nunca sabremos si el filósofo donostiarra se reconoce en sus palabras o si encuentra cierta justificación en un contexto de viabilidad de la Transición... nunca lo sabremos porque el profesor nunca ha querido auto-examinarse. Es verdaderamente decepcionante como una persona tan brillante es incapaz de mantener el tipo y pierde los papeles insultando a su contrincante: ¡incluso lo llama cochino! Eso sí, lo hace con una bilis y artificio volteriano que convierte la salida de tono en una divertida lectura. Pero no se trataba de un concurso en el arte de insultar, sino en desbaratar el argumento contrario con un mínimo de seriedad. Yo esperaba mucho más del Savater que conocía.

Además, con su airada respuesta Savater le da la razón a Sánchez-Cuenca cuando escribe contra él sin nombrarlo. La desfachatez anticipa que los intelectuales aludidos casi nunca mencionan los nombres de los que se atreven a discrepar públicamente con ellos. En un gesto de soberbia, contestan desde su atalaya pero sin mirar hacia abajo, temerosos de que al hacerlo pudieran estar dando una inmerecida categoría (la suya) a quienes se atrevieron a rechistarles desde abajo. Esa estrategia no solamente revela cierto clasismo en la élite intelectual, sino pautas muy viejas, pues hoy en día con Google la ocultación esta destinada al fracaso. Y además es contraproducente, porque incita a mirar hacia abajo, hacia el lugar que se quiere esconder buscando ponerle acara a esa especie de Anonymous con careta misteriosa. Convierten la lectura en una pesquisa que añade cierta intriga, y cuando finalmente se haya el nombre que se pretendía ocultar, algunos lectores pueden tener la sensación de haber descubierto algo. Ellos, los intelectuales, son los que han elevado a categoría de tesoro escondido, lo que podría haber sido una simple critica. 

Sin embargo, sigo pensando que Savater es aún muy valioso, como filósofo y profesor, cosa que el propio Sánchez-Cuenca podría compartir. Pero también creo que lo es como mero tertuliano, y ahí es donde la tesis principal de Sánchez-Cuenca podría tener alguna pequeña fisura. Así que volveré a hacer de abogado del diablo.

REIVINDICACIÓN DEL OPINÓLOGO Y SU PÚBLICO

Sánchez-Cuenca crítica que, habiéndose ganado una merecida fama en sus respectivas disciplinas, algunos intelectuales se han creído semidioses y opinan de casi todo, sabedores de que nadie se atreverá a señalar sus errores porque andan protegidos por su fama. Esta es la tesis de Sánchez-Cuenca, defendida con verdadera brillantez y acierto, y que por lo general comparto. Pero permítaseme hilar un poco más fino: ¿por qué culpamos al intelectual y no a nosotros? Me da la sensación que es cómo cuando el marido engaña a su mujer, y esta se obsceca con la amante como si fuera la principal responsable. Me explico.

Si un intelectual al que apreciamos comete errores de bulto, y anda paseándose por los medios de comunicación repitiéndolos uno y otra vez, entre el aplauso de unos y el silencio de otros, sin que nadie le afee su opinión... ¿quién es más responsable? ¿El intelectual, los medios, o el público? Si pensamos que el más responsable es el más
poderoso le deberíamos exigir más al intelectual o al medio. Pero sin el endiosamiento que el público le otorga al endiosado este último no sería nadie. ¿Y a quién debemos más fidelidad al autor o a nosotros mismos? Creo que Sánchez-Cuenca carga las tintas contra los intelectuales y no pone ninguna traba al apetito del público por conocer las opiniones de sus héroes. Y ese apetito es muy subjetivo, difícil de señalar, polémico en su origen porque no se sabe si fue antes el huevo o la gallina. Y precisamente porque no se sabe claramente, planteo estas preguntas algunas retóricas y otras sin respuesta, al menos para mí.

¿Qué hay del público? ¿Soy culpable de que me interesen las opiniones de Albert Einstein sobre
asuntos tan dispares como el sionismo, el socialismo, la religión o la guerra nuclear? ¿Deberían ignorar los medios y el público las ideas de Stephen Hawkings sobre la existencia de Dios? Por muy sabios que fueran estaban fuera de su campo, y aún asumiendo que fuera su campo, no dejan de ser opiniones que el publico encumbra por otros méritos. ¿No existe un interés legítimo y un resultado productivo en publicar este tipo de opiniones? Y si es así, ¿donde ponemos el límite para diferenciarlas de algún tipo de desfachatez intelectual? ¿Entraría dentro de la misma categoría las opiniones de Antonio Marina sobre Cataluña, que las de Roger Waters sobre Donald Trump? ¿Es necesario investigar demasiado la telebasura antes de opinar en contra de ella? Salvando las formas y la nostalgia del lugar, ¿son muy diferentes los contenidos de las tertulias del café Gijón de las que actualmente asisten nuestros intelectuales? ¿No es al final el público el que debería establecer la línea divisoria entre intelectual, tertuliano, opinólogo y figurón?

LOS ESCRITORES

El libro se divide en tres partes. La primera trata sobre los escritores literarios, que están especialmente facultados para criticar y ridiculizar los defectos de los demás, y que de hecho cumplen una función muy positiva cuando se trata de denunciar abusos y defender valores, pero que meten la pata hasta el fondo cuando se empeñan en diseñar sus propias soluciones. Porque las soluciones son en definitiva la política, y eso  requiere "otro tipo de registro argumental". Las reflexiones en positivo siempre son más calmadas porque construir es más complejo que destruir. No podemos diseñar políticas a base de clichés y caprichos, como por ejemplo que la educación bilingüe es una gilipollez indebidamente importada de yankilandia (Juan Manuel de Prada p. 62), o la permanente queja de que la educación está en decadencia contradiciendo todos los estudios que tenemos sobre el tema (Feliz de Azúa, p. 58), o que en relación a la salud no hay datos científicos que justifiquen la prohibicion de fumar (Francisco Rico, p. 71).

Javier Marías, Mario Vargas Llosa y Javier Pérez-Reverte
El autor no crítica que los escritores intervengan en tribunas públicas, lo que crítica es que lo hagan opinando de cualquier cosa sin molestarse en informarse primero de ello. También se queja de que algunos se exceden en las formas. Por ejemplo "el matonismo verbal" (p.50) de Pérez-Reverte es bien conocido cuando se emplea a fondo en lo que Sánchez-Cuenca considera una "demagogia antipolítica" (p. 49), de la que Javier Marías y otros también participan. Efectivamente, parece que siempre tenemos barra libre para meternos con todos los políticos. Si te cruzas con el vecino en un ascensor, además del tiempo siempre puedes hablar mal de los políticos, que si el comentario es lo suficientemente abstracto, nadie rechistará. Pero incluso el autor entiende que "hay un registro literario con respecto a la política que resulta especialmente saludable y hasta necesario, el de la sátira y la burla, que funciona como válvula de escape" (p.73): ¿por qué entonces no incluye esa "prosa cargada de testosterona" tan faltona de Pérez-Reverte, o esa letanía quejumbrosa de Javier Marías por "los males del país" como una necesaria válvula de escape? ¿Acaso pretenden estos autores que sus estallidos de indignación sean más analíticos que cualquier estudio de investigación? Yo creo que no. Si Javier Marías dice que somos "un país de idiotas", está poniendo sobre el papel algunas cosas que todos hemos dicho o pensado en alguna ocasión, por diferentes causas, incluso incompatibles entre sí, pero que actúan como él dice a modo de válvula de escape. Si un escritor famoso que me gusta, dice algo que yo pienso, pero lo dice cien veces mejor que yo, me gusta leerlo. En lo que quizás lleve razón Sánchez-Cuenca, es en que por el hecho de que lo escriba un reconocido escritor no lo convierte en ninguna investigación. Sigue siendo un exabrupto compartido, una licencia de la marca Camilo José Cela, y no debería salir de esa categoría.

LA OBSESIÓN NACIONAL
https://ctxt.es/es/20180110/Politica/17255/nacionalismo-populismo-estado-espana-catalunya.htm
El segundo capítulo se centra en una de las obsesiones que ha cegado a tantísimo intelectual, la causa anti-nacionalista, que ha llegado a su cenit con la cuestión catalana mucho más que con la vasca, a pesar de que el terrorismo no está en el escenario político catalán. "La acusación de indignidad" a todo aquel que profesa cualquier grado de nacionalismo se ha vuelto una constante que proviene especialmente de antiguos camaradas que se han derechizado (p.25). La obsesión por la esencia del país no contempla posibles medias tintas, o se está con España o se está contra ella, a lo George Bush. Desde luego que cabe encontrar lo mismo en la otra trinchera, pero el autor se centra en los más grandes de España que suelen ser los más castizos. Desmonta de manera brillante algunos de los histrionismos que se predican contra el nacionalismo catalán aprovechando la debilidad del adversario precisamente donde él es más fuerte: en ciencia política. Él lleva investigando y publicando sobre estos temas desde hace muchos años, y personalmente me ha parecido la aportación más razonada y razonable en este laberinto de banderas en los que nos hayamos desde hace unos años. 

"[El manifiesto de los libres e iguales] daba a entender que el proyecto de separación de Cataluña es profundamente antidemocrático. Se pueden afirmar muchas cosas sobre un proyecto secesionista: que es insolidario, que es empobrecedor, que tendría efectos económicos negativos, que es inconstitucional, etc., pero ¿realmente puede decirse que es antidemocrático? [...] mi libertad no queda menoscabada por el hecho de que Cataluña se constituya como un Estado propio, de la misma manera que no soy más o menos libre por el hecho de que existan Francia o Camerún. [...] Podría ocurrir que dentro de una Cataluña con condición plena de Estado, las libertades fueran menores que en España... o mayores.
[...]
Añade el texto que la independencia "arrincona como extranjeros en su propio país a un abrumador número de ciudadanos", lo que resulta un poco exagerado, pues dichos "extranjeros" gozarían de los mismos derechos que el resto de catalanes; si la extranjería se refiere más bien a los sentimientos identitarios, a quienes se sintieran españoles y no catalanes, entonces habrá que conceder que lo mismo sucede en la actualidad con aquellos que se sienten exclusivamente catalanes y no españoles y están condenados a vivir como ciudadanos españoles. No veo por qué una "opresión" deba pesar más que la otra, salvo que demos un peso injustificado al statu quo."

Sánchez-Cuenca, que no es nacionalista, aborda con imparcialidad y sosiego las objeciones más comunes y chirriantes que se le hacen al nacionalismo. Por ejemplo, se identifica el nacionalismo con el fascismo, algo que hacemos impulsivamente como sinónimo de violencia, "con espíritu denigratorio", pero que no es acorde con la ciencia política, disciplina que el autor enseña en la Universidad. ETA no era fascista (como sí lo fue el terrorismo italiano), sino socialista.

 "Con todo, no veo claro qué ganamos asimilando todos los nacionalismos al fascismo, ni siquiera si nos limitamos a hablar de los nacionalismos violentos dejando al resto de nacionalismos (mucho más frecuentes) al margen. Ha habido tantas formas de opresión, violencia y construcción nacional a lo largo de los siglos que disolverlas todas ellas en la etiqueta genérica de "fascismo" parece poco clarificador."

Se apela a que sea precisamente la izquierda, tradicionalmente internacionalista, la que se oponga al nacionalismo. Pero la izquierda y el nacionalismo no han sido incompatibles a lo largo de la historia [p.143] Tampoco es correcto derivar el terrorismo como consecuencia inevitable de cualquier nacionalismo.

"Que si no hubiera conciencia nacionalista en el País Vasco no habría surgido ETA, como de hecho no surgió en Murcia o en La Rioja, por mencionar dos comunidades autónomas sin dicha conciencia, es indudable. Como indudable es que si no hubiera hombres, no habría violencia machista. Ahora bien,  ¿quiere eso decir que el nacionalismo, de alguna forma, acaba conduciendo al terrorismo?"
A menudo olvidamos que suelen ser los nacionalismos con estado los que niegan, a los que todavía no lo tienen, exactamente lo mismo que reclaman para sí. En las democracias actuales, incluida la nuestra "hay una premisa nacional excluyente". La Constitución otorga derechos y deberes a los españoles, "no al género humano", y no por ello se convierte en un texto fascista o que conduzca al terrorismo. Los que critican con tanto fervor a los nacionalistas separatistas no son tan diferentes de ellos. La diferencia básica entre los independentistas catalanes y los unionistas españoles es que los primeros aspiran a un tener un estado que los segundos ya tienen. El resto de diferencias dependerá de los mismos factores que hacen diferentes a unos gobiernos de otros, a unos partidos de otros, a unos países de otros. Pero en lo que su derecho a constituirse se refiere, comparten similitudes inconfesables.

En cuanto a los derechos históricos y las acusaciones de que "España nos roba", Sánchez-Cuenca las rechaza por ser mitos, falsedades, y argumentos zafios. Pero no por ello podemos ignorar "una voluntad ampliamente extendida de separación (p. 138). En otras palabras, el proyecto secesionista no tiene que ser un derecho positivo (pocos países han nacido ejerciendo el derecho) para ser legítimo, basta con que nazca de "un proyecto político con legitimidad democrática" (p.137). 

Son muchos los tópicos que el autor desmonta con naturalidad sobre el nacionalismo. Quizás el más original es uno que yo mismo he compartido. Consiste en decir que el nacionalista es un cateto, un provinciano que no ha salido de su aldea, y que por tanto el nacionalismo tan solo es una enfermedad que se cura viajando. Dejando de lado el ubicuo problema filosófico de privilegiar a los nuestros (nuestros hijos, nuestras víctimas, nuestros compatriotas), el problema de acusar de tribalismo solamente al nacionalista sin estado, es que es una afirmación que se suelta a la ligera, sin conocer realmente si los nacionalistas viajan o no. Sánchez-Cuenca ha analizado los currículum de muchos de ellos (Xaviar Sala-i-Martí, Andreu Mas-Colell, Carles Boix, Jordi Galí) y no hay pruebas de que sean menos viajados que muchos de los castizos españoles que defienden la causa anti-nacionalista (p.134).

El profesor de la Universidad Carlos III de Madrid no desea ser malinterpretado y advierte que no es partidario de un derecho universal de los pueblos (p.128) pero cree que algún tipo de consulta debería autorizarse. No podemos cruzarnos de brazos simplemente porque las fronteras sean inmutables por imperativo constitucional. Los estados estables y democráticos como Reino Unido y Canadá, con un nivel económico que garantiza que no habrá violencia, deben escuchar sin miedo.

Me dejo mucho en el tintero, pero no puedo cerrar esta cuestión sin citar la opinión personal de Sánchez-Cuenca (p. 147) que cuando la he leído, me he sentido felizmente representado.

"Con este repaso del debate no he pretendido concluir que los nacionalistas o los independentistas llevan razón. Si tuviera que expresar mi opinión personal, diría que hay que deslindar dos planos de análisis. Por un lado, qué pienso, como ciudadano español, sobre la separación de Cataluña. Y, por otro, cómo creo, en cuanto demócrata, que debe procesarse una demanda de independencia. Sobre lo primero, considero que los nacionalistas catalanes han sobreactuado, han generado expectativas políticas imposibles de satisfacer y han exagerado artificialmente las diferencias entre Cataluña y el resto de España, a menudo deformando o manipulando la historia y la economía. Además, estoy convencido de que sería empobrecedor y costoso para las dos partes proceder a la separación.

Ahora bien, como demócrata, entiendo que se trata de una demanda legítima, que debe procesarse y debatirse sin taparla con la Constitución, y que ello requiere la celebración de un referéndum que establezca con claridad cuál es el nivel de apoyo popular a la causa de la independencia. Si dicho nivel es suficientemente elevado, no quedará otra opción que negociar con Cataluña, tratando de evitar su marcha. Pero si dichas negociaciones no fructifican y hay un apoyo masivo a la separación, no habrá más remedio que pactar los términos de la misma. Igualmente, como demócrata, lamento profundamente que los independentistas catalanes hayan seguido adelante después de las elecciones del 27 de septiembre de 2015, cuando fue palmario que no contaban con suficientes apoyos para iniciar la vía secesionista."
LA CRISIS

La última parte del libro nos presenta las ocurrencias de algunos intelectuales para explicar la crisis económica. Me limitaré al que dedica más paginas, Antonio Muñoz Molina y su libro Todo lo que era sólido, que tuvo una gran aceptación. En él se defiende la idea de que nuestros políticos son el origen de la crisis, pues son elegidos y reelegidos con "unanimidades norcoreanas". Pero basta echar un vistazo al caso del PSOE y sus primarias y comprobamos que no es cierto (Borrel, Zapatero, y casi Carmen Chacón). Más concretamente Muñoz Molina dice que los gastos en fiestas populares son la causa principal de la crisis. De nuevo Sánchez-Cuenca tira de números y demuestra que es una idea sin contrastar. 

Lo mismo podría decirse de Savater, que alabó el libro, sacando de nuevo su obsesión anti-nacionalista y responsabilizando a los independentistas de la crisis. Son ideas que suenan bien en la barra de un bar, y que muchos podemos pensar en privado hastiados por tanta necedad y corrupción, pero que no resisten una revisión con datos en la mano. Por ejemplo, se suele oír recurrente aquello de que tenemos demasiados políticos. Se dice que son unos 300.000, pero ese dato esconde que el 90% de los concejales no cobran un euro por su servicio público. Y tampoco es cierto que los políticos españoles tengan un nivel formativo menor que sus colegas europeos. Es una idea que cuaja intuitivamente cuando ves a algunos políticos en acción, pero si vas a publicar un libro, como el economista Garicano, y dejas caer esa tesis hay que hacer los deberes y cotejar los datos antes: España está junto a Grecia, Italia y Portugal a la cabeza de los que tienen ministros con más títulos universitarios, España tiene un 95% frente a Dinamarca con solo un 65%.

El libro termina con un añadido en la séptima edición que recopila las respuestas a las múltiples reacciones que tuvo la publicación de La desfachatez. La recopilación bien merece, como fue mi caso, comprar la séptima edición a pesar de tener otra anterior (todas las referencia de páginas pertenecen a esta edición del 2017), y hacerle un hueco en mis lecturas a este autor que me parece un intelectual muy analítico y con bastante sentido común.

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