Se llegó a decir que este era el ensayo más leído del mundo aunque es difícil saber lo que cada cual hace con los libros una vez comprados. Incluso las ventas son difíciles de rastrear. Pero lo cierto es que este profesor israelí escribió un libro que, muchos años después, todavía sigue leyéndose y vendiéndose más allá de lo que cabría esperar de un ensayo histórico.
Es ambicioso como indica su subtítulo, "una breve historia de la humanidad": prehistoria, religión, estados modernos, imperios, diferencias entre hombres y mujeres, ideologías, legislación, maltrato animal, derechos humanos, dinero, comercio... todo eso lo hemos inventado nosotros. La originalidad de Harari está en subrayar que el hilo conductor de su relato es nuestra capacidad para imaginar cosas y crear alianzas.
En cada capítulo el autor hunde su pluma de artesano en el tejido de la historia, y cose un tema con otro dejando al lector enganchado como pez al anzuelo. La curiosidad en vez de saciarse, se hace cada vez mayor. Este historiador nos seduce con el juego del palo y la zanahoria, dedicando a cada capítulo la extensión adecuada para dejarnos con ganas de más y provoca nuestra avidez por devorar el resto de las páginas.
El ritmo de lectura típico de un ensayo pasa a ser el de una película de aventuras. Mucho está tardando el documental que se había encargado a Ridley Scott. El precedente más parecido en el mundo del ensayo fue a finales del siglo pasado cuando el geógrafo Jared Diamond hizo algo parecido con su ya clásico libro "Armas, Gérmenes y Acero", que convertiría más tarde en serie documental. Recuerdo cómo Diamond rompía a llorar al ver a niños enfermos condenados a una muerte segura. Era muy diferente estudiar los gérmenes y verlos en acción. Esa humanidad del maestro Diamond inspiró a Harari cuando era joven para dar el paso "de estudioso de la historia a estudioso de la humanidad".
LAS TRES REVOLUCIONES
Hace unos 13.500 millones de años tuvo lugar el Big Bang y tan solo hace unos 3800 millones nació la vida en la Tierra. Pero los sucesos que más nos interesan como homínidos son estos tres:
-La revolución del conocimiento hace 70.000 años.
-La revolución agrícola hace 12.000 años.
-La revolución científica hace 500 años.
"Pero si la teoría del entrecruzamiento es cierta, bien pudiera haber diferencias genéticas entre africanos, europeos y asiáticos que se remonten a cientos de miles de años. Esto es dinamita política, que podría proporcionar material para teorías raciales explosivas."
Aún así, el mestizaje tuvo que ser muy raro. Aunque no sabemos por qué se extinguieron las otras especies de homínidos, en algún momento evolutivo el sapiens se alejó lo suficiente para poder ser considerado como una especie bien diferenciada de los demás, impidiendo así que el entrecruzamiento siguiese prosperando. Quizás ese alejamiento tuvo que ver con las mutaciones genéticas que permitieron a sapiens crear una manera de pensar y de expresarse mucho más compleja.
LA PRIMERA REVOLUCIÓN: EL CONOCIMIENTO
Los animales se comunican con diferentes lenguajes, y no somos los únicos en emplear lenguajes vocales.
"Por ejemplo, los monos verdes emplean llamadas de varios tipos para comunicarse. Los zoólogos han distinguido una llamada que significa: «¡Cuidado! ¡Un águila!». Otra algo diferente advierte: «¡Cuidado! ¡Un león!». Cuando los investigadores reprodujeron una grabación de la primera llamada a un grupo de monos, estos dejaron lo que estaban haciendo y miraron hacia arriba espantados. Cuando el mismo grupo escuchó una grabación de la segunda llamada, el aviso del león, rápidamente treparon a un árbol."
Entonces ¿qué tiene de especial nuestro lenguaje? Algunos dicen que es la capacidad de hacer construcciones infinitas que nos advirtieran de múltiples peligros. Otros, en cambio, ponen el acento en que el lenguaje es una necesidad de chismorrear sobre nosotros mismos, para así saber en quien podemos confiar y a quien debemos mostrar ostracismo por ser un tramposo. Pero lo más probable es la capacidad de abstracción lo que hace único al lenguaje humano.
Los chimpancés pueden engañar a sus congéneres haciéndoles creer que viene un león, para que así abandonen la comida y ellos la cojan. Pero nunca podremos hacer creer a un chimpancé en el sacrificio de que si ahora no se come un plátano encontrará un paraíso infinito de plátanos en la otra vida. Eso solo funciona con los seres humanos. Esa capacidad para la ficción es un arma de doble filo. Se pueden crear ficciones como los estados, las leyes, los dioses, y poner a dos pueblos que no se conocen, a luchar juntos o a matarse hasta el exterminio.
La capacidad de crear "constructos sociales" ha sido particularmente útil para hacer que la civilización prospere de la mano del comercio y la política. Si no hubiésemos podido imaginar y confiar en la existencia de una empresa, de una ley o del valor del dinero, no hubiésemos podido llegar a donde hemos llegado. Necesitamos abstracciones del tipo "una nación", o "una sociedad limitada" para organizarnos en grupos de más allá de 150 individuos. Esa es la cifra límite de nuestro cerebro para conocer bien un grupo de personas usando nuestra capacidad de comunicación natural, es decir, el chismorreo. Para ir más allá necesitamos crear ficciones que nos unan con personas que no conocemos, personas en las que no podemos confiar, como lo hacemos con un grupo de amigos en donde todos saben de qué pie cojea el otro.
La habilidad para la ficción, que puede llamarse perfectamente habilidad para la unión, no tiene las limitaciones del genoma. Puede cambiarse y adaptarse a las circunstancias con mucha más flexibilidad que cualquier historia evolutiva, y por eso la revolución cognitiva nos hizo menos dependientes de la evolución genética para prosperar.
"En 1789, la población francesa pasó, casi de la noche a la mañana, de creer en el mito del derecho divino de los reyes a creer en el mito de la soberanía del pueblo. En consecuencia, desde la revolución cognitiva Homo sapiens ha podido revisar rápidamente su comportamiento de acuerdo con las necesidades cambiantes. Esto abrió una guía rápida de evolución cultural, que evitaba los embotellamientos de tránsito de la evolución genética."Fuimos cazadores-recolectores durante mucho más tiempo que agricultores. Por eso los intentos que ha habido de explicar nuestra prehistoria han intentado mirar a nuestro modo de vivir antiguo, esperanzados en encontrar algunas explicaciones de nuestro presente. El problema es que el registro fósil no es claro al respecto.
Una mujer de la Edad de Piedra que encontrase una higuera haría bien en comer todo lo que pudiera, porque en cualquier momento su ingesta podía verse interrumpida. Conductas actuales de comer más de lo que necesitamos pueden tener explicación en ese "gen tragón". Otras conductas son más controvertidas y difíciles de seguir. ¿Por qué somos infieles a nuestras parejas? ¿De donde viene la monogamia? Algunos psicólogos evolutivos nos cuentan que las mujeres solían acostarse con muchos hombres porque se creía que los niños eran hijos de todos los padres que consiguieran depositar su esperma en sus úteros. De esa manera, sus hijos tendrían las mejores características de cada uno de ellos. Esta teoría de la comuna antigua es rechazada por los partidarios de la monogamia como núcleo familiar. Al fin y al cabo los celos y la protección de la propia prole nos ha llevado a ser lo que somos en la actualidad.
La psicología evolutiva es una disciplina que ha tenido mucho prestigio en las últimas décadas, pero en mi humilde opinión resulta demasiado especulativa. A falta de registro fósil, es muy tentador tirar del hilo presente hasta encontrar una prueba en el pasado que nos corrobore por qué somos así. Eso es empezar la casa por el tejado. Un ejercicio de imaginación, con cierto soporte arqueológico, pero altamente especulativo. Cuando se investiga nuestro pasado prehistórico nos encontramos con limitaciones infranqueables. ¿Qué podemos decir de nuestro pasado espiritual? Apenas que eramos animistas, pero sabemos muy poco de las religiones que existían. Tampoco sabemos gran cosa de la organización sociopolítica de unas comunidades que rara vez se asentaban en un lugar rico en recursos. Podían ser belicosos o pacíficos. Los registros fósiles a veces apoyan unas tesis y otras veces la contraria. Quizás no hubiese una naturaleza única de los Homo sapiens. Eso podría explicar que también en la actualidad somos capaces de una cosa y de su contraria. ¿Por qué no pudo ser igual en el pasado?
Los objetos de la Edad de Piedra, que en realidad eran en su mayoría de madera, no nos pueden decir todo lo que queremos saber de nuestros antepasados. Intentar deducir las aspiraciones y los miedos de unos humanos que solo han dejado tras de sí algunos pocos objetos, sería tanto como si en el futuro algún historiador pretendiera sacar conclusiones sociológicas sobre los adolescentes del presente basándose en las cartas postales y en algunos trabajos escolares... porque no tiene acceso a los mensajes de Whatsapp y redes sociales que actualmente usan los jóvenes de manera masiva.
EL PASADO NO ERA TAN MALO
"En otras palabras, el cazador-recolector medio tenía un conocimiento más amplio, más profundo y más variado de su entorno inmediato que la mayoría de sus descendientes modernos. Hoy en día, la mayoría de las personas de las sociedades industriales no necesitan saber mucho acerca del mundo natural con el fin de sobrevivir. ¿Qué es lo que uno necesita saber realmente para arreglárselas como ingeniero informático, agente de seguros, profesor de historia u obrero de una fábrica? Necesitamos saber mucho acerca de nuestro minúsculo campo de experiencia, pero para la inmensa mayoría de las necesidades de la vida nos fiamos ciegamente de la ayuda de otros expertos, cuyos propios conocimientos están asimismo limitados a un diminuto campo de pericia. El colectivo humano sabe en la actualidad muchísimas más cosas de las que sabían antes las antiguas cuadrillas. Pero a nivel individual, los antiguos cazadores-recolectores eran las gentes más bien informadas y diestras de la historia."
Harari defiende que nuestros antepasados recolectores-cazadores tenían vidas más interesantes, menos estresantes, más sanas, pasaban menos hambre, tenían menos enfermedades... eran lo que se conoce como "sociedades opulentas originales". Incluso se piensa que trabajaban menos horas a la semana (esto se deduce por comparación con algunas sociedades de recolectores-cazadores que todavía existen en la actualidad). Naturalmente también tenían un lado oscuro, como el dejar atrás a los débiles que no podían seguir el camino de la recolección. No hay que idealizarlos, nos advierte el autor, aunque parece que eso es lo que ha hecho en sus páginas.
SAPIENS TERMINATOR
Si tuviéramos que juzgar con los ojos del presente a nuestros antepasados sapiens, como si se tratara de un juicio penal que tuviese en cuenta los crímenes y exterminios que hemos realizado a otras especies, sin duda el veredicto sería, en palabras del autor, que somos unos "asesinos en serie", "la especie más mortífera en los anales de la biología".
Tenemos una idea demasiado rousseauniana de nuestros ancestros. El mundo anterior al que conocemos no era un paraíso bucólico de paz y armonía con nuestro entorno.
"Homo sapiens llevó a la extinción a cerca de la mitad de las grandes bestias del planeta mucho antes de que los humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro."
Primero con Australia y luego con América, allá donde pisamos tierra fuimos expulsando a otras especies y remodelando el ecosistema a nuestros intereses. Cuando nos convertimos en agricultores continuamos haciendo lo mismo. Y ahora que estamos en la era industrial lo seguimos haciendo. Si debemos sacar alguna conclusión que nos ayude a salvar el planeta no debe ser que somos peores que nuestros antepasados, sino que los imitamos sin pararnos a pensar las consecuencias.
LA SEGUNDA REVOLUCIÓN: UNA AGRICULTURA DEMASIADO IDEALIZADA
La revolución agrícola empezó hace unos 10.000 años. Y lo hizo simultáneamente en varias partes del planeta, y no solo en Oriente próximo como se creyó durante mucho tiempo. El clima de las zonas más cálidas fue un factor a tener en cuenta. Las plantas y animales de estas zonas eran más fáciles de domesticar que las que vivían en las nieves.
Pero siguiendo la metáfora de Harari, en realidad no fuimos nosotros los que domesticamos el trigo, sino éste a nosotros. La agricultura requería mucho más esfuerzo que la vida de la recolección. Nuestra columna vertebral no estaba hecha para cagar con pesados cubos de agua para ir a regar. El trigo no nos dio una dieta más rica que la anterior, ni tampoco una seguridad económica que dependía de sequías o plagas que nos dejaban sin alternativa alimenticia. Lo que nos ofrecía era una promesa para refugiarnos del frío, la lluvia y los animales salvajes. Pero esos asentamientos estables pronto se hicieron dependientes del alimento que los sostenía.
Al tener más excedente de alimentos, las poblaciones crecían, y para alimentarlas necesitaban cada vez más campos de trigo. Lo que fue una solución para establecerse más cómodamente se había convertido en una pesada losa que los encerraba en su nueva forma de vivir.
Y nadie se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde porque todo fue muy gradual y lento. Harari lo compara a nuestra sociedad moderna que ha caído en una trampa parecida con los lujos que se tornan necesidades.
"En la actualidad nos ocurre a nosotros. ¿Cuántos jóvenes graduados universitarios han accedido a puestos de trabajo exigentes en empresas potentes, y se han comprometido solemnemente a trabajar duro para ganar dinero que les permita retirarse y dedicarse a sus intereses reales cuando lleguen a los treinta y cinco años? Pero cuando llegan a esa edad, tienen hipotecas elevadas, hijos que van a la escuela, casa en las urbanizaciones, dos coches como mínimo por familia y la sensación de que la vida no vale la pena vivirla sin vino realmente bueno y unas vacaciones caras en el extranjero. ¿Qué se supone que tienen que hacer, volver a excavar raíces? No, redoblan sus esfuerzos y siguen trabajando como esclavos. Una de las pocas leyes rigurosas de la historia es que los lujos tienden a convertirse en necesidades y a generar nuevas obligaciones."
Podríamos decir que el trigo triunfó al lograr expandirse numéricamente por el planeta. Y fue un éxito completo porque lo único que cuenta en una planta es su número, y no su calidad de vida, de la cual el trigo carece. Sin embargo, el ser humano que también logró expandirse, triunfó sacrificando su calidad de vida. Y lo mismo se podría decir de los animales que fueron domesticados. ¿De qué les sirve a las gallinas y vacas ser muy numerosas si viven en jaulas o forzadas a separarse de sus crías con cruentos y dolorosos procedimientos? La esencia de la revolución agrícola es, en palabras del escritor, "la capacidad de mantener más gente viva en peores condiciones".
Este relato de "la trampa del lujo" no niega los beneficios de la revolución agrícola, tan solo los pospone. Los sapiens agrícolas pagaron el pato de ser los primeros en iniciarla y desarrollarla, haciéndose más dependientes y en muchos sentidos más débiles que sus antecesores recolectores-cazadores. Para que las ventajas superasen a los inconvenientes tuvimos que esperar miles de años. Lo que el autor critica es esa visión idealizada de la agricultura como signo de progreso humano, algo que solo se puede afirmar tras miles de años de retroceso que tuvieron que soportar los sapiens agricultores. No es cierto que nos hicimos más inteligentes y por eso pudimos dominar la siembra, no hay ninguna prueba de ello, y sí muchas de lo hábiles que eramos y de los conocimientos que dominábamos como recolectores-cazadores. De ahí la atrevida calificación que hace de la revolución agrícola como "el mayor fraude de la historia".
"Esto resulta difícil de apreciar por parte de las personas que viven en las sociedades prósperas de hoy en día. Debido a que gozamos de abundancia y seguridad, y puesto que nuestra abundancia y seguridad se han construido sobre los cimientos que estableció la revolución agrícola, suponemos que esta fue una mejora maravillosa. Pero es erróneo juzgar miles de años de historia desde la perspectiva actual. Un punto de vista mucho más representativo es el de una niña de tres años de edad que muere de desnutrición en la China del siglo I porque los cultivos de su padre no han prosperado. ¿Acaso diría «Me estoy muriendo de desnutrición, pero dentro de 2.000 años la gente tendrá comida abundante y vivirá en casas con aire acondicionado, de modo que mi sufrimiento es un sacrificio que vale la pena»?
¿Qué es, pues, lo que el trigo ofrecía a los agriculturalistas, incluida esta niña china desnutrida? No ofrecía nada a la gente en tanto que individuos, pero sí confirió algo a Homo sapiens como especie. Cultivar trigo proporcionaba mucha más comida por unidad de territorio, y por ello permitió a Homo sapiens multiplicarse exponencialmente."
Pensándolo bien la agricultura no solo cambió la tierra que pisábamos, sino el espacio que habitábamos, nuestro tiempo y nuestras posesiones. Espacio, tiempo y materia, lo cambió todo. Pasamos a movernos en espacios más reducidos, como nuestros huertos y casas. Nos obligó a planificar la cosecha teniendo en cuenta los ciclos estacionales, y ser muy previsores para acumular provisiones para los años de mala cosecha. Y nos atiborró de un número de objetos muy superior al que pudiera tener una tribu entera de cazadores-recolectores.
También nos obligó a crear ficciones, como ya hemos visto anteriormente. Porque no era suficiente con crear excedente de alimento. Teníamos que ponernos de acuerdo en cómo repartirlo ordenadamente. Y para ello tuvimos que echar a volar nuestra imaginación hasta crear unas normas efectivas, una mitología que nos pusiera a cooperar de manera ordenada y estable. Son esos "órdenes imaginados", esas ficciones y valores si se prefiere, los que incitan a actuar conforme a algo que no existe: los derechos humanos, la ley, el dinero, la empresa, dios... Y para que sea eficaz debe tener dos requisitos: que sean compartidos y duraderos. Hay que mantener la ficción viva en un número suficiente de sujetos y durante bastante tiempo. Si yo dejo de reconocer el valor del dinero no afecta para nada al funcionamiento del mismo, porque la sociedad seguirá usándolo. Pero si eso les pasa a muchos ya tendríamos un problema. Así como si solo durase una generación. La fe en el orden imaginado debe transmitirse de una manera más duradera que la tradición oral. Todo el mundo muere alguna vez, así que hay que dejar bien fijado el criterio para que no se desvirtúe mucho. Para solventar ese problema creamos los números y la escritura.
NO HAY JUSTICIA EN LA HISTORIA
Estos órdenes que imaginamos nos ayudan a planificarnos de manera más efectiva, evitando presentaciones e investigaciones sobre el prójimo. Pero eso no significa que sean necesariamente justos y neutrales. Incluso los que supuestamente se inventaron teniendo en cuenta grandes valores, adolecen de graves desviaciones. La Declaración de Independencia de EEUU que hablaba de la igualdad no incluía a los negros. Para el escritor incluso la libertad se abordaba desde su concepción liberal, lo que se conoce como "libertad negativa" frente al Estado, y no la Libertad con mayúsculas.
Quienes creaban las leyes solían invocar la autoridad divina, porque necesitaban que la jerarquía fuese duradera. El derecho natural es una creación de los hombres, pero está inspirado en un convencimiento de que hay otro orden superior que la sociedad debe encargarse de plasmar en el papel. Las diferencias entre negros y blancos se han defendido con argumentos religiosos, históricos, económicos y de diferente índole. La ciencia, más bien la pseudociencia, también se ha invocado para defender el racismo y la desigualdad.
“Pero es una regla de hierro de la historia que toda jerarquía imaginada niega sus orígenes ficticios y afirma ser natural e inevitable.”
La fuerza de los órdenes imaginados es tan potente que nos lleva a un círculo vicioso muy parecido al descrito anteriormente con la trampa de los lujos. Negros, pobres, castas, esclavos, homosexuales, etc... bajaron un peldaño en la jerarquía social por causas anecdóticas y circunstanciales, no hay ninguna razón biológica ni objetiva que lo justifique. Y cuando desaparece el factor histórico que originó la discriminación, esta persiste porque la inercia de la norma y la costumbre sigue impulsando a la conducta discriminatoria.
La discriminación contra las mujeres merece para el autor un análisis aparte:
"Puesto que el patriarcado es tan universal, [...] Es mucho más probable que, aunque la definición precisa varía de una cultura a la otra, exista alguna razón biológica universal por la que casi todas las culturas valoraban más la masculinidad que la feminidad. No sabemos cuál es la verdadera razón. Existen muchas teorías, pero ninguna de ellas es convincente."
Tras un breve repaso de todas las teorías que se han aportado, Harari las descarta todas. Nótese que el autor no defiende que haya razones biológicas que justifiquen el machismo, sino que debe haber razones biológicas (todavía por descubrir) que expliquen el patriarcado.
Harari se esfuerza en demostrar que ni la fuerza física ni la mayor agresividad de los hombres explican el patriarcado. Precisamente los más débiles suelen ocupar altos cargos, como los viejos sabios, y a los brutos se les reserva un papel de soldado raso. La pregunta es por qué no hay mujeres entre esas élites de hombres más pacíficos y más empáticos que siempre han ostentado el poder.
"¿Cómo llegó a ocurrir que en la única especie cuyo éxito depende sobre todo de la cooperación los individuos que supuestamente son menos cooperativos (los hombres) controlen a los individuos que supuestamente son más cooperativos (las mujeres)? En la actualidad, no tenemos una respuesta satisfactoria."
LA TENDENCIA A LA UNIDAD
Se puede decir que antiguamente los seres humanos vivían de maneras tan diferentes que vivían en mundos separados. La historia nos demuestra que se mueve en un sentido unificador, aunque haya muchos zigzags previos. La escisión del cristianismo y el fin del Imperio mongol son anecdóticos cuando se compara con esa tendencia unificadora. Cuando Irán y EEUU discuten nos parecen culturas irreconciliables, pero tienen mucho más en común que las miles de tribus de Homo sapiens de la Edad de Piedra: ambos parten de la hipótesis de los estados-nación, del capitalismo, del derecho internacional e incluso de la física nuclear.
A veces esas discrepancias se encuentran incluso dentro de una misma cultura. Eso es consustancial a toda cultura humana. Las culturas, como los humanos, son contradictorias. Esa diversidad actúa como motor de la historia. Por ejemplo, la igualdad y la libertad:
"[...] estos valores son contradictorios entre sí. La igualdad solo puede asegurarse si se recortan las libertades de los que son más ricos. Garantizar que todo individuo será libre de hacer lo que le plazca es inevitablemente una estafa a la igualdad. Toda la historia política del mundo desde 1789 puede considerarse como una serie de intentos de reconciliar dicha contradicción."
Y lo mismo podría decirse de la izquierda y la derecha, o la caballería y el cristianismo. Que dentro de una misma cultura haya estas posiciones antitéticas es lo que hace precisamente avanzar a esa cultura. La disonancia cognitiva se considera un fracaso intelectual, pero el autor defiende que sin ella las culturas no se habrían configurado de manera tan dispar. Y es esa disparidad, que actúa como un sistema de pesos y contrapesos, la que permite progresar y evita el estancamiento.
Los órdenes imaginados que abren el camino para que la flecha de la historia avance en su camino unificador son tres: el dinero, los imperios y la religión.
EL DINERO
Cuando los cazadores no tenían dinero intercambiaban bienes y servicios. No necesitaban más porque eran autosuficientes. La revolución agrícola no cambió esas cadenas de favores y obligaciones. A veces recurrían al trueque y con eso les bastaba. Sin embargo, con el auge de las ciudades y el aumento de la población los cálculos de lo que uno debía al otro, o los precios de las mercancías que variaban según el momento o la calidad, se volvieron muy intrincados.
Se hizo necesario llegar a un acuerdo sobre el valor que pudieran tener las cosas, y qué mejor que hacerlo con algo que fuera valorado en sí mismo, como por ejemplo, los granos de cebada. Así lo establecieron los sumerios. El dinero no tienen que ser monedas ni billetes, también pueden ser cigarrillos como a menudo lo ha sido en tiempos de guerra o en las prisiones.
"De hecho, incluso hoy en día las monedas y billetes son una forma rara de dinero. Actualmente, la suma total del dinero en el mundo es de unos 60 billones de dólares, pero la suma total de monedas y billetes no llega a los 6 billones de dólares. Más del 90% de todo el dinero [..] existe solo en los servidores informáticos."
Aunque todos conocemos el lado oscuro del dinero, Harari subraya que su poder unificador es el más potente de todos los órdenes imaginados. Los musulmanes de tiempos pasados adoraban usar monedas acuñadas con la cruz, Jesucristo y la Virgen María. Y al revés, los millareses, eran monedas acuñadas por los conquistadores cristianos en las que se podía leer "No hay otro dios más que Alá".
"Durante miles de años, filósofos, pensadores y profetas han vilipendiado el dinero y lo han calificado como la raíz de todos los males. Sea como fuere, el dinero es asimismo el apogeo de la tolerancia humana. El dinero es más liberal que el lenguaje, las leyes estatales, los códigos culturales, las creencias religiosas y los hábitos sociales. El dinero es el único sistema de confianza creado por los humanos que puede salvar casi cualquier brecha cultural, y que no discrimina sobre la base de la religión, el género, la raza, la edad o la orientación sexual. Gracias al dinero, incluso personas que no se conocen y no confían unas en otras pueden, no obstante, cooperar de manera efectiva."
LOS IMPERIOS
Nos gustan las historias en las que los débiles vecen a los fuertes, en las que los pueblos originales y "auténticos" resisten las presiones de los imperios. Así, por ejemplo, tenemos a Numancia como símbolo de la resistencia ante la apisonadora romana. Pero Harari nos despierta de ese sueño romántico, porque lo cierto que es que la historia no es justa, y lo normal es que los débiles caigan en el camino. Una vez producida la injusticia, la habilidad sería aprender de la misma sin rechazar lo positivo.
La historia de los diferentes imperios nos han dejado páginas manchadas de sangre, Harari no lo niega. Pero una vez conscientes de las injusticias, ¿seríamos capaces de negar las consecuencias positivas de esas conquistas? Decir que toda herencia imperial es negativa es negarnos a nosotros mismos, porque somos mezclas de sucesivos imperios que han sido sustituidos por otros. No existen ya pueblos que se puedan calificar de "auténticos". Todos somos mestizos en ese sentido.
La mayoría de la humanidad ha vivido los últimos 2500 años bajo un imperio u otro, y aunque el éxito del imperio pasara por hacer sucumbir, subsumir y finalmente desaparecer a otros pueblos más pequeños, visto con la perspectiva del tiempo el balance se puede decir que ha sido culturalmente beneficioso para los pueblos más pequeños: filosofía, tecnología, servicios, alimentación y comodidades diversas han sido los frutos de aquellas violaciones.
Vistos con la suficiente perspectiva del tiempo, estos procesos no fueron dirigidos ni nadie previó sus consecuencias. Al igual que la teoría de la evolución, los imperios actuaron según sus propias leyes, pero no tenían la voluntad de cambiar el mundo. Eso no quiere decir, que las élites que los dirigían no tuviesen deseos ni ambiciones. Al igual que un león puede comerse a una gacela, un rey podía matar a un siervo, pero ni el león ni el rey pretendían participar en la linea histórica que va desde el feudalismo hasta el capitalismo moderno.
Aún así, la pregunta es tentadora: ¿fueron bientintencionados? Nos cuenta el autor, que las intenciones de las élites fueron extender una fe, una prosperidad, un sistema económico, una democracia, o una mejora general para los pueblos conquistados. Y además, cree que estamos al borde de un gobierno mundial, solo por la razón de que cada vez compartimos más conceptos como los derechos humanos y el calentamiento global. Al margen de este exceso de ingenuidad y optimismo, cuando miramos retrospectivamente y en una escala temporal de largo alcance, es muy tentador sacar conclusiones apresuradas con respecto a los desagravios del pasado.
"En la actualidad, ¿cuántos indios someterían a votación abandonar la democracia, el inglés, la red de ferrocarriles, el sistema legal, el críquet y el té, sobre la base de que se trata de herencias imperiales? [...] Incluso si decidiéramos repudiar por completo el legado de un imperio brutal con la esperanza de reconstruir y salvaguardar las culturas «auténticas» que lo precedieron, con toda probabilidad lo que defenderíamos no sería otra cosa que la herencia de un imperio más antiguo y no menos brutal. Aquellos que se sienten agraviados por la mutilación de la cultura india por el Raj británico santifican sin darse cuenta las herencias del Imperio mongol y del sultanato conquistador de Delhi."
LA RELIGIÓN
Las primeras religiones eran animistas, se limitaban a creer que las plantas y los animales tenían alguna magia que los hacía merecedores de rituales para garantizar su abundancia. Sus espíritus tenían sus peculiaridades y puntos de vista diferentes, pero eran todos muy locales. Con el politeísmo ampliaron su poder de influencia hasta abarcar mayores superficies, y los dioses pasaron a ser intermediarios con todos los animales, plantas, mares, etc... y por ello se les honraba con sacrificios. En este punto los dioses eran caprichosos y no tenían un compromiso con la humanidad entera, y por eso precisamente, porque podían responder a las peticiones de unos pueblos frente a otros, se les rezaba para obtener su influencia. En ese sentido, el politeísmo fue un factor liberal, que a diferencia del monoteísmo, nunca persiguió a herejes ni envió misiones para evangelizar en nombre de Osiris o Júpiter. La tolerancia humana era una lección fácilmente extraíble de unos dioses que convivían con otros.
Cuando llegó el monoteísmo los dioses se hicieron más ambiciosos y menos tolerantes porque su pretensión universal no dejaba espacio para otras creencias paralelas. Eso no quiere decir que el politeísmo haya estado exento de excesos, pero en comparación con el monoteísmo se queda en un juego de niños. Lo podemos ver si hacemos números entre la persecución de los cristianos por el Imperio romano, y las persecuciones que los cristianos hicieron contra otros cristianos.
"Si sumamos todas las víctimas de todas las persecuciones, resulta que en esos tres siglos los politeístas romanos mataron a no más que unos pocos miles de cristianos. Por el contrario, a lo largo de los siguientes 1.500 años, los cristianos masacraron a millones de correligionarios para defender interpretaciones distintas de la religión del amor y la compasión. [...] disputas teológicas se volvieron tan violentas que, durante los siglos XVI y XVII, los católicos y los protestantes se mataron unos a otros por cientos de miles. [...] En este ataque, la Matanza del Día de San Bartolomé, entre 5.000 y 10.000 protestantes fueron asesinados en menos de veinticuatro horas. [...] Durante esas veinticuatro horas murieron más cristianos a manos de otros cristianos que a manos del Imperio romano politeísta a lo largo de toda su historia."
Harari nos cuenta una verdad a medias. Debería haber usado
números porcentuales en vez de absolutos, porque en los primeros 300 años d.C. la población cristiana era muy escasa comparada con la que había en el siglo XVII. Un millón de víctimas pueden suponer un 0,01% o un 20% según el momento de la historia.
El budismo, a diferencia del cristianismo y del islam, no da demasiada importancia a la existencia de los dioses. Es lo que se llama una religión sin dios, como el jainismo, el taoísmo o el confucianismo. En el caso del budismo, por ejemplo, se basa en la naturaleza deseosa del ser humano, que provoca el sufrimiento, y por eso propugna alejarse de los deseos para evitar las penas. Pero Buda no era un dios, sino un sabio, y para ser budista solo debes seguir sus enseñanzas y, mientras tanto, es indiferente si crees en Alá o en Cristo.
Hasta ahí bien. Pero el autor prefiere denominar a esas religiones sin dios como religiones basadas en una "ley de la naturaleza". Esto le permite retorcer el lenguaje y afirmar que el liberalismo, el comunismo, el capitalismo, el nacionalismo y el nazismo... son religiones. Es cierto que algunas adhesiones a estas ideologías se parecen al fervor de la fe, pero si las denominamos religiones, ¿no existen la ideologías?
El triple salto mortal viene cuando, al amparo de su particular definición de religión define como humanismo incluso al nazismo. Defiende este giro semántico de manera muy creativa y fácil de entender, al fin y al cabo, esa es su principal destreza como se puede comprobar leyendo este best-seller. Pero todo indica que era más un ejercicio de marketing que una verdadera necesidad de decir algo nuevo.
En la práctica, todas estas formas de religión, desde el animismo hasta el budismo, se solaparon unas con otras. Es lo que se conoce como sincretismo. La mezcolanza de mitos y costumbres anteriores facilitó mantener una estructura ritual y unos creyentes sin necesidad de empezar desde cero.
LA TERCERA REVOLUCIÓN: LA CIENCIA
En un nuevo juego de palabras Harari nos dice que la revolución científica no es una revolución del conocimiento, sino de la ignorancia. A diferencia de la religión y otros intentos modernos de estabilizar el orden sociopolítico, la ciencia admite su humildad al confesar que sus verdades no son definitivas. No tenemos ningún compromiso con Einstein; si las observaciones nos llevan a rechazarlo o enmendarlo, lo haremos sin temor a violentar ningún precepto sagrado ni ninguna lealtad debida.
Las matemáticas fueron el elemento que invadió todo el campo científico y lo hizo evolucionar exponencialmente. En particular la estadística que aplicada a los seguros, la sociología, la biología y hasta a la física nuclear ha transformado el mundo hasta hacerlo irreconocible para una persona de 1500.
Este cambio se aceleró cuando se unieron la ciencia y la tecnología. En el pasado los científicos iban por un lado y los inventores por otro. Eran los artesanos los que por casualidad o mediante ensayos nada sistemáticos mejoraban alguna tecnología. Ni siquiera los militares romanos tenían un departamento de investigación y desarrollo. Desde que la medida del éxito científico es la utilidad, la política ha intervenido en la ciencia. Así, los científicos se pueden afanarse en buscar su ideal de progreso, que según las prioridades y valores imperantes puede ser desde una bomba atómica a erradicar el hambre.
Antes de la revolución científica, el ideal de progreso residía en el pasado, una Edad de Oro pretérita. Los sucesivos descubrimientos anunciaban que había un sólido edificio por construir todavía. El hambre, por ejemplo, antes considerado como un mal irremediable, pasó a verse como algo controlable con criterios técnicos y económicos. Actualmente, según el autor, "en la mayoría de los países nadie se muere de hambre".
Incluso la muerte parece tener sus días contados. En un arrebato de optimismo, o de ciencia-ficción, Harari se sube al carro del que tiran algunos divulgadores científicos cuando pronostican que la medicina nos hará infinitamente saludables; amortales es la palabra elegida, por diferenciarla de inmortal, porque siempre podremos morir de un accidente.
Pero, independientemente de la voluntad del científico y sus sueños de grandeza, hay un limitante que le pone los pies en el suelo: el dinero. O dicho de otra forma, la financiación de sus proyectos.
"Durante los últimos 500 años, la ciencia moderna ha logrado maravillas gracias en gran parte a la buena disposición de gobiernos, empresas, fundaciones y donantes privados que han donado miles de millones de dólares a la investigación científica. Estos miles de millones han hecho mucho más para explorar el universo, cartografiar el planeta y catalogar el reino animal que lo que hicieron Galileo Galilei, Cristóbal Colón y Charles Darwin. Si estos genios no hubieran nacido, sus intuiciones probablemente se les habrían ocurrido a otros. Pero si no se dispusiera de la financiación adecuada, no habría excelencia intelectual que la hubiera compensado."RELACIONES ENTRE CIENCIA E IMPERIO
Tomando como ejemplo las expediciones del capitán Cook, Harari nos adentra en una cronología fascinante que empieza por la curiosidad de saber la distancia de la Tierra al Sol, y termina cuestionando cuánto interés militar había en dicha expedición. La fusión de la ciencia con el imperio era absoluta, para bien y para mal. Los hallazgos de estos viajes trajeron consigo la colonización de Australia y Nueva Zelanda, pero también acabaron con sus culturas nativas y sus habitantes (a veces, como en el caso de los tasmanos, incluso llegando al exterminio absoluto).
Fue la cultura europea la que se impuso en el resto del mundo. ¿Cómo fue esto posible si tan solo era "un enano económico" en comparación con Asia? Está claro que la tecnología del capitán Cook era muy superior a la de los nativos australianos, pero por aquello entonces los chinos y los otomanos también tenían esa tecnología. ¿Qué fue entonces lo que propició que Asia, que suponía el 80% de la economía mundial en 1775, fuera adelantada en 1950 por Europa, que junto con EEUU, superaba más de la mitad de la producción global?
Fueron esos órdenes imaginados, esos valores, mitos y estructuras socio-políticas que no podían copiarse tan fácilmente como un invento cualquiera, los que marcaron la diferencia con Asia, reacia tanto a la ciencia como al capitalismo. No nos olvidamos de las evidentes deudas que tenemos con la Grecia clásica, China, India y el islam. En todas las culturas ha habido grandes pensadores. Pero de 1500 a 1950 la aportación europea, desde la física newtoniana a la biología darwiniana, no se puede comparar con la de los otros imperios.
Esto no significa que los europeos sean biológicamente diferentes, ni que la situación no pueda cambiar. La explicación reside en que la mentalidad de conquista que dominaba a los europeos era la avidez de conocimiento, la asunción de que vivían en un mar de ignorancia y fuera de su mundo había mucha información que estaba esperando a ser descubierta. La motivación del resto de imperios se ralentizada por la certeza de vivir, intelectualmente hablando, en un mundo autosuficiente con todo lo importante ya descubierto y acotado. Como mucho se dedicaban a colonizar a sus vecinos por meras razones materiales y de poder.
"Los árabes, para citar un ejemplo, no conquistaron Egipto, Iberia o la India con el fin de descubrir algo que no conocían. Los romanos, mongoles y aztecas conquistaron vorazmente nuevas tierras en busca de poder y riquezas, no de saber. [...] A lo largo de la historia la mayoría de las sociedades humanas estaban tan inmersas en los conflictos locales y pendencias con sus vecinos que nunca consideraron explotar y conquistar tierras lejanas. [...] Lo raro es que los europeos de los albores de la edad moderna sucumbieran a una fiebre que los impulsó a navegar hasta tierras distantes y desconocidas [...] Cuando los musulmanes conquistaron la India, no llevaron consigo arqueólogos [...] antropólogos [...] geólogos [...] zoólogos. En cambio, cuando los ingleses conquistaron la India, sí lo hicieron."
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El mapa de Salviati dibujaba la costa americana, invitando a descubrir el resto. |
El autor es consciente de que no existe la motivación científica 100% pura, y que detrás de estas curiosidades también existían intereses comerciales de los que los imperios sacaron buen provecho a costa de los pueblos conquistados. Los imperios, al igual que las personas, son capaces de lo bueno y lo malo.
"Los imperios europeos hicieron tantas cosas diferentes a una escala tan grande, que se pueden encontrar muchísimos ejemplos que respalden lo que se quiera decir sobre ellos. ¿Queremos decir que estos imperios eran monstruosidades malignas que extendieron la muerte, la opresión y la injusticia alrededor del mundo? Fácilmente podríamos llenar una enciclopedia con sus crímenes. ¿Queremos argumentar que en realidad mejoraron las condiciones de sus súbditos con nuevos medicamentos, mejores condiciones económicas y mayor seguridad? Se podría llenar otra enciclopedia con sus logros."
EL CAPITALISMO: PARTE DE LA SOLUCIÓN Y PARTE DEL PROBLEMA
La influencia de los imperios fue necesaria, pero no suficiente. Hubo otros factores decisivos, como el capitalismo. El gran invento fueron los grandes créditos que permitieron la fe en que el pastel de la producción mundial siempre crecería. El poder de los bancos creció, y la gente se atrevía a aventurarse a una empresa de riesgo porque el banco le prestaba lo que necesitaba, y el banco por su parte tenía confianza en que se le devolvería el dinero más los intereses. Para que el credo capitalista se cumpliese era necesario reinvertir las ganancias en mejorar el negocio y contratar más personal. De esa manera la codicia pasaba a ser el motor del mundo, redundando finalmente en beneficio de todos según la famosa metáfora de Adam Smith sobre el carnicero y el panadero.
El crecimiento se convirtió en dogma, un fin en sí mismo. Para los creyentes en esta ficción el libre mercado nos haría avanzar indefectiblemente. Los menos afortunados eran como la gacela que es comida por el león, o como la niña china de los agricultores que hemos visto antes: víctimas necesarias para un bien mayor. Según esta nueva lógica, la solución a nuestros problemas nos la darían los ricos porque al hacerse ricos todos saldríamos beneficiados. No había que hacer mucho más que permitir que los ricos se hicieran más ricos todavía. Y, por supuesto, no era el momento de cuestionar esto si te había tocado un buen trozo del pastel. Las empresas y entidades jurídicas se volvieron tan poderosas que gestionaban o poseían colonias, como Indonesia o la India, mucho antes de que fueran nacionalizadas. El "Estado Libre del Congo" también fue gobernado por una empresa belga. Finalmente el libre comercio fue adoptado no solo por los comerciantes capitalistas, sino por los gobiernos de sus países que terminaron sosteniendo a sus empresas al "mandato del gran dinero."
"Las compañías por acciones ya no necesitaban establecer y gobernar colonias privadas: ahora sus gestores y sus grandes accionistas tiraban de los hilos del poder en Londres, Amsterdam y París, y podían contar con que el Estado velara por sus intereses. Tal como se mofaban Marx y otros críticos sociales, los gobiernos occidentales se estaban convirtiendo en un sindicato capitalista."
Dejar absoluta libertad al mercado nos trajo, por ejemplo, el tráfico de esclavos del Atlántico, algo prácticamente desconocido en la Europa medieval, pero que germinó por culpa de la sacrosanta ley de la oferta y la demanda, más que por culpa de ideólogos racistas. El lado oscuro del capitalismo nos ha dejado varios millones de trabajadores condenados "a una vida de pobreza abyecta" ante nuestra indiferencia. La respuesta de los defensores del capitalismo es que la alternativa comunista no ha sido mejor, y que para encontrar el paraíso de Adam Smith tendremos que esperar un tiempo.
¿Cuánto tiempo? Para algunos toda la vida. Otros piensan que ese momento no llegará nunca porque los recursos son limitados, y sabiendo que hemos pasado de 700 millones de habitantes en 1700, a 7000 millones en la actualidad, ese paraíso no llegará nunca. Pero el autor no cree que sea un problema de escasez, porque siempre descubrimos nuevas energías y materias primas, o convertimos un tipo de energía en otra.
"Todas las actividades e industrias humanas juntas consumen alrededor de 500 exajulios anuales, que equivalen a la cantidad de energía que la Tierra recibe del Sol en solo 90 minutos."
El peligro no es la finitud de los recursos, que nuestra inventiva se encarga de multiplicar, sino que las ruedas de la industria nos "pueden conducir fácilmente a la catástrofe." La persecución del beneficio nos puede hacer caer en un disciplinado consumismo, en el que vendedores y compradores se especializan cada uno en su parte del engranaje de manera tan compulsiva que los productores terminan sobreproduciendo y los compradores terminan sobrecomprando. De esta guisa, todo puede peligrar. Todos podemos peligrar. Los animales también, que pasan a ser tratados como objetos y mercancías, cuando la ciencia sabe que son seres con necesidades emocionales. El autor se apunta a lo que empieza a verse como una demanda ética entre los filósofos y humanistas contemporáneos: la preocupación por el maltrato animal. Peter Singer lo venía diciendo desde décadas, y ahora Harari usa comparaciones similares a las de Singer:
"De la misma manera que el comercio de esclavos en el Atlántico no fue el resultado del odio hacia los africanos, tampoco la moderna industria animal está motivada por la animosidad. De nuevo, es impulsada por la indiferencia."
La revolución industrial cambió muchas cosas. Por ejemplo, la medición del tiempo. Antes no era necesario medir el tiempo con exactitud. A nadie le importaba si quiera la hora que era. Bastaba con saber cuando salía el sol y llegaba el invierno para poder controlar adecuadamente la siembra y la recolecta. Con la revolución industrial se hizo necesario controlar el tiempo de trabajo, porque si un trabajador se retrasaba hacía retrarse también a su compañero, y así también a toda la fabrica,
También cambió el papel de la familia. Antes era el sostén sociológico y si alguien caía enfermo, la familia estaba ahí. Eramos tan pocos que una economía de favores era suficiente para que, o bien dentro de una familia, o bien dentro de una comunidad local, todos cuidásemos de todos. Con el aumento de la población delegamos funciones en el estado mediante el pago de tributos, los cuales han ido asumiendo competencias sanitarias, policiales, seguros de desempleo, etc. Las estrictas normas familiares, sujetas a veces a costumbres y jerarquías obsoletas, pasaron a flexibilizarse en manos de los mercados que trataban a todos los miembros de la familia por igual. Era la liberación del individuo en la que cada cual podía elegir su nueva familia, ya fuera un club de fans de una cantante pop o un equipo de futbol, cualquier cosa podía unirnos si usabamos el pegamento del consumismo.
Un mundo cambiante a una velocidad que nunca habíamos visto antes. Muchas veces para bien, como se puede ver en la reducción de la violencia y las guerras internacionales. Es verdad que antes también hubo periodos de paz, pero eran cortos y no demasiado reales: "Porque la paz real no es la simple ausencia de guerra. La paz real es la improbabilidad de guerra."
De acuerdo con el análisis de Harari las guerras se han hecho improductivas. Las invasiones y los saqueos de materias primas todavía existen, pero en mucha menor medida. Ahora el capital es de naturaleza humana (personas formadas principalmente) y es más difícil de exportar. Las guerras por el petróleo de Irak son una excepción. Pero si somos algo críticos con su planteamiento nos daremos cuenta de que esto es bastante discutible. Porque las guerras no solo se hacen para robar materia prima, también por odios irreconciliables, o para asentar una posición geoestratégica. Y el hecho de que no existan guerras no significa que no exista una forma de pillaje comercial, abusando de posiciones de poder: la diferencia entre el derramamiento de sangre por petróleo y la contratación de empresas occidentales para obtener coltán en el tercer mundo... ¿es una diferencia de medios o de resultado? Muchos, como el autor, dicen que los imperios han dejado de actuar violentamente y que se han retirado de sus colonias pacíficamente. Incluso Gandhi, nos cuenta Harari, lo tuvo más fácil gracias a la flexibilidad del imperio británico. Otros critican que los imperios y el mercado simplemente han encontrado otra forma de seguir haciendo de las suyas adaptándose a los nuevos tiempos.
"Así pues, ¿la era moderna es una época de matanzas insensatas, de guerra y opresión, tal como atestiguan las trincheras de la Primera Guerra Mundial, la nube del hongo nuclear sobre Hiroshima y los sangrientos delirios de Hitler y Stalin? ¿O acaso es una era de paz, ejemplificada por las trincheras que nunca se cavaron en Sudamérica, las nubes en forma de hongo que nunca se cernieron sobre Moscú y Nueva York, y la faz serena de Mahatma Gandhi y Martin Luther King?
La respuesta depende del momento. Da que pensar darse cuenta de lo a menudo que nuestra concepción del pasado queda distorsionada por los acontecimientos de los últimos años. Si este capítulo se hubiera escrito en 1945 o 1962, probablemente habría sido mucho más sombrío. Puesto que se ha escrito en 2013, hace una aproximación relativamente animada a la historia moderna.
Para contentar a la vez a optimistas y pesimistas, podemos concluir diciendo que nos hallamos en el umbral tanto del cielo como del infierno, moviéndonos nerviosamente entre el portal de uno y la antesala del otro. La historia todavía no ha decidido dónde terminaremos, y una serie de coincidencias todavía nos pueden enviar en cualquiera de las dos direcciones."
SOBRE LA FELICIDAD Y EL FUTURO DE LA HUMANIDAD
El libro termina con dos capítulos que son inusuales en un libro de historia. El primero se pregunta si las mejoras que hemos logrado proporcionan o restan felicidad. Para ello profundiza en cómo medimos la felicidad; con factores sociales, éticos, espirituales, económicos, sanitarios, familiares, psicológicos y genéticos. Todos ellos fascinantes, y ponderados con tan brillante ecuanimidad, que el lector por un momento puede creer que por arte de magia se encuentra leyendo otro libro todavía más interesante.
El otro capítulo aborda cuestiones sobre el futuro de la especie que parecen ciencia-ficción. Las mejoras de la tecnología aplicada a la medicina nos aproxima un futuro donde algunos de nosotros podemos terminar siendo mitad humanos mitad robots. Se avecina un mundo de cíborgs con inimaginables implicaciones éticas y morales que hacen palidecer al doctor Frankestein. Por primera vez se oyen noticias de científicos que se atreven a hablar de la inmortalidad en cierto plazo de tiempo... demasiado fantasioso y prematuro como para lanzar las campanas al vuelo. Pero, ¿acaso no era una fantasía en la antigüedad poder abrir a una persona y cambiarle el corazón por el de otra persona, y hacerlo de manera indolora? Nos hemos convertido en auténticos dueños de nuestro destino. No solamente podemos cambiar las condiciones de nuestro futuro, sino que podemos seleccionar definitivamente cómo será la especie que nos sustituya. Nunca antes en la historia el Homo sapiens había llegado a tanto. Como mucho habíamos logrado domeñar la naturaleza y escapar de la selección natural creando nuestras propias selecciones artificiales. Pero hay una diferencia sustancial entre domesticar a un lobo para que sea un perro, a ser capaces de crear personas más inteligentes, más fuertes y más longevas. Hasta ahora, esas diferencias eran en su mayoría arbitrarias y la biología nos enseñaba que no justificaban la desigualdad. En un futuro cercano eso puede cambiar, o quizás el proceso haya empezado ya.
"Nuestro mundo moderno reciente se enorgullece de reconocer, por primera vez en la historia, la igualdad básica de todos los humanos, pero puede estar a punto de crear la más desigual de todas las sociedades. A lo largo de la historia, las clases superiores siempre afirmaron ser más inteligentes, más fuertes y generalmente mejores que las clases inferiores. Por lo general, se equivocaban. Un niño nacido en el seno de una familia de campesinos pobres tenía las mismas probabilidades de ser tan inteligente como el príncipe heredero. Con la ayuda de las nuevas capacidades médicas, las pretensiones de las clases superiores podrán pronto convertirse en una realidad objetiva."
Algunos ensayos están escritos con una elegancia de conjunto. Resumirlos implica privar al lector del placer gradual de sentir como el autor nos mastica la madeja, hasta convertirla en algo entretenido y sencillo. Al igual que en una buena novela, no tiene mucho sentido engullir el resultado final sin más. Si a eso añadimos que el campo favorito del autor es la macrohistoria, la conclusión es que la reseña de un libro así esta irremediablemente cercenada. Pero el lector que se atreva con estas 500 entretenidas páginas encontrará que lo difícil no es resumirlo, lo verdaderamente difícil es dejar de leerlo en toda su extensión.
LO MEJOR: El ingenio para reunir todas las ficciones que dan cuerpo a su relato. Un relato que podría ser tedioso, se convierte en toda una aventura fascinante por los rincones del saber y retando a concepciones bien asentadas de la historia. Su confesada inclinación hacia la filosofía puede no ser bien recibida por sus colegas historiadores, pero para el aficionado a la filosofía es un aliciente para una fría narración de sucesos históricos. Incluso sus aportaciones más personales, como el budismo y el animalismo, tienen un encaje lógico en su forma de entender la historia.
LO PEOR: Poca cosa. Algunos momentos de complacencia con la historia del progreso recuerdan a los momentos más acríticos de Steven Pinker y Matt Ridley en cuestiones políticas, pero el autor los corrije notablemente con grandes dosis de escepticismo. Tampoco fue muy acertado ordenar a la editorial que el traductor buscara ejemplos locales (Andalucía, Madrid, Cataluña, madre soltera española...), porque produce extrañeza en una obra tan internacional. Y deja en apuros a un traductor injustamente acusado de sectario. Puesto a buscar ejemplos próximos, y siendo israelí, se echa en falta alguna mención al caso de Palestina que no encaja muy bien en su esquema sobre las guerras.
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