viernes, 31 de agosto de 2012

PEOR QUE LA GUERRA. Genocidio, Eliminacionismo y la Continua Agresión contra la Humanidad (2009) de Daniel J. Goldhagen

¿Puede haber algo peor que la guerra? Daniel Jonah Goldhagen parece demostrar que sí: el genocidio (y sus otras variantes) de unos dirigentes contra su propio pueblo ha causado más víctimas que la guerra. Pero no se trata de hacer una mera estadística de víctimas, sino de estudiar y comprender de manera científica estos fenómenos de asesinatos en masas, de tal manera que sea posible diagnosticar un genocidio antes de que se produzca, y por supuesto, castigar los que quedan impunes. Estos fenómenos no son actos de lunáticos que se escapan a la razón y al análisis comparativo, ni son inevitables ni vienen determinados por fuerzas naturales como la guerra o la pobreza, ni nada por el estilo.

Meterse en la mente de los carniceros más feroces de nuestra era, en la perversa moral que el populacho desarrolla para cometer sus sanguinarias matanzas, es un esfuerzo que puede parecer macabro, pero que resulta necesario para comprender el fenómeno de la manera más científica posible. No vale hablar simple y ramplonamente de la obediencia ciega, del placer de matar, de la seducción por el poder o del carácter hipnotizador de los líderes carismáticos que nos podrían lavar el cerebro a cualquiera. Es necesario analizar la época y las creencias, las motivaciones de los asesinos, y dejar fuera la excusas y las explicaciones que no consiguen explicar la saña que se ha empleado contra algunas víctimas (pero no contra otras).



En youtube se puede ver el documental homónimo, basado en su libro, en el que Goldhagen hace de presentador, guionista y co-productor (activad subtítulos en español y se obtendrá una versión algo mediocre, aunque suficiente para seguir el hilo del documental).


La primera vez que leí a este autor me quedé impresionado por su capacidad analítica; se trataba de su mega-obra "Los Verdugos Voluntarios de Hitler"  (en adelante, VVH) que supuso una convulsión en los estudios del Holocausto. Tradicionalmente los académicos se habían centrado en las víctimas y en la responsabilidad de Hitler y sus colaboradores, cuyas carismáticas personalidades y aparatos de poder doblegaron la voluntad y la conciencia del grueso de la población. Goldhagen desmontaba estas "explicaciones convencionales" a través del estudio de los verdugos corrientes (no los de las altas esferas): sus mentes y su contexto social y político. Los verdugos corrientes tenían capacidad para disentir y decir "no", y la triste realidad es que muchos dijeron "sí" con particular entusiasmo. Existen registros históricos suficientes para saber que los alemanes corrientes (no nazificados) actuaron voluntariamente, en su mayoría con entusiasmo, y apoyaron a sus políticos cuando se masacraron a millones de judíos. No existía esa presión, ni ese lavado de cerebro que tanto se ha dicho, ni esa crisis económica, ni esa banalidad del mal, ni esa mentalidad cuadrada de funcionarios obedientes... hasta el punto de que dejaran de ser conscientes y responsables por lo que estaban haciendo. Goldhagen les devolvió a los verdugos su naturaleza humana y moral, y los alejó de la naturaleza robótica y amoral que los estudios venían suponiendo sin mayores investigaciones. El factor clave era el antisemitismo que "mamaron" antes de que llegara Hitler, y que Hitler tan solo manipuló hasta sus últimas consecuencias con el beneplácito de la población. Ese "antisemitismo eliminador", esa cultura perversa de ver a tu vecino como un diablo o un infrahumano fue lo que causó (aunque no de manera monocasual), en última instancia, el Holocausto judío. "Los Verdugos Voluntarios de Hitler" fue un antes y un después en la historiografía del exterminio nazi que todavía hoy sigue discutiéndose a nivel académico (aunque el autor presume en su página web de que el New York Times se ha hecho eco de opiniones que afirman que su tesis es la que, después de 15 años de la publicación de los VVH, se ha impuesto sobre la del resto de investigadores). Pero también supuso una catarsis en la población alemana ya que trascendió las fronteras de la erudición e ingresó en tertulias televisivas y conferencias por todo el país que dividieron a generaciones de alemanes (se puede consultar el completísimo artículo de Gonzalo Capellán de Miguel para hacerse una idea del revuelo mediático que supuso el libro).

"Peor que la Guerra" es una secuela de VVH, y está en coherencia con las tesis de su primer libro.

CAPÍTULO 1 

ELIMINACIONISMO, NO GENOCIDIO.


El libro empieza con una atrevida aclaración que gustaría a todo aquel crítico con los excesos de la política exterior estadounidense, aunque como veremos al final, termina con una lamentable e ingenua proposición para dejar a EEUU (y otros) como policía del mundo.

Las bombas atómicas que se tiraron en Japón durante la II Guerra Mundial, fueron asesinato de masas, y el Presidente Truman fue un asesino de masas. Esto, al igual que otros muchos asesinatos de masas en sus respectivos países, no se estudia en los libros de texto. Existe una incapacidad para deslindar los hechos de otros factores, y eso hace difícil el diagnóstico de qué es un asesinato de masas y cómo se debe luchar contra él. Pero los hechos no dejan lugar a dudas, y nadie reconoce esto oficialmente en EEUU, por DOS RAZONES:
1.- Porque nadie reconoce fácilmente sus propios crímenes, ni EEUU ni ningún otro país. "La mayoría de los pueblos tienen imágenes embellecidas de sí mismos que ocultan las imperfecciones". Esto es algo que Chomsky viene repitiendo toda su vida y que le ha granjeado una injustificada fama de amigo de los enemigos de EEUU.
2.- Porque temen mezclar a Truman con otros asesinos de masas de abyecta moral, lo que Hitchens llamaría "equivalencia moral" (y con la que polemizó con Chomsky en sus últimas discusiones). Sobre esta segunda razón merece la pena leer unos párrafos literales:
"Mucha gente, sobre todo los estadounidenses, siente que no está bien, y que resulta ofensivo, dar el mismo trato a Truman que a Hitler, a Josif Stalin, a Mao Zedong y a Pol Pot. ¿Por qué? Estos cuatro últimos asesinos fueron monstruos en toda regla. Eliminaron a millones de personas porque consideraban basura humana a determinadas personas, u obstáculos para su poder o para sus metas milenaristas o imperiales. Truman, sin embargo, no fue un monstruo de ese tipo. Mientras que los asesinatos en masa de esos monstruos eran una expresión orgánica de sus inveteradas ideas racistas o ideológicas y de sus aspiraciones políticas, el asesinato de masas de Truman fue accidental, debido a una confluencia de circunstancias que él mismo habría preferido que nunca se hubiera producido. Mientras que aquellos monstruos planearon, e incluso anhelaron, matar a millones, y crearon instituciones explícitamente para esos cometidos, Truman se habría alegrado de que la historia hubiera tomado otro rumbo. Mientras que cada uno de aquellos monstruos mataba como parte integrante de su utilización del poder, lo hizo durante la mayor parte del tiempo que estuvo en el poder y habría seguido haciéndolo si hubiera seguido en el poder, Truman mató en un escenario muy específico, en el contexto de una guerra brutal y extremadamente destructiva que Japón desencadenó contra Estados Unidos, empezando con un ataque por sorpresa en Pearl Harbor contra la flota estadounidense del Pacífico. Tras destruir gran parte de Hiroshima y Nagasaki, Truman se detuvo. Cuando uno mira a cada uno de los otros cuatro no es difícil concluir que, si el término es aplicable a los seres humanos, cada uno de ellos era un monstruo. Cuando uno mira a Truman ve a un hombre, por lo demás convencional, que cometió actos monstruosos.

Y sin embargo, ninguna de esas distinciones se ciñe a la definición de asesinato en masa. Ninguna sugiere que la naturaleza de los actos de Truman y de los de los otros cuatro sea diferente. Cada distinción, más bien, se refiere o bien a las diferencias de los motivos por los que actuaron los cuatro monstruos y Truman, o bien a cómo deberíamos evaluar moralmente a los cuatro y a Truman. Ninguna consigue que el asesinato deliberado de los niños japoneses de Hiroshima y Nagasaki por parte de Truman sea un acto menos homicida de masas que el asesinato deliberado de niños judíos, ucranianos, chinos o camboyanos por Hitler, por Stalin, por Mao o por Pol Pot.

Es probable que esta incapacidad de distinguir entre definir un acto, explicarlo y juzgarlo moralmente lleve a muchos a resistirse a poner a Truman en el banquillo junto a los mayores monstruos de nuestra época. No obstante, parece claro que Truman debería haber comparecido ante un tribunal para responder de sus actos. Puede debatirse cuál habría sido el juicio y la sentencia —comparados con los de los otros cuatro— de tal tribunal. Truman no fue ni un Hitler, ni un Stalin, ni un Mao ni un Pol Pot. En ese sentido, las valoraciones intuitivas de la gente son acertadas. Pero eso no debería impedirnos considerar sus actos como lo que son.

La dificultad de mantener la distinción entre las tres tareas (la definición, la explicación y la evaluación moral) hace más confusas las consideraciones sobre el asesinato de masas. La pasión por atribuir la censura, la culpa o la responsabilidad moral resta importancia a los otros dos cometidos, normalmente más sosegados. Ocurre constantemente en las discusiones sobre el Holocausto, el nombre dado a la aniquilación de los judíos europeos por los alemanes. Si no debe juzgarse del mismo modo a Truman que a Hitler, entonces sus actos, como reza la cadena de pensamiento defectuosa y retrógrada, no podrían ser iguales. De modo similar, si sus actos no pueden explicarse de la misma forma, entonces no pueden ser de la misma naturaleza. Hitler asesinaba a los judíos porque era presa de una ideología, de una fantasía, que sostenía que los judíos eran la fuente de los males de este mundo. Truman, que no obedecía a ninguna fantasía de ese tipo, aniquiló a los japoneses de Hiroshima y Nagasaki por otras razones, aunque no del todo claras: puede que fuera su convicción de que era una forma justa de acelerar el final de la guerra (aunque, como Truman sabía, la matanza no era necesaria para acabar la guerra de inmediato), o puede que fuera para demostrar el poderío estadounidense a los soviéticos ante la emergente confrontación de la guerra fría. Pero estas distintas explicaciones no implican que una matanza sea un asesinato de masas y la otra no.

De hecho, podemos calificar la aniquilación de la población de Hiroshima y Nagasaki por parte de Truman de asesinato de masas, y a la persona de asesino de masas, poniendo a Truman y sus actos en la misma categoría genérica que Hitler y el Holocausto, que Stalin y el gulag, que Pol Pot, que Mao, que Saddam Hussein, que Slobodan Milosevic y sus víctimas, sin dar la misma explicación para los actos de Truman que para los de los demás, y sin juzgar que moralmente sean equivalentes."

De la misma manera que la ciencia jurídico-penal primero estudia asépticamente el hecho delictivo para solo después aventurarse a hablar de responsabilidad y castigo, el estudio del genocidio (y más extensamente como veremos, del eliminacionismo) debe clarificar los que es una acción eliminacionista, y en su caso, un asesinato masivo. Debemos delimitar lo que estamos estudiando, el hecho y lo que lo produce, el contexto, la época,  la cultura y todo lo que lo rodea. La tarea de la responsabilidad, la culpa, la reparación y el castigo vienen después de estudiar el hecho en cuestión (aunque Goldhagen los haya tratado en un libro anterior "La Iglesia Católica y el Holocausto. Una deuda pendiente").

Goldhagen es muy persuasivo, pero me rechina que diga que Truman fue un asesino de masas que cometió actos monstruosos, pero que no pueda ser calificado como un monstruo al igual que otros de la época. Y sin embargo su justificación me convence. Pero el que no sea un monstruo no impide a Goldhagen mostrar sus perversas motivaciones: "ceguera moral", "falsa información", "corazones endurecidos tras la guerra"...

"La gente, sobre todo los estadounidenses, ha ofrecido muchas justificaciones y excusas para el asesinato masivo de Truman. Que era necesario para acabar la guerra. Que era necesario para salvar decenas de miles, e incluso cientos de miles, de vidas estadounidenses. Pero como a la sazón Truman sabía, y como le dijeron sus consejeros, incluidos sus asesores militares, antes del bombardeo de Hiroshima, ninguna de esas justificaciones era cierta. Dwight Eisenhower, por entonces comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, y que pronto se convertiría en presidente de Estados Unidos, lo explicaba así: «Durante su exposición de los hechos relevantes [sobre los planes para emplear la bomba atómica], tuve conciencia de un sentimiento de depresión, de forma que le manifesté [al ministro de la Guerra, Henry Stimson] mis graves recelos, en primer lugar sobre la base de mi convicción de que Japón ya había sido derrotado, y de que lanzar la bomba era completamente innecesario, y en segundo lugar porque yo pensaba que nuestro país debía evitar conmocionar a la opinión mundial con el empleo de una bomba cuya utilización ya no era, a mi juicio, necesaria como medida para salvar vidas estadounidenses. Yo estaba convencido de que Japón estaba, en aquel mismo momento, buscando alguna forma de rendirse “salvando la cara” en la medida de lo posible»."
EXPLICACIONES CONVENCIONALES Y VARIACIONES EN LAS RESPUESTAS.

¿Somos todos proclives al genocidio? ¿Si se nos da la oportunidad lo haríamos como si tuviéramos un animal freudiano contenido por normas civilizadoras? ¿Somos débiles y acríticos ante las ordenes de nuestros superiores? ¿Imitaríamos a los demás si fueran salvajes asesinos? Todo esto son preguntas ya contestadas en "Los Verdugos Voluntarios de Hitler", y aquí Goldhagen vuelve a destrozar todas esas macro-justificaciones que pretenden explicarlo todo, pero que no explican nada. Ni la sociedad industrializada al servicio de la muerte, ni la burocracia alemana, ni la presión de los demás, ni el temor al castigo, ni la banalidad del mal pueden explicar la violencia gratuita y la exterminación de unas víctimas frente a otras. Ni siquiera quienes esgrimen estas explicaciones convencionales se toman la molestia de ponerlas a prueba y comprobar la robustez de su coherencia interna, ni las plantean en términos científicos, simplemente las sueltan y calan en la gente. Pero no resisten las pruebas a las que Goldhagen las somete, más detalladamente, en el capítulo 5.

Para Goldhagen todos estos intentos (falsos intentos, porque parece pensar que en la mayoría de las ocasiones son excusas para no encarar el problema) se sintetizan en explicaciones de fuerzas externas (que anulan el libre albedrío) e impulsos internos (todo el mundo mataría o torturaría llegada la ocasión). Goldhagen acepta que haya agentes externos e internos que puedan influir en la decisión de matar, pero nunca son explicaciones monocasuales porque no pueden explicar el comportamiento de TODAS las personas. Esa debería ser la pista que debemos seguir para comprender el fenómeno: ¿Por qué unos sí y otros no?

"La auténtica tarea no es postular que todas las personas tienen la capacidad genérica de matar, y que por tanto matarían a cualquiera en cualquier momento, ni suponer, aún más obstinadamente, que debido a circunstancias externas o a impulsos internos quienes han matado lo han hecho de forma automática, y a continuación declarar cerrada la investigación. La auténtica tarea es adoptar un punto de vista más polifacético y realista de la humanidad, y explicar la variación en las respuestas de las personas a la fuerzas exteriores a ellas y a sus fuerzas interiores (cualesquiera que sean)  para comprender como asimilan las personas dichas influencias cuando se movilizan para actuar. ¿Por qué algunas personas matan (aunque no sea a quien sea) y otras personas que se encuentran en la misma situación no lo hacen? ¿Por qué algunas personas torturan y otras, en una situación similar, no lo hacen? En una escala más amplia, ¿por qué algunos grupos de personas perpetran asesinatos en masas, incluyendo matanzas de niños, y otros grupos que se hallan en unas circunstancias muy parecidas, pongamos de privación o de guerra, no lo hacen?
Para responder a ésta y a las muchas otras preguntas sobre el asesinato de masas, tenemos que partir de numerosas verdades fundamentales sobre los seres humanos: la gente toma decisiones sobre cómo actuar, aunque no elige los contextos en los que toma esas decisiones. La gente toma esas decisiones de acuerdo con su forma de entender el mundo social y con sus puntos de vista sobre lo que es correcto e incorrecto, sobre el bien y el mal, y sobre su propia idea de cómo debe modelarse y gobernarse el mundo, aunque los distintos contextos hacen que algunas opciones sean más o menos plausibles, o más fáciles o más difíciles de elegir. Y, en última instancia, las personas son las autoras de sus propios actos porque los humanos son fundamentalmente seres con una dimensión moral (lo que no significa que avalemos sus ideas morales), y lo son porque la condición humana es agente, es decir, que se caracteriza por la capacidad y por la carga de ser capaz de elegir decir «sí», lo que también implica la capacidad de decir «no»."

EL PRINCIPAL DEFECTO DE GOLDHAGEN: INCOHERENCIA ENTRE CULTURA Y RESPONSABILIDAD INDIVIDUAL

Pero a continuación pasa a evaluar de manera algo paradójica la importancia de la cultura a la hora de tomar una decisión moral, y aunque lo hace con bastante lógica, parece fortalecer las tesis que tanto critica: los contextos pueden influir enormemente a la hora de implicarse en un asesinato. Por ejemplo, la sociedad europea medieval nos hubiese hecho ser cristianos con bastante probabilidad y nos hubiese hecho reaccionar incluso violentamente contra los herejes, los judíos o los musulmanes. Pocos se habrían salvado de esas filias y esas fobias. Similarmente, un blanco en el sur racista de EEUU antes de la guerra civil tendría mucha más probabilidad de creer que los negros son inferiores y de reaccionar violentamente contra ellos. Los contextos importan, y es necesario estudiar las ideas que germinan en ellos.

Estos dos enfoques me resultan algo antitéticos. Si la cultura en la que vivían inmersos los alemanes de la primera mitad del s.XX les hacía odiar a los judíos hasta el punto de desear su muerte, o al menos, permanecer pasivos mientras otros los mataban... ¿dónde queda la capacidad de decir libremente "sí" o "no"? No es la primera vez que me percato de esta grave incoherencia interna en las tesis centrales de los libros de Goldhagen. En los VVH, el "antisemitismo eliminador" impregna tanto el pensamiento de la sociedad alemana que uno se pregunta si era posible mantener una moral que se sustrayera de la fuerza gravitatoria de ese antisemitismo. En otras palabras, ¿en qué medida se puede decir que eran verdugos "voluntarios" si su voluntad estaba emponzoñada por esa cultura antisemita?

Ruth Bettina Birn escribió, junto a mi admirado Norman Finkelstein, un libro titulado "A Nation on Trial" (algo así como "una nación en el banquillo"... no está editado en español) en el que criticaba duramente el trabajo que Goldhagen hizo en los VVH. En su contestación a Birn, Goldhagen aclara que en ningún momento trata a los alemanes como un todo, sino como seres humanos individuales capaces de tomar decisiones morales individuales:
 "Reconocer que los perpetradores eran gente que tomaban decisiones sobre cómo actuar basadas en sus visiones del mundo, tal y como yo hago, es reconocer la quintaesencia de su humanidad. [...] Los perpetradores alemanes se mofaban, degradaban, brutalizaban, torturaban y asesinaban a sus víctimas judías por convicción, porque ellos, al igual que los perpetradores de otros genocidios, también estaban animados por sus odios y creían que sus acciones eran correctas y estaban justificadas."
Y en el último capítulo del libro que nos ocupa, escribe:
"Los prejuicios y odios de los perpetradores o de los potenciales perpetradores, ratificados y legitimados por los líderes políticos de su país, son a veces tan absorbentes que los perpetradores aceptan de todo corazón la sensatez y la necesidad de asesinar o eliminar a los enemigos designados como objetivo."
La conclusión que se derivaría de estas palabras es que no hay malas personas, tan solo malas ideologías o culturas que hacen que la gente elija como correcto algo que en realidad no lo es. Pero esa no es la conclusión que alcanza el autor del libro. Yo no estoy capacitado para poner un punto y final a la clásica dicotomía entre si el ser humano nace malo o se hace malo en la sociedad, entre el determinismo y el libre albedrío, entre la cultura y la genética. Muchos han estudiado la raíz del mal, y ha habido muchas escuelas enfrentadas a lo largo de la historia, la sociología y la psicología social. Pero el discurso de Goldhagen se sitúa algunas veces en los dos extremos opuestos, y eso no puede ser.

No he sido el único en darme cuenta de esta falta de coherencia interna. Dominik LaCapra en el prefacio de "Los alemanes, el holocausto y la culpa colectiva", libro de varios autores que coordinó Federico Finchelstein y que solo está publicado en Argentina, decía:

"En resumen, los alemanes tenían ganas de hacer a los judíos lo que les hicieron debido a que su cultura los había hecho casi hitlerescos en su antisemitismo, pero sin embargo tenían una completa responsabilidad por lo que habían hecho debido a que habían querido hacerlo -sin estar forzados a ello- (Cualquier tensión entre un aparente determinismo cultural y una adscripción moralística de completa responsabilidad no es tratada en el relato de Goldhagen)"
En el mismo sentido, Jochen Köhler escribió en su artículo titulado "¿Alemanes corrientes?":
"Si apenas se puede exigir al individuo que infrinja la norma del «antisemitismo eliminatorio», ¿cómo va a hacérsele responsable de sus acciones? El único y exclusivo responsable sería la cultura, el colectivo íntegro. Sin embargo, Goldhagen rechaza expresamente la «culpa colectiva»."

EL ELIMINACIONISMO, SU MOTIVACIÓN PRIMORDIAL Y EL ESTADO MODERNO TRANSFORMADOR

Según el autor, el genocidio no es sino una pieza de una figura más general y prolongada en el tiempo: el eliminacionismo. Antes de llegar a un genocidio se pasa por fases de rumores, creencias, ideologías, conversaciones, deseos que todavía no son posibles... todo ello va allanando el camino para cuando por fin se comienza a anular a los grupos o pueblos, y se puede eliminar de 5 FORMAS DIFERENTES:

1. La transformación: eliminar la identidad cultural del grupo, haciendo que se asimilen a los colonizadores, prohibiendo ritos religiosos o idiomas autóctonos.
2. La represión: por medio de la violencia, la esclavitud, la segregación etc..., se intenta que el grupo temido no pueda infligir más daños (reales o imaginarios).
3. La expulsión: las clásicas deportaciones de españoles con musulmanes, estadounidenses con indios, soviéticos con tártaros, judíos desde toda la antigüedad y también en la moderna Europa (como novedad en el discurso de Goldhagen, se reconoce que Israel también expulsó a los palestinos en 1948; es la única vez que Goldhagen hará alusión al trato que Israel está dispensando a los palestinos desde la II Guerra Mundial).
4. La prevención de la reproducción: impidiendo que el proceso biológico de reproducción se pueda completar. Es la menos usada y comprende tanto la esterilización como la violación que hace que las mujeres queden mancilladas y segregadas por su propio grupo, cuando no embarazadas del enemigo.
5. El exterminio: esta es la "solución final", lo que conocemos como genocidio y que tantas veces se ha puesto en práctica, aunque no se pueda conocer ni el número de víctimas ni si realmente ocurrieron. Se refiere a la Antigua Grecia, Troya, la Biblia, las Cruzadas, Gengis Khan etc... Una variante que incluye posteriormente sería la hambruna.

"El acto nuclear" importante y definitorio es el deseo de eliminar a un grupo o a un pueblo, esa es la "categoría omnicomprensiva" a la que llega el autor. Es una categoría "casi necesaria", aunque no suficiente.  No todo deseo eliminador ni toda creencia o ideología eliminacionista termina materializando sus sueños de exterminación. Para entender por qué unos sí y otros no, hay que mirar a la política y al estado.

El estado moderno tiene un poder transformador mucho mayor que los estados medievales. Su poder para recaudar, para comunicar, para movilizar a todo tipo de personas, y no solo a los militares, ha crecido a una velocidad pasmosa. La capacidad de hacer realidad sus sueños, empleando toda la ingeniería civil y militar, lo convierten en el contexto adecuado para realizar los sueños de eliminación. Ahora un número enormemente mayor de personas está más enterada y más involucrada en la política de lo que estaba en el pasado. Las democracias incorporan a esas personas y asimilan esos deseos. Pero las tiranías se ven en la necesidad de censurar a esa masa con deseos propios que puede convertirse en un peligro para el poder, y por eso aprovechan las capacidades transformadoras del estado moderno para censurar y matar si es necesario. A menudo el proyecto transformador que ha "impulsado" a los perpetradores en su tarea ha sido un proyecto político de construcción nacional. Los perpetradores aprenden los unos de los otros, pero la disidencia también, y por todo ello las soluciones finales son más tentadoras y más probables que antes. Sea como fuere, las nuevas capacidades transformadoras han permitido que se pueda pensar seriamente en proyectos eliminacionistas:

"En ninguna época anterior los líderes políticos han soñado con librarse de cientos de miles, de millones o decenas de millones de personas, cosa que han hecho de forma rutinaria los líderes políticos de nuestro tiempo -y no solo Hitler, Stalin y Mao-, ya sea matándolas o por otro medio eliminacionista. Tienen la capacidad: de forma que sueñan. Después planean. Y luego actúan. Dado que tienen sueños eliminacionistas, sus capacidades de transformación  se han vuelto peligrosas en un grado mucho mayor de lo que el mundo había conocido anteriormente."
 PROBLEMAS CON LAS DEFINICIONES

A menudo el problema al tratar con las actitudes de la comunidad internacional en relación al genocidio se debe al encorsetamiento de las definiciones tradicionalmente aceptadas. ¿Debe ser un genocidio total? Según esta hipótesis solo el Holocausto lo habría sido. ¿Solo cuentas los asesinatos en masa, o se deberían incluir también otras formas de eliminacionismo propuestas por el autor? Sobre la naturaleza de las víctimas, ¿deben ser todas de una etnia concreta, o pueden ser también pertenecientes a un grupo político? la convención de la ONU sobre el genocidio no admite grupos políticos ni de clase económica, con lo que los comunistas indonesios de 1965 y los kulaks (campesinos acomodados) de la URSS quedaron desprotegidos. Y ¿hay un número límite que haga que un asesinato colectivo se convierta en genocidio?

El problema es que las definiciones eliminan formas no letales de eliminación, pero que apuntan en la misma dirección que el genocidio clásico, y además cuando sucede alguna masacre masiva se considera demasiado reducida o parcial, y no se estudia en el contexto de un plan eliminacionista más omnicomprensivo.

Con respecto al número, tradicionalmente se ha aceptado que tienen que darse cientos de miles o millones de víctimas. Pero deberíamos incluir casos numéricamente menores que no sean estricta y razonablemente consecuencia de la guerra, el caos o la anarquía. "El asesinato masivo puede definirse como el asesinato de más de algunos cientos de personas, pongamos más de mil." En mi opinión esta definición podría dejar fuera a pueblos, tribus o grupos de menos de 1000 personas.

Conceptualmente siempre se ha dicho que "la intención" de exterminar debe ser un elemento definitorio. Desde su enfoque más amplío, que parte de un concepto más genérico como el eliminacionismo, Goldhagen entiende que eso es una tautología. A efectos de definición, la intención no importa, solo los resultados de muertes masivas.

"Una premisa básica de las ciencias sociales es que un factor que pueda explicar resultados -en este caso los asesinatos o la eliminación de masas- no debería emplearse para definir el fenómenos a estudiar. Ello excluye del análisis todos los casos que no se ajustan a la noción preconcebida de aquello que da lugar a los resultados, y por lo tanto es sinónimo de falsas conclusiones. También resulta equivocado, porque prejuzga ese factor como crítico incluso antes del inicio del análisis, haciendo que los resultados sean tautológicos. Esto no significa que la intención sea irrelevante, ni que no vaya a analizarla. Los líderes políticos y de otra índole a menudo manifiestan  su intención, y en la medida que podamos identificar la intención resulta crucial analizarla y comprenderla. Pero eso significa que la intención no debería ser un criterio para determinar qué casos se ajustan a la definición de genocidio o qué casos de muertes o eliminaciones masivas deberían incluirse en la investigación. [...] Dado que la definición del ámbito de un estudio no puede incluir el factor que supuestamente lo explica, el ámbito debe definirse exclusivamente a través de los resultados."

Para mí no es tanto una tautología, como una ampliación del concepto. Si queremos analizar el fenómeno de los asesinatos de masas, y vemos que en algunas casos tuvieron la consecuencia de intentar exterminar a todo un pueblo, no podemos incluir esa circunstancia en la definición del fenómeno que deseamos explicar porque entonces estaremos excluyendo otros casos diferentes que sin tener en común "la intención" produce los mismos o parecidos resultados de muertes masivas, y que por tanto deben ser considerados asesinatos de masas.

El capítulo concluye advirtiendo de la necesidad de ir más allá de estudiar las semejanzas entre los genocidios que han sucedido en la historia. Hasta ahora no se ha hecho mucho más, pero es necesario estudiar las diferencias, sus causas y todas las fases (no solo el comienzo) en las que se desarrollan. En Suráfrica se daban las condiciones para un genocidio que finalmente no sucedió, ¿por qué en unos países sí y en otros no?

CAPÍTULO 2.

PEOR QUE LA GUERRA: NUESTRA ERA DE SUFRIMIENTO


Antes, los genocidios los cometían los imperios (Europa básicamente). Esclavizaban y brutalizaban a los pueblos indígenas que eran tratados de peor manera que sus enemigos europeos. La colonización para asegurarse las tierras de otros pueblos, practicada por belgas, británicos, franceses, españoles, portugueses, estadounidenses y todo ese macro-comercio de esclavismo transatlántico, es cosa del pasado. Ahora la mayoría de asesinatos de masas se cometen dentro de un país, tanto perpetradores como víctimas son compatriotas y vecinos.

El genocidio armenio, que no es el primero del s.XX como se suele aducir, (fueron los hereros a manos de los alemanes) fue un frío y calculado proyecto político de unos gobernantes turkos que veían en los armenios un peligro secesionista y lograron quitarse en medio a casi completamente a los dos millones de armenios que vivían en Turquía.

Más avanzado el siglo XX se han ido produciendo grandes genocidios que aunque cada uno con sus diferentes peculiaridades, todos tenían algunas pautas comunes, como el número de víctimas, los sistemas de campos como instituciones básicas de su política genocida y su visión transformadora. Adolf Hitler en Europa (20 millones y sus campos de concentración), Kim Il Sung y su hijo Kim Jong Il en Corea del Norte (4 millones y sus kwanliso), Pol Pot en Camboya (1,7 millones, más del 20% del país, y sus cooperativas), Josif Stalin en la URSS (8 millones y sus gulags) y Mao Zedong en China y en el Tíbet (50 millones y su laogai). Todos ellos tenían visiones políticas que les exigían una transformación radical que incluía la eliminación de los obstáculos (reales o imaginarios) para llegar a un mundo nuevo que justificaba todos sus crímenes.

La URSS fue genocida desde sus comienzos. Desde 1917 hasta la muerte de Stalin en 1953 fue una época en la que se mataba a todo lo que oliese a disidente, o se le enviaba al gulag donde se encarcelaron a más de 28 millones de personas y donde la tasa de mortalidad era "sostenida". La hambruna de Ucrania de 1933, sobre la que el autor no se muestra tajante en torno a su premeditación, incrementó la cuenta de los gulags en unos 5 millones de víctimas. Y durante la II Guerra Mundial las deportaciones de chechenos, tartaros, karachai y alemanes del Volga, se incrementaron. Todo ello, junto con otros genocidios que tuvieron lugar en la II Guerra Mundial, como el de los alemanes, o el de los japoneses en China o Corea, o el de los croatas contra los serbios, o incluso el de los EEUU en Hiroshima y Nagasaki, todo eso supone un "máximo de aniquilación masiva, de un ámbito geográfico  y de una variedad  jamás igualados en cualquier otra época."

Pero aunque en la guerra suceda esto, raramente es la causa de todo ello. Generalmente los odios eliminacionistas son anteriores a los conflictos bélicos. Y la guerra se usa como excusa para hacer lo que antes hubiese sido un escándalo impracticable.

"Sea cual sea el mecanismo por el que la guerra en si supuestamente da lugar a la aniquilación masiva de civiles -tanto si es simplemente por el hecho  de estar en guerra, por una amenaza real de ser objeto de aniquilación, por la angustia de una derrota o por la euforia de la victoria-, cualquiera de dichos mecanismos es insuficiente para explicar los hechos básicos de un asesinato de masas.
Si la guerra creara de alguna forma la mentalidad que caracteriza a los asesinatos en masa, éstos serían aún más corrientes. Todas la guerras, o por lo menos la mayoría, producirían una campaña aniquilacionista paralela a la campaña militar. [...] y no hay pruebas de que los combatientes siquiera contemplaran la posibilidad de campañas aniquilacionistas. Si, por el contrario, se supone que el sufrimiento da lugar al deseo de aniquilar la fuente del dolor, los alemanes por dos veces, al final de ambas guerras mundiales, y los japoneses tras la II Guerra Mundial, habrían sido exterminados por sus conquistadores. En su inmensa mayoría, los perpetradores de los asesinatos masivos no han sido pueblos derrotados que han sufrido enormemente durante la guerra.
Los que han masacrado  a grandes poblaciones civiles bajo la cobertura de la guerra han sido habitualmente los agresores militares, que por añadidura o bien han exterminado a pueblos distintos de los pueblos contra los que combatían, o bien iniciaron sus asesinatos en masa antes de sufrir importantes derrotas militares. Es el caso de la aniquilación  de los armenios por los turcos durante la I Guerra Mundial; el caso de los alemanes y los japoneses durante la II Guerra Mundial; y de muchos otros como los paquistaníes en Bangladesh en 1971, cuando asesinaron a entre uno y tres millones de personas; o como los indonesios contra el indefenso Timor Oriental, ofensiva que comenzó con la invasión imperialista por los indonesios, sin provocación previa, en 1975, y se prolongó a lo largo de su mortífera ocupación que duró hasta 1999, y que, en resumidas cuentas, tal vez masacró a 200.000 personas."
TIPOS DE AGRESIONES

A diferencia de los proyectos visionarios y transformadores que empujaban a algunos políticos a eliminar a grupos concretos de personas, otros regímenes como las dictaduras derechistas en Latinoamérica durante los 60, 70 y 80 cometieron los mayores asesinatos masivos de ámbito nacional. La intención pragmática de estos últimos era simplemente quitarse de en medio todo lo que pudiera suponer un reto al poder que no querían perder. Así fue también el caso de Siria cuando se aplastó una rebelión de la Sociedad de Hermanos Musulmanes, y junto a ellos toda una ciudad con 20 o 40 mil muertos. El objetivo de este tipo de acción no es cambiar el mundo, sino mandar un mensaje de terror que prevenga de otro intento de usurpar el poder. Son matanzas utilitaristas, no son un fin en sí mismas.

Pero hay más asesinatos masivos en las últimas décadas, cada uno con su historia que Goldhagen analiza sucintamente para contextualizar y que yo tan solo menciono: Ruanda, Corea del Norte, Sudán y Kosobo.

NÚMERO DE VÍCTIMAS Y DISTRIBUCIÓN GEOGRÁFICA

Aunque declara su humildad en sus pretensiones y establece sus propias cautelas a la hora de dar número de víctimas, Goldhagen expone el ámbito geográfico de las agresiones eliminacionistas analizando comparativamente unos genocidios con otros y tratando de abarcar todos los aspectos que se puedan combinar para ofrecer un diagrama de lo que son los números del horror.

No ha habido momento en el s. XX en el que estemos libres de asesinatos masivos. Se calcula que las víctimas son unos 83 millones, o 127 si incluimos las hambrunas intencionadas. Otros estiman 175 millones o más. Esto supone que el 2% de los muertos de nuestra época lo han sido a manos de asesinos de masas, y eso equivale a más de la población de cualquier país de la actualidad (menos siete).

Europa es la que ha tenido más víctimas, en buena parte gracias al nazismo y al comunismo. Tras la derrota alemana, pueblos como los rusos, ucranianos, polacos húngaros y checos tomaron represalias contra la población de "etnia alemana" (curiosa expresión que repite varias veces a lo largo del libro) expulsando a 10 millones y matando a decenas de miles. Los Balcanes ha sido una zona local de ebullición genocida y Turquía masacró desde antes de la I Guerra Mundial no solo a armenios, también a aldeanos griegos. En total estaríamos hablando de decenas de millones de víctimas.

África, aunque con menos víctimas, tiene el mayor número de agresiones eliminacionistas "individuales". Los colonizadores europeos (alemanes, belgas, franceses, italianos, británicos y portugueses) cometieron asesinatos en masa y enemistaron a  pueblos vecinos como en el caso de los hutus y los tutsis.

El mundo musulmán, que abarca partes de Asia y África, también ha sido objeto de matanzas masivas. Desde la Francia que masacraba a Argelia para mantener su último bastión imperialista, hasta la después independizada Argelia contra los colaboracionistas franceses. El Irak de Saddam Hussein a unos 300.000 kurdos y a unos 60.000 chiíes. Siria, Sudán (Darfur)...

"Asia ha sufrido el mayor número de descomunales asesinatos en masa": además de las víctimas de los japoneses (en China, Birmania, Timor Oriental, Corea, Manchuria, Filipinas etc...), de los comunistas chinos (entre 50 y 70 millones) y de los jemeres rojos en Camboya, puede que hayan muerto 200.000 o 300.000 personas a manos de los comunistas vietnamitas (esto incluye a las víctimas francesas, cuando luchaban contra la ocupación francesa). Otros escenarios asiáticos son las matanzas de los comunistas norcoreanos y las de los indonesios mata-comunistas (medio millón) y timorenses (200.000), pero también las de las fuerzas multinacionales y colonizadoras, como a los EEUU a principios de siglo en China durante la revuelta de los bóxers, a los franceses en Indochina y a los holandeses en la Indias Orientales y Occidentales.

En el último capítulo podemos encontrar una comparación entre los muertos en guerras y los muertos en prácticas eliminacionistas.
"Durante la I Guerra Mundial, la relación entre los muertos y heridos militares y civiles en guerra fue de diez víctimas militares por cada víctima civil. Incluso en la II Guerra Mundial, que llegó a ser infame por la matanza de civiles a manos de los alemanes, la relación fue de uno a uno. Desde 1945, en más de doscientas guerras civiles -la mayoría de las guerras se han producido dentro de los países- la relación entre víctimas civiles y militares casi se ha invertido. La cifra de muertos y heridos civiles supera a la de los militares a razón de más de nueve a uno. La relación de la guerra con las políticas homicidas [...] no es que el asesinato de masas sea el subproducto de la guerra. Las campañas homicidas y eliminacionistas de masas contra grupos de civiles o contra pueblos designados como objetivo han sido cada vez más la razón, y el objetivo, de las guerras, más aún de lo que la guerra lo era ya de por sí."

PERFIL DE LOS AGRESORES Y DE LAS VÍCTIMAS
"Los perpetradores de las matanzas y eliminaciones de masas proceden de todas las regiones de los espectros económico y político: los nazis, los regímenes de derechas convencionales, los países democráticos, los comunistas, los nacionalistas y los regímenes que no están animados por una ideología en particular. No obstante, durante el siglo pasado los regímenes comunistas, encabezados e inspirados por la Unión Soviética y China, han matado a más gente que cualquier otro tipo de régimen. Las democracias han sido, con mucho, el tipo de régimen menos homicida (aunque como países colonizadores -momento en que las democracias se transforman en tiranías- han matado a mansalva), si se mide por el número de asesinatos  en masa y por la cifra de víctimas. [...] los asesinatos en masa han sido principalmente de ámbito nacional. Los perpetradores  en su abrumadora mayoría han asesinado a sus conciudadanos.
[...] Según la cifra más baja, los asesinos de masas han matado al doble de personas que los 61 millones /42 millones de militares, 19 millones de civiles) que murieron en las guerras. Según la cifra más alta, los asesinos de masas han matado casi al triple de dicha cantidad. Por cualquier método de contabilidad razonable, los asesinatos y las eliminaciones de masas han sido más mortíferos que la guerra. Y sin embargo, la guerra es considerada, de forma automática y errónea, como el mayor problema de violencia en todo el mundo, y constituye el foco indiscutible  de las instituciones internacionales de seguridad y de la atención mundial."

Las víctimas también tienen un perfil heterogéneo compuesto por todo tipo imaginable de características de grupo: desde el color de la piel (blancos, negros...) hasta la adscripción política (comunistas, anticomunistas...), desde cualidades genéticas (autismo) hasta el propio sexo, etc... Los indígenas han sido especialmente eliminados en nuestro siglo, hecho a menudo olvidado.

Los alemanes tocaron todos los palos, y de todas las maneras imaginables, y en ese sentido fue un genocidio singular.

HOLOCAUSTO: EXPLICACIÓN Y SINGULARIDAD

Mucho se ha escrito y debatido sobre la unicidad del Holocausto en el mundo académico. ¿Fue algo tan único en la historia que se debe diferenciar de todos los genocidios previos o posteriores? ¿Se pueden hacer comparaciones para comprender el Holocausto así como otros genocidios o debemos abstenernos de ello para no ofender a los que ostentan todo tipo de records de ignominia? Algunos como Finkelstein, advierten que los que defienden la singularidad del Holocausto tan solo persiguen inducir que el sufrimiento de los judíos fue mayor que cualquier otro, y que por haber sufrido más tienen más derecho que los demás, esto es, que Israel tiene más derecho que Palestina. Así, salvar al holocausto de cualquier comparación es garantizar una excusa permanente a Israel. Pero más allá del temor político de Finkelstein, las posiciones en torno al debate de la singularidad del Holocausto son más auténticas que una simple (aunque seguramente probable) manipulación política. Goldhagen no entra a resumir las posiciones, pero se puede leer el interesante artículo de Gavriel Rosenfeld (solo en inglés) para profundizar en el candente debate que tuvo lugar en los años 90. En español se puede leer otro artículo de Bauer que analiza la polémica de manera más sosegada y conecta con un sentido más práctico a la hora de aproximarse a los genocidios de nuestra época.

¿Cómo es posible que un país tan civilizado y culto, líder y moderno en su tiempo, ejecutara el holocausto judío? ¿Qué pasó para que los alemanes que se comportaran como bárbaros sin moral? Estas preguntas se han formulado sin cesar desde que terminó la II Guerra Mundial, y se han respondido con respuestas ahistóricas y con mitos y falsedades propagadas por académicos y público en general. Las causas, o más bien, las consideradas "explicaciones convencionales", son analizadas más adelante. Aquí Goldhagen tan solo critica tres de estos MITOS, a saber:

1. Cualquier persona es un asesino en masa en potencia, no hay nada especialmente extraño en ello, solo tienen que darnos la oportunidad y el animal asesino que llevamos dentro saldrá a la superficie.
2. Había otros antisemitas como los alemanes. El antisemitismo alemán no era especialmente diferente de la actitud hacia los judíos de otros pueblos de la época.
3. La tecnología (las cámaras de gas, los trenes, la burocracia, etc...) hizo posible el Holocausto.

Plantear algo tan complejo de una manera tan abstracta, sencilla, casi mágica y sobretodo cercana, puede fascinar al público porque nos presenta a todos como muy próximos a una morbosa transformación en monstruos. Es atrevido y sensacionalista, pero está muy distante de los hechos. Los alemanes no mataron simplemente porque la modernidad y la tecnología lo sirvieran en bandeja de plata. Es cierto que fue el primer genocidio donde la modernidad y la tecnología jugaron un papel importante (toda una industria planificada al efecto), pero los soviéticos y los líderes bolcheviques estaban más cultivados y eran más modernos que los líderes nazis:

"¿«Fascinan» menos a la gente porque no crearon plantas de gaseado (aunque su forma de matar, organizativa y logísticamente era igual de moderna tecnológicamente)? Puede ser. Pero lo que resulta mucho más importante es que la gente en Occidente atribuía los actos de los soviéticos a creencias malignas -el credo del comunismo- que hacía a los actores y a su civilización distintos de nosotros y de nuestra civilización."

Si las ideologías sirven para explicar los otros genocidios, en principio, también podrían servir para explicar el Holocausto. Si el comunismo puede explicar el genocidio perpetrado de los soviéticos, el antisemitismo también puede explicar el Holocausto.

Goldhagen rechaza mitos y explicaciones generales como que la de que "el hombre es un lobo para el hombre" o la que el antisemitismo era igual en todos los países. Recordemos que fue este autor el que insistió hasta la saciedad en un tipo de "antisemitismo eliminacionista" que solo se dio en Alemania, hasta el punto de que los "hombres corrientes" de Browning pasaban a ser "alemanes corrientes" de Goldhagen (debido a la ubicuidad del antisemitismo alemán que hizo que casi toda la población secundara o tolerase el Holocausto). Algunos le criticaron que no hiciese un estudio comparado del antisemitismo europeo, algo que él creía innecesario pues su obra se centraba en Alemania. En el prefacio de la edición alemana explica el por qué: como el fenómeno del antisemitismo por sí mismo no produce un genocidio, sino que necesita de una política eliminacionista estatal, al faltar alguno de los dos factores en los demás países (la política eliminacionista solo se dio en Alemania), no se dan las circunstancias para poder compararse con otro fenómenos similar.

La tecnología de la industria de la muerte que implementó el III Reich ha sido sobrevalorada, precisamente por esa fascinación que genera, pero no era en absoluto necesaria. Según el autor si no hubiesen existido las cámaras de gas, el Holocausto se podría haber producido igualmente con medios más convencionales, medios que de hecho se usaron contra una gran cantidad de judíos. Las cámaras de gas se crearon para aliviar la carga psicológica de la visión de tanta sangre. En el capítulo IV escribe que fue un "raro espíritu inventivo" y su imaginería de que estaban desinfectando Europa de judíos lo que les llevó a las cámaras de gas, pero no su eficacia como se suele creer. La mayoría de sus víctimas no fueron gaseadas y las que fueron gaseadas en Auschwitz las podían haber dejado morir de hambre perfectamente. Mientras gaseaban a sus víctimas, los alemanes siguieron gaseando judíos por decenas de miles: en el plazo de dos o tres días asesinaron a 23.600 en Kamenets-Podolski, 19.000 en Minsk, 21.000 en Rovno, 25.000 junto a Riga y 33.000 en Babi Yar. "Esas tasas de exterminio superaban con mucho las que jamás llegaron a alcanzar las fábricas de muerte que empleaban cámaras de gas."

En cualquier caso lo que explica la singularidad del holocausto, no es la modernidad ni la tecnología (porque según el autor era algo sustituible), sino la variedad de formas, lugares, fases y víctimas que se conjugaron en ese fenómeno. Aunque los alemanes no fueron los que más mataron si fueron los que mataron a una variedad mayor de víctimas y mataron a más gente en promedio anual que todos los regímenes homicidas de masas. Mataron fuera y dentro de su país, como colonizadores y como misioneros apocalípticos, mataban como fin y como medio para aterrorizar. Mataban a sus víctimas de manera aséptica con una industria creada al efecto y también lo hacían cara a cara de la manera más cruel, a veces con fría planificación y otras con calurosa improvisación, etc...


CAPÍTULO 3

¿POR QUÉ EMPIEZAN?


La gente no comprende cómo puede alguien querer matar masivamente. Y como no lo comprenden construyen "explicaciones que niegan que existan tales deseos". Buscan otros motivos como el capitalismo, la globalización, las dictaduras o las burocracias, o conflictos étnicos o de naturaleza humana.

A menudo se presenta la construcción nacional como una de las causas pero el autor no está de acuerdo, y para rebatirlo analiza la historia de la construcción nacional de EEUU. Ese proceso generó tres tipos de disidentes: los tories que se oponían desde el principio al autogobierno de la colonia británica, los sureños que provocaron una guerra civil en donde murieron más estadounidenses que en ninguna guerra, y los indios nativos que fueron los únicos a los que se masacró y segregó (también lo harían con los negros, pero esos eran esclavos, no suponían una amenaza en aquellos tiempos). Tanto a los tories como los sureños se les dio un trato más digno, y aunque se arrasaron amplias zonas del sur durante la guerra, no se intentó eliminar a ningún grupo sureño ni torie. Al contrario, a los tories se les dio la opción de jurar lealtad y reincorporarse a la sociedad, y a los sureños se les permitió retomar el control de sus ciudades y establecer un apartheid que duró más de un siglo.

Resulta algo contradictorio que en el capítulo 1, cuando analizaba el poder transformador del estado moderno, decía que la construcción nacional "impulsaba", "animaba", "iba de la mano" de las campañas eliminacionistas, y sin embargo ahora niega que sea la causa principal. Me pregunto si no existe una contradicción entre "impulsar" y "animar" y no ser la causa principal.

 Existen TRES PERSPECTIVAS generales que tratan de dar respuesta a la pregunta que encabeza el capítulo:

1. El estado. Hay quien defiende que los estados débiles se sienten fácilmente amenazados y reaccionan violentamente contra quienes perciben como sus enemigos o causas de su inestabilidad. Paradójicamente hay otros que defienden justo lo contrario, que el exceso de poder de un estado que lo controla todo no tienen ningún tipo de límites ni sociedad que se oponga a sus excesos. El problema de este enfoque es que, aún cuando sea cierto que el estado es "el principal impulsor de la aniquilación de masas", esto no es suficiente para explicar por qué se matan a unos grupos y a otros no, por qué matan a unos y eliminan a otros de otra manera. ¿Por qué Alemania mataba a enfermos mentales y a los gitanos y la URSS no? En definitiva no consiguen explicar los móviles, que existen al margen del estado.
2. Los prejuicios sociológicos o étnicos. Algunas sociedades ya han elegido a sus chivos expiatorios debido a odios ancestrales, o a conflictos étnicos, religiosos o lingüísticos, o simplemente por que generan visiones rivales basadas en los recursos naturales como en el caso de las colonias. Esta perspectiva adolece de las mismas carencias que la anterior; no logran explicar por qué algunos prejuicios étnicos o sociológicos dan lugar a masacres y otros no. Algunos grupos de víctimas no son el objeto del conflicto, y sin embargo son asesinados masivamente.
3. La psicología del individuo. Ya comentada anteriormente, consiste en la presunción de que llevamos un asesino dentro que está deseoso de salir en cuanto las inhibiciones institucionales y morales cesen en algún momento. Esta perspectiva nos trata a todos los humanos como si fuéramos idénticos, igualmente reactivos a los estímulos externos. No hace gala de ninguna psicología, y al igual que las otras dos, no explica por qué a veces se produce un asesinato de masas y otras no, ni por qué se elige a unos grupos y a otros no.

El autor reniega de estos enfoques porque, o bien pecan por exceso (implican un determinismo que hacen del genocidio algo inevitable) o bien por defecto (no aclara los aspectos específicos del inicio de las masacres), y además privilegian su propio escenario y dan por probados las hipótesis en las que se basan.

Todos estos factores pueden ayudar y aumentar la probabilidad de un desenlace eliminacionista, pero ninguno de ellos por separado o en combinación determinan una masacre. Lejos de la monocausalidad que se le achacaba en VVH, Goldhagen aquí deja todavía más claro que "hay muchos factores que intervienen en un asesinato masivo, de modo que los acontecimientos y factores que requieren una explicación son complejos. [...] Explicar un fenómeno tan complejo con pocos datos hace que resulte tentador simplificar y centrarse en sólo un nivel de análisis." La nueva perspectiva que propone el autor  (la misma que ya propuso en los VVH) es que aunque sean muchos los factores que coadyuvan al eliminacionismo, en lo que se refiere a la fase de la toma de decisión, la decisión de iniciar la matanza, se toma libremente y conforme a una voluntad de matar de unos pocos líderes políticos. A ese respecto, la explicación es autosuficiente y no depende de otros factores.

Goldhagen nos enseña como antes de iniciar un programa eliminacionista ha habido reuniones, debates y órdenes que lo han iniciado. Son los líderes políticos, que si hubiesen actuado o decidido en sentido contrario (y lo podían hacer), los que inician el proceso que los demás ejecutan. Tanto en el caso de Turquía con los armenios que se decidió en marzo de 1915, como en el caso de los jemeres rojos cuando Nuon Chea y más tímidamente Pol Pot ordenaban dar muerte a los monjes en mayo de 1975, y como también en el caso de Hitler con su famosa solución final en 1941, la decisión de matar no era inevitable; si desde el poder se hubiese tomado otra decisión, "ese" genocidio no habría tenido lugar.

Muchas guerras y conflictos no han producido agresiones eliminacionistas porque solo en algunas circunstancias han existido líderes políticos con la decisión de eliminar. El caso paradigmático de Suráfrica echa por tierra todas las explicaciones estructurales y deterministas que olvidan ese factor crucial, la voluntad de matar de un líder político. En Suráfrica se daban todos los factores ideales para que hubiese habido un enorme genocidio: conflictos raciales, de poder, económicos y culturales, además de una violencia prolongada y una gran opresión racista. Pero ni el estado segregacionista blanco inició un genocidio contra los negros, ni los negros, una vez alcanzaron el poder, tomaron tampoco dicha decisión contra los blancos. ¿Por qué? Porque no existió una cúpula de poder, o una sola persona como a menudo sucede, que tuviese los prejuicios eliminacionistas necesarios para soñar, idear, planear, organizar, ordenar y ejecutar las masacres. La planificación a menudo requiere de años (no son explosiones de violencia incontenibles ni respuestas a provocaciones de las víctimas) y de colaboración de subordinados que también comparten los prejuicios. A estos subordinados a veces se les da más o menos libertad sobre cómo llevar a cabo la orden, pero siempre son los líderes los instigadores.

CAPÍTULO 4

CÓMO SE IMPLEMENTAN


La correspondencia de guerra de Martin Mundschütz nos revela como un nazi convencido, pero asqueado de tanta sangre y tanta violencia, solicitaba a sus jefes que lo retirasen de tan insoportable tarea. Estos lo hicieron y Mundschütz solicitó ingresar en las SS asumiendo otros deberes más acordes con su sensibilidad, con su "humanidad". Ejemplos como este los repetía Goldhagen machaconamente en los VVH, para concluir que había posibilidad de discrepar, y que cuando se hacía no se hacía por convencimiento en la injusticia del antisemitismo, sino por otros motivos. Goldhagen rechaza que la población civil o militar sea incapaz de razonar y reflexionar conforme a su humanidad, se niega a tratarlos como robots a los que se les ha lavado el cerebro. Las muestras de disensiones, incluso de carácter político, demuestran que no existía una obediencia ciega a la autoridad. La maquinaria de la destrucción no era capaz de robarles la conciencia a los alemanes, lo que pasaba es que los alemanes ya eran antisemitas antes de que se iniciase ninguna campaña eliminacionista. Pero como todos los estudios se han concentrado en explicar la mentalidad burocrática, la presión psicológica, la maldad intrínseca de la naturaleza humana, etc..., se han olvidado de investigar a los perpetradores. "Se conforman con echarle la culpa a los líderes y a unos cuantos asesinos extraordinariamente bárbaros." Pero como diría Robert Gellatelly "No solo Hitler" fue el que lo hizo posible.

LOS PERPETRADORES

La compleja de tarea de organizar un asesinato masivo requiere de una premeditación y una dedicación a cada detalle, que deja poco espacio a explicaciones sorpresivas. No solo la preparación, sino la ejecución a menudo lleva meses y años, y en ese tiempo la humanidad de los perpetradores sale a flote, porque pasan mucho tiempo custodiando y tratando con sus víctimas en actividades no directamente homicidas.

"Un perpetrador es cualquier persona que conscientemente contribuye de alguna forma tangible a la muerte o eliminación de otros, o a infligir daños a otros como parte de un programa aniquilacionista o eliminacionista. [...] Una institución homicida o eliminacionista es una institución desplegada para el asesinato o la eliminación de masas, y sus miembros matan o eliminan, o aceleran de forma tangible la muerte o la eliminación de otros."

El perpetrador no nace, sino que se hace. O dicho de otra manera, se transforma. Tanto reclutados como voluntarios, en algún momento tienen que realizar la transición desde el punto en el que no sospechan hacia donde pueden estar acercándose, hasta el punto en el que sospechan/aceptan la eventualidad/seguridad del funesto destino de sus víctimas. Y, por lo general, no son coaccionados a realizar algo que no quieren o no aprueban. Eso sería un suicidio político. Es mejor contar con gente que ya tiene la semilla del odio y que poco a poco se va mentalizando de la necesidad de ejecutar el programa eliminacionista. Este esquema coincide con los registros históricos de alemanes, británicos en Kenia, indonesios, jemeres rojos, hutus y tutsis, islamistas políticos, etc..., cuando se les da la oportunidad de no participar, muy pocos suelen aceptar la oferta. Así fue el caso del comandante Wilhelm Trapp que se analizó en los VVH y ahora se menciona de nuevo para reforzar el argumento de que "la participación voluntaria ha sido un rasgo corriente de los asesinatos masivos de nuestra época". Trapp avisó de que al día siguiente se iban a asesinar a judíos polacos, niños incluidos, e intentó animar a sus hombres para que disparasen a quemarropa. No obstante, sabiendo "lo duro" de la misión, les dio la oportunidad de no participar. Tanto en este caso como en otros, apenas nadie aprovechó la oferta y los que lo hicieron no fueron castigados.

Las mujeres también han formado parte de los perpetradores. Es cierto que la mayoría de los perpetradores han sido hombres, pero Goldhagen parece que achaca esto a la habitual división del trabajo, pero cuando han podido o les ha tocado participar, la crueldad de las mujeres ha estado a la altura de sus compañeros. En algunos casos, como el trato hacia las mujeres judías, las perpetradoras eran más crueles que los perpetradores según relataban las supervivientes.

Muchos perpetradores, la gran mayoría, no eran soldados o fanáticos ideologizados a los que se les hubiese lavado el cerebro para que actuasen de aquella manera. Al contrario, eran hombres comunes que voluntaria y gustosamente colaboran en la tarea eliminacionista. Para un acercamiento al papel de estos perpetradores y como los han analizado en los últimos tiempos otros historiadores, puede consultarse el artículo de Adrián Viale, "Perpetradores del Holocausto: una aproximación historiográfica al estudio de los hombres comunes."

INSTITUCIONES ELIMINACIONISTAS

Cuando se trata de eliminar, el ejército y la policía no es suficiente, el ingenio asesino idea instituciones como las marchas de la muerte, las unidades móviles, el sistema de campos y los escuadrones de la muerte. Cada uno recibe un análisis pormenorizado, pero quizás el más terrible es el sistema de campos, algunos de los cuales se denominan campos de concentración.

"[...] Auschwitz, Treblinka y otros, son las instalaciones de exterminio más tristemente célebres. Para los judíos (y los manuches y romaníes), aunque no para el resto de los prisioneros, los campos de los alemanes en general -no solo estas fábricas de muerte, construidas para la aniquilación en masa- eran instalaciones de exterminio, con tasas de mortalidad que a menudo llegaban al 100 por cien. Las elevadas tasas de mortalidad comparativas del gran campo de Mauthausen demuestran la disparidad."


La mayoría de los campos no solo son visibles, sino que sus líderes políticos presumen de ellos. Es un mito que los alemanes no supieran nada de lo que pasaba en los campos:

"Los alemanes construyeron veinte mil campos por toda Europa, y miles en la propia Alemania. Sólo en Berlín había 645 campos de trabajos forzados, y el estado de Hesse (de un tamaño similar al estado de New Jersey) tenía por lo menos 606 campos -uno por cada rectángulo de ocho por once kilómetros-. Los alemanes conocían muy bien la existencia de los campos y sus funciones básicas de dominación violenta, esclavitud y asesinato. (La absurda idea de que los alemanes corrientes no sabían que esas cosas ocurrían  abiertamente por todo el país es uno de los mitos que siguen propagando los apologistas de Alemania pese a la unanimidad de los expertos serios sobre el hecho de que el conocimiento incluso del asesinato masivo de los judíos estaba enormemente difundido en Alemania)."

No obstante esto puede variar según los casos. El caso de los gulags de los soviéticos era todo lo contrario, lo mantenían en secreto y los confinaban a Siberia y el Ártico deshabitado, pero por lo general el secreto es contraproducente, ya que el valor intimidatorio de los campos es útil también extramuros para los potenciales disidentes.

MEDIOS Y MÉTODOS

En esta sección Goldhagen desarrolla una de sus viejas tesis, a saber, que la tecnología moderna no era, ni es, necesaria para cometer un asesinato de masas. Ni lo fueron las cámaras de gas, tal y como ya he comentado anteriormente, ni lo son todos los medios que el mundo contemporáneo puede ofrecer a los perpetradores. Por ejemplo cuando los tutsis masacraron a los hutus, Burundi era uno de los países más pobres. Y cuando al revés, los hutus masacraron a los tutsis, Ruanda era también un país casi igualmente pobre. Con estos medios se consiguió una "exitosa" campaña eliminacionista con una tasa mensual de muertos mayor que la de los alemanes con los judíos.

El caso de los jemeres rojos en 1975, que tomaron el poder en una Camboya asolada por la guerra, también nos confirma esta tesis de que la tecnología del horror era innecesaria. Aunque debido a su peculiaridad ideológica, se podría decir que ellos no podían hacerlo de otra forma. Estaban animados por "una extraña mezcla de marxismo apocalíptico y una visión romántica de la antigua civilización camboyana", de manera que despreciaban toda la tecnología como símbolo de una corrupta modernidad. Las ciudades, siempre más modernas que las zonas rurales, fueron desalojadas y obligaron a la gente a emigrar a las "cooperativas" rurales para vivieran y trabajaran sin las máquinas que habían sido abandonadas o destruidas. Este suicidio económico hacía que cavasen hoyos con las manos y matasen a los opositores con palos, ya que las balas había que ahorrarlas. Hicieron de Camboya el país asesino más pequeño del mundo que lograría el triste record de más del 20% de población asesinada (aparte de la colonia alemana de África del Suroeste).

LA RESPONSABILIDAD MORAL DE QUIEN PUDO HACER ALGO Y NO HIZO NADA: LOS TESTIGOS Y LA RESISTENCIA.

Los testigos juegan un papel esencial. Tanto si están presentes como si están lejos, tanto si son ciudadanos anónimos como si son ministros, todas esas personas que no son ni perpetradores ni víctimas pueden influir con sus acciones o sus omisiones, pueden ayudar o entorpecer a los perpetradores. Algunos están bajo la bota del perpetrador que ha ocupado su país, mientras se eliminan a sus vecinos, y otros comparten identidad esencial con los perpetradores. Algunos los animan, otros los critican. Otros pocos ostentan cargos de influencia moral, como la Iglesia Católica o la Cruz Roja aunque la mayoría callan y otorgan haciéndoles sentir a los asesinos que no están solos en su labor homicida.

"Cuando los testigos desaprueban una agresión eliminacionista, pueden salvar vidas. Carece de sentido mantener que es imposible ayudar a las personas que son objeto de exterminio -una noción que han planteado muchos escritores sobre el nazismo y el Holocausto, y que exculpa a los alemanes, a las poblaciones de los países ocupados y las instituciones religiosas, en especial a la Iglesia Católica-. Si nos fijamos en las insurgencias guerrilleras, sabemos que si la población de un país no apoya a su gobierno, los insurgentes recibirán comida, refugio, ayuda e inteligencia. Eso fue lo que ocurrió con los guerrilleros polacos en Polonia, con los guerrilleros soviéticos en la Unión Soviética o con la resistencia francesa en Francia, por citar solo algunos ejemplos, durante la II Guerra Mundial. Se podría prestar una ayuda similar, y a veces se presta, a las víctimas de las agresiones eliminacionistas. Cuando no se presta nos dice mucho  sobre la actitud del populacho hacia el asesinato y la eliminación de masas. Cuando la gente presta ayuda, pueden salvarse muchas vidas. La población danesa salvó prácticamente a todos los judíos que había en su país, incluidos muchos no daneses, transbordándolos a Suecia, país no beligerante."

Al igual que los testigos pueden pasar a ser perpetradores cuando denuncian la localización de las víctimas o colaboran con los genuinos perpetradores, también pueden convertirse en resistencia cuando toman las armas contra los perpetradores. Sin embargo la resistencia pocas veces ha sido eficaz. Ni siquiera las víctimas se han levantado en defensa propia. Para hacerlo, o bien deben tener una mínima esperanza de éxito (cosa que puede suceder en la guerra, pero no en una agresión eliminacionista donde no hay un ejército que se oponga al agresor) o bien deben tener certeza sobre su final inmediato como en el caso de algunos  judíos en guetos y campos (y en ese caso la victoria puede ser simbólica, pero la derrota final es catastrófica). Goldhagen critica a los que critican la supuesta pasividad de los judíos, comparando sus posibilidades con las de la resistencia que tenían armas, infraestructura, no vivían en campos y no tenían que estar pendientes de sus familias.

Los perpetradores lo han tenido fácil para masacrar, torturar o encarcelar. La tasa de éxito en comparación con una guerra es muchísimo mayor. A pesar de no encontrar oposición, a posteriori, los perpetradores suelen alegar legítima defensa, pero si ha habido víctimas entre ellos han sido poquísimas, que esta vez sí, ejercían su derecho a la legítima defensa.

"[...] apologistas retrospectivos [...] alegan que los perpetradores tenían la mentalidad de quienes están en guerra, o que sentían un genuino temor de sus víctimas, como si el temor no fuera otra cosa que el resultado de sus prejuicios, de su racismo y de su odio."

CAPÍTULO 5. 

POR QUÉ ACTÚAN LOS PERPETRADORES


Los estudios sobre los perpetradores escasean y casi nunca se preguntan el por qué. Dan por supuesto que los perpetradores aprueban, automáticamente y sin ninguna reflexión, sus propios actos. Otras veces niegan su voluntariedad y otros tipos de crueldades innecesarias para el objetivo de matar, como las burlas, mofarse de un indefenso o mostrarlo como trofeo, y sobre todo la violencia sobre los niños.

Una cosa es compartir los argumentos y fines (oficiales) de sus líderes y otra obedecer por fe en ellos. Pueden actuar porque aunque no comparten sus fines, la aniquilación puede ser deseable por algunos otros motivos diferentes a los expresados por sus líderes. Sea como fuere, Goldhagen no cree que sea posible que alguien no tenga un punto de vista moral sobre masacrar o no masacrar. Es algo que no te puede dejar indiferente. En su exhaustiva búsqueda de todas las elecciones que se les pueden presentar a los perpetradores, ha elaborado una matriz con las diferentes variantes:



"¿Creen los perpetradores que están haciéndole a su pueblo un gran servicio histórico, o creen que están cometiendo una transgresión moral y un gran crimen? En el segundo caso, entonces, ¿cómo es que persisten, desde un punto de vista emocional y psicológico?"

En una primera fase de la investigación sería necesario saber si los asesinos querían asesinar o de alguna manera se les tuvo que forzar o convencer. La verdadera meta de la investigación debe ser hallar la respuesta a si los perpetradores creen que las víctimas se merecen ser eliminadas, en la justicia del programa eliminador: De ser así, ¿cómo ha llegado a esa conclusión? Y en caso contrario, ¿por qué mata o colabora?

Entre los argumentos que defienden que los perpetradores desaprueban (o no aprueban) las matanzas, hay 6 POSTULADOS que típicamente se han esgrimido para responder (erróneamente) a la pregunta de cómo es posible que alguien que no quiere matar... termine matando.

1.- Los perpetradores son coaccionados.
Está claro que en el caso del Holocausto no hubo ninguna evidencia en los juicios de la posguerra que probase que eso era cierto, más bien al contrario, hay evidencias de que no se les castigó ni sancionó de ninguna manera (ver el caso mencionado anteriormente de Wilhelm Trap). Lo mismo se predica de los demás genocidios. Los líderes dependen de sus seguidores y no se pueden permitir el lujo de violentar sus voluntades y su moral. Por mucha tiranía bajo la que se viva, los tiranos no se arriesgan a perder la confianza de sus seguidores llevándoles hasta tal extremo. Sencillamente la coacción no es necesaria (salvo algunos rarísimos casos) porque es fácil encontrar a gente que está de acuerdo con matar a un grupo concreto de víctimas. No hay que convencerlos de nada, a lo sumo de la oportunidad, del momento o de la impunidad legal que les cubrirá.

2.- Obediencia a la autoridad.
Este postulado llega a conferirle a la autoridad un poder casi hipnótico. Una primera versión del postulado dice que se obedece por sentido del deber, superando los obstáculos morales que pasan a ser de un orden menor. Pero la gente desobedece constantemente tanto en las dictaduras como en las democracias. La policía existe por algo, y las cárceles también. La historia está llena de ejemplos de insubordinación, deserciones y revoluciones populares que han derrocado la autoridad anteriormente legítima. Incluso en las guerras y en las masacres, los mismos perpetradores han desobedecido otras órdenes que no tenían nada que ver con las matanzas. Los mismos generales alemanes a quienes se les supone una mente cuadriculada y obediente, conspiraron para matar a Hitler. No existe un poder suficiente para convencer a la gente para que mate, solo porque el poder lo diga. La gente puede cambiar su conducta cívica hasta convertirse en criminales, pero lo hace por otros motivos, no por el hecho de que una orden provenga de la autoridad.



Goldhagen se refiere al famoso experimento de Milgram en la Universidad de Yale en los años 60, y no solo critica su extrapolación a la conducta de los nazis, sino que lo califica de pseudocientífico e invalida sus conclusiones sin mayores explicaciones. En el experimento Milgram, un supuesto científico le ordena a un participante que aplique descargas eléctricas a otra persona que no ve, pero que sí oye gritar. Por supuesto el participante no sabe que el científico y el torturado son parte del experimento y que no se está produciendo ninguna tortura. Pero la conclusión del experimento es inquietante porque muchos más participantes de los que cabría esperar terminan aplicando descargas mortales (más de la mitad) solo porque se lo dice la autoridad (el científico con su bata blanca). La conclusión es que muchas personas normales podemos comportarnos como sádicos sin demasiada resistencia, solo porque nos lo ordena la autoridad. Según Goldhagen si Milgram hubiese extrapolado sus resultados para explicar el pago de impuestos o la delincuencia, no habría tenido tanto éxito y habría caído en el ridículo, porque es obvio que la que gente infringe normas estatales desobedeciendo a la autoridad. Independientemente de que el experimento no pueda explicar la conducta de los nazis, lo cual puedo compartir, es un experimento lo suficientemente sorprendente y sostenido en posteriores versiones como para despacharlo en un solo párrafo.

A mí me parece que no es una buena crítica, pues mientras el experimento Milgram pone al sujeto en la tesitura de obedecer una orden en la que no tiene ningún interés (de hecho se supone que la rechaza, rechaza el sufrimiento ajeno) los ejemplos aportados por Goldhagen si tendrían un beneficio para el sujeto (robar para el ladrón y evadir impuesto para el defraudador de impuestos). Consecuentemente, Goldhagen podría haber invalidado el experimento Milgram aportando la ubicuidad de su famoso antisemitismo eliminador, que haría que los sujetos estuvieran interesados en hacer sufrir a la víctima judía, y por tanto las conclusiones del experimento no serían aplicables.

Hay una segunda variante de este postulado, que sería la de que las órdenes de la autoridad "tienden a percibirse como intrínsecamente legítimas", es decir, que el sujeto confía, supone o deduce la rectitud de la orden estatal. No hay deber de obedecer como en la primera versión, sino un convencimiento de la rectitud solo por el hecho de que venga del estado. En la primera versión el ciudadano apoya aun cuando puede estar en contra, en la segunda versión el ciudadano apoya porque termina convenciéndose de su contenido. Goldhagen escribe que esta segunda versión la explicará más adelante, pero yo por lo menos no la he encontrado.

3. La presión psicológica social.
Según este postulado, la presión de los demás es lo suficientemente fuerte para salvar todo tipo de obstáculos morales. El clásico "ovejas bobas, donde van una van todas", se configura como una bobada a la hora de explicar las acciones eliminacionistas. Ni las condiciones psicológicas ni sociales son las mismas para todos los perpetradores ni hay ninguna evidencia que lo demuestre. De hecho tiene un fallo argumentativo que lo invalida en sí mismo. Para que exista presión tiene que haber una mayoría que presione, y si la mayoría presiona entonces ya no tienen que ser convencidos de nada. El supuesto podría valer para explicar cómo influye la opinión de los demás en una minoría, pero no explica lo que nos ocupa aquí; la hipótesis (nunca demostrada) de cómo la mayoría de los asesinos se convirtieron en asesinos (contra su voluntad o conciencia iniciales).

4. Mentalidad burocrática.
Este postulado nació con el mediático juicio de Adolf Eichmann en Israel. Se trata de la archiconocida "banalidad del mal" sobre la que Hannah Arendt escribió tras asistir al juicio y según la cual "cualquiera lo haría".  Debido a la cadena de la burocracia los burócratas se afanan por hacer el trabajo de manera robótica, desconectados de su conciencia y sin reparar en juicios morales. (No confundir con ninguna de las dos versiones del segundo postulado -aclaración hecha por el propio escritor). El fallo de Arendt (no queda claro sin intencionado o no) es asumir que Eichmann no era antisemita, cuando había registros históricos que demostraban lo contrario, incluida una entrevista en The Times en la que Eichmann decía: "Me reiré cuando me precipite a mi tumba, debido a la sensación de que he matado a cinco millones de judíos. Eso me da mucha satisfacción y placer."

Aún cuando haya burócratas que puedan tener sus labores divididas, como por ejemplo la policía, nunca se llega a la caricatura robótica que plantea Arendt. Los burócratas tienen puntos de vista sobre el hecho de matar a miles de personas, niños incluidos. Y además si por algo se conoce la imagen del burócrata es por no ser diligente ni enérgico con las órdenes dadas, más bien al contrario, se les suele ver como desmotivados, remolones e ineficientes. Aunque no sea necesariamente así, el caso es que el postulado se basa en una imagen totalmente contraria a lo que conocemos por funcionario.

Otra versión de este mismo postulado nos ofrece la visión de un burócrata centrado en su parte del trabajo, con un trabajo tan fragmentado en diferentes partes que no se sabe la maldad total del mismo. Esto es fácilmente rebatible, pues en la inmensa mayoría de los casos los perpetradores presencian y ejecutan, a veces cara a cara, a sus víctimas, y saben por tanto lo que están haciendo.

5. Beneficio.
Hay quien defiende que la razón para matar es obtener un beneficio económico de las víctimas. El problema es que no hay evidencias de la mayoría de los perpetradores obtuvieran beneficios materiales importantes, o incluso ascensos. Algunos incluso eran castigados por saquear. Y aún en el caso de que así fuera, esto no demuestra que sea la razón para matar, sino más bien un subproducto inevitable de la masacre, al fin y al cabo, esas posesiones que se quedan sin dueño alguien se las tendría que quedar. Quien quiera que se las quedase, no demuestra que ese fuera el objetivo principal, sino un aprovechamiento que es de esperar en particular en países pobres donde los perpetradores tantas veces han actuado. Además, si el objetivo hubiese sido el beneficio, ¿por qué no robar sin matar?

6. La naturaleza humana.
Ignorando el análisis sobre el terreno y los matices, algunos no se cansan de hablar de la supuesta maldad contenida que todos llevamos dentro, siempre dispuesta a explotar en el momento propicio cuando las normas sociales se vuelven más laxas. Un argumento tan genérico y tan infundado nos hace a todos protoculpables por igual,  y no sirve para estudiar la casuística de las agresiones eliminacionistas en el mapa mundi. Cuando es aplicado a unos pueblos en concreto, en realidad tan solo es una explicación racista que demuestra la incapacidad de analizar de quien la formula.

Todos estos postulados fracasan en su tarea porque no han sido nunca demostrados y además, parten de una suposición falsa; que los perpetradores actuaban contra su voluntad. Están llenos de errores conceptuales, empíricos, teóricos, comparativos y una falta absoluta de rigor por parte de quienes los esgrimen. Y aunque no valen como explicaciones genéricas, Goldhagen admite que en algún caso concreto pudieran servir, en teoría, para explicar por qué algunas personas hacen algunas cosas. Pero en la práctica se topan con una tozuda realidad que las invalida también. Esa realidad no es otra que "las otras acciones de los perpetradores".

LA PRUEBA DEFINITIVA: LAS OTRAS ACCIONES DE LOS PERPETRADORES

Estas acciones son la crueldad gratuita, la energía y el ardor homicida, la improvisación para matar más, la burla, las fotografías a modo de trofeo, el orgullo mostrado, la saña y el odio mostrados, las risas..., todo esto según las propias palabras de los perpetradores durante las matanzas, no después de ellas cuando son detenidos y juzgados, porque entonces solo son excusas exculpatorias. Todas estas acciones son una "prueba abrumadora de que eran verdugos conscientes y voluntarios". Aunque siempre hay excepciones, las que se refieren a perpetradores que manifestaban su incomodidad con las matanzas a menudo solo mostraban asco ante tantas vísceras y masas encefálicas en sus botas, no eran objeciones de fondo. Los únicos remordimientos que suelen tener los perpetradores, en palabras de Élie Mizinge, uno de los perpetradores hutus dispuesto a hablar, era el siguiente: "La mayoría de los asesinos lamentan no haber acabado del trabajo. Se acusan de negligencia más que de maldad."

No solo en este apartado, sino a lo largo de todo el libro, Goldhagen reproduce testimonios y datos para dar consistencia a sus tesis. En este caso los testimonios son muchos y divididos en zonas de asesinatos masivos: África del Suroeste, Turquía, Alemania, ocupación británica de Kenia, Indonesia, Bangladesh, Burundi, Camboya, Guatemala, Bosnia, Ruanda, Darfur....relatos y palabras que rozan la pornografía del horror, difíciles de leer y de escribir como confiesa el propio autor al analizar ese tipo de crueldades en la sección "Mundos Personales". Goldhagen rechaza inferir una jerarquía moral de una jerarquía del dolor, lo que intenta es diseccionar el cómo y el por qué de todos estos diferentes horrores, y para ello es necesario estudiar la variación y gradación del terror.

EL VERDADERO MOTIVO: LAS CREENCIAS DE LOS PERPETRADORES Y SU CONCEPTUALIZACIÓN DE LAS VÍCTIMAS

"La forma en que los perpetradores conciben a la población objetivo es el factor crítico" para que los perpetradores se impliquen personalmente en la tarea de asesinar masivamente. Estos conceptos singulares y variantes pueden explicar la variabilidad en el trato que se da a las diferentes víctimas. Las explicaciones convencionales dependen de factores constantes, que lógicamente no pueden explicar la variabilidad de los resultados. Las creencias variantes de los perpetradores y las diferentes conceptualizaciones de sus víctimas sí pueden aventurarse a explicar unos resultados variables.

Y si, tal y como sostiene el autor, los perpetradores aprueban lo que hacen, la siguiente pregunta es por qué y cómo lo hacen, cómo consiguen sustraerle a sus víctimas el valor humano que se les supone en una sociedad. Hay 4 FORMAS de hacerlo:

1. Por culpa de la guerra. Algunas contiendas militares generan un odio inexistente antes de estallar el conflicto, y retratan a los enemigos como animales o insectos. Antes de Pearl Harbor los estadounidenses, que salvo algunos prejuicios hacia los orientales en general, no sentían odio hacia los japoneses, los llamaban "monos, babuinos, perros, ratas, víboras, cucarachas o sabandijas". El famoso argumento de "ellos empezaron", independientemente de que sea cierto o no, y que se ve seguido del "ahora van a probar una doble dosis de su propia medicina" es muy convincente, pero no deja de ser criminal como cualquier asesinato de masas. El "ojo por ojo y diente por diente" puede ser comprensible, pero no es una justificación moral.

2. Por culpa de las ideologías. Las visiones políticas del mundo nos dicen cómo debe organizarse la sociedad, y qué miembros de la misma son enemigos. Aunque Goldhagen ahonda en la historia y señala a unos y a otros, a la hora de criticar el armazón ideológico se ensaña más con la izquierda que con la derecha. A la derecha la acusa de usar la seguridad nacional y el sentimiento nacionalista como excusa para militarizar y segregar racialmente. Pero el comunismo deja poco espacio a la disidencia, se nutre de "campesinos pobres y resentidos" que educan a los suyos en una "convicción fanática en la justicia de sus sistemas políticos" y prometen una purificación transformadora e ideal de sus sociedades. Al final lo único que hacen es controlar orwelianamente a sus ciudadanos, homogeneizando y desecando su cultura y economía, e idiotizando el pensamiento. En el capítulo 10, al evaluar el penoso papel de la ONU en el eliminacionismo, vuelve a arremeter contra el marxismo y apuesta claramente por el capitalismo como el futuro al que dirigirse, y condena enérgicamente al marxismo como un pasado del que alejarse. A mi modo de ver, esto me resulta muy escueto y poco profesional, ya que un par de frases contra un pensamiento sobre el que tanto se ha escrito y filosofado, deja necesariamente al lector con una gran insatisfacción y preguntándose si debería meterse en esos lodazales:
"Los soviéticos intentaban hacer realidad lo imposible, una sociedad industrializada moderna basada en una teoría social, el marxismo, que negaba determinados fundamentos de una modernidad operativa: los mercados libres y el trabajo libre."
Y por si queda alguna duda, sobre la globalización, escribe:

"El problema es que quienes (equivocadamente) alegan que dichas condiciones estructurales causan el asesinato de masas también querrían -de forma no realista, y probablemente en detrimento de las poblaciones de muchos países- detener o reducir en gran medida esas transacciones al capitalismo y al desarrollo económico, a la construcción nacional, a la plena inclusión política de la gente en la política de su país y a la globalización. Sean cuales sean las irregularidades, los costes y las transiciones a corto y medio plazo de esos procesos modernizadores y globalizadores, sea cual sea la necesidad de gestionarlos mejor, son indudablemente necesarios para una mayor prosperidad general a largo plazo."

Aún así, parece que concede alguna bondad a sus principios, y contempla la posibilidad de alguna mala interpretación o aplicación del marxismo:
"Los principios universales del marxismo no reconocen diferencias de origen nacional o étnico, pero el comunismo del mundo real suele asociar su marxismo a un chovinismo nacional o étnico."
Dentro de esta categoría de "ideología", Goldhagen incluye a los islamitas políticos como Al Qaeda. Sin embargo, como veremos al final del libro, la religión no tiene en la obra de Goldhagen una sección propia y es tratada con ligereza, sin hacerla responsable directamente de nada.

3. Por culpa de los prejuicios. Aunque las ideologías pueden contener prejuicios, algunos son tan ancestrales que perviven en algunas sociedades al margen de toda forma política. Se trata de racismo y odio arraigado en zonas políticamente disputadas que frecuentemente se ven agravados por afiliaciones religiosas. En Yugoslavia, el catolicismo, el cristianismo ortodoxo y el islam han "agravado" los prejuicios de la zona, y Asia meridional los odios entre musulmanes e hindúes, y entre paquistaníes y bengalíes generaba enemistades "de base principalmente religiosa". No obstante, y como escribía antes, la religión no parece tener que rendir cuentas ante el autor.

4. Por culpa de un atraso moral. Esta cuarta forma no es en realidad una manera de anular el valor humano, sino una explicación histórica de como algunas civilizaciones no han llegado a él todavía. Se trata de sociedades, normalmente previas a la Ilustración, que no reconocían la universalidad e igualdad de todos los seres humanos (desde la antigua Grecia hasta los primeros colonizadores europeos, pasando por el Japón imperial y la más reciente República Democrática del Congo). Esto es inusual en nuestra época. El autor abre un debate sobre la responsabilidad moral de estas sociedades, que deja totalmente en el aire.

ESTALLIDOS DE VIOLENCIA, DISIDENTES APARENTES Y NECESIDAD DE JUSTIFICACIÓN

Cuando se habla de un estallido de violencia se piensa que explota de manera espontánea, pero no es así. Entre los participantes siempre hay gente que ha estado esperando, deseando el momento en el que poder estallar para actuar salvaje y frenéticamente. Ni la psicología de masas ni el comportamiento de multitud pueden explicar por qué siguen las agresiones "tras el espasmo inicial de violencia", y es porque no reparan en los prejuicios preexistentes y reprimidos de la gente que les hacen continuar. Algunos no lo hacen, o no lo aprueban, pero ello no implica necesariamente ausencia de prejuicio; en ese sentido son disidentes solo en apariencia, junto a los casos de disidencia por asco (como el de Martin Mundschütz, antes comentado).
"Entre quienes creen que la gente señalada para la eliminación en principio merece su destino hay, no obstante, algunos que desaprueban un castigo determinado, en particular la aniquilación masiva, porque la consideran inmoral. Esta actitud -creencia en la culpa de una persona, creencia en la necesidad de un castigo severo, pero oposición a matar- caracteriza en muchas sociedades a las personas que se oponen a la pena de muerte, incluso para los criminales que han cometido los actos más atroces. Así pues, algunas personas animadas por grandes prejuicios se retraen ante las soluciones eliminacionistas más definitivas."
Como los perpetradores son conscientes de que están haciendo algo radical e histórico, y creen hacerlo en nombre de su pueblo, raza o grupo, desean obtener la justificación de los suyos. Quieren ser héroes, no canallas ni ser castigados tras las masacres. Saben que no les espera ningún castigo. Así fue en Turquía, Japón, Alemania, Burundi, Ruanda, Serbia, etc... De ahí el papel tan importante de los testigos. Si ellos comparten los objetivos eliminacionistas, entonces son el lubricante social que permite que los perpetradores vuelvan a sus hogares siendo homenajeados y no castigados, y toda la literatura que tiene la coerción o el terror como eje central se convierte automáticamente en papel mojado. Esta necesidad de aprobación tiene su excepción en los regímenes comunistas, que trataban a sus súbditos como inmaduros e incapaces de comprender el sacrificio en aras de la futura utopía, y por ello "sus dictaduras comunistas deben obligar, a veces con violencia, a su pueblo a construir y a incorporarse a la dictadura prometida comunista".

Más adelante, en el capítulo 7 escribe algo que parece una contradicción, ya que no se puede prescindir de la necesidad de aprobación y al mismo tiempo buscar convencer de la necesidad de eliminar:
"Estos y otros liderazgos comunistas, con un poder recién conquistado, buscaban preparar a sus seguidores y a su sociedad en general para las iniciativas eliminacionistas, convenciéndoles de que para producir la futura utopía era necesario el sacrificio de mucha gente, específicamente el de los malignos enemigos de clase y otros grupos considerados hostiles a la revolución, a la nación o al futuro paraíso comunista." [Las cursivas son mías]
CULPA COLECTIVA

Goldhagen anda sobre el filo de la navaja en lo referente a la cuestión de la culpa colectiva. Parece querer rechazar lo irracional de de la culpa colectiva pero manteniendo la expresión, y ello le lleva a hilar demasiado fino con ejercicios lingüísticos que no eran necesarios. Ya cuando publicó los VVH muchos lo acusaron de culpar a todo el pueblo alemán con su expresión "alemanes corrientes" y sus otros argumentos que señalaban a Alemania como la única capaz de haber hecho el Holocausto judío. En el prefacio a la edición alemana, que salió posteriormente a la norteamericana, contestaba a estas acusaciones negando tajantemente la culpabilidad de todos los alemanes por el mero hecho de ser alemanes. Son culpables los individuos por sus acciones, no los miembros de los grupos por su pertenencia (la culpa no se transmite). Pero una cosa es ser culpable, con las consecuencias jurídicas que ello implica, y otra ser moralmente responsable por respaldar o callar ante los actos de los demás (esta última cuestión queda al margen del primer y tercer libro de Goldhagen, tan solo el segundo se centra en ello). No a la culpa colectiva legal, pero sí a la culpa moral de los muchos individuos que actuaron mal, y otros que hubiesen estado dispuestos a hacerlo de habérsele presentado la oportunidad.

"Cuando las víctimas identifican estrechamente a los testigos con los perpetradores, suelen lanzar la acusación de culpa colectiva (en el sentido de que la nación, el pueblo o el grupo de los perpetradores son criminalmente culpables). Esa acusación tiene una sólida base empírica en el abrumador apoyo que las víctimas ven que el populacho en general presta a la empresa eliminacionista, de modo que los que se oponen a ella parecen raras excepciones. [...] Las víctimas y otros contemporáneos saben que los testigos compatriotas y los miembros de su clan étnico o racial generalmente apoyan los asesinatos y las eliminaciones de masas. Eso es correcto. [...] Indudablemente es cierto que muchos perpetradores turcos, alemanes, serbios y hutus fueron colectivamente culpables desde el momento que como perpetradores trataron con crueldad, expulsaron y asesinaron de forma concertada, pero eso no es lo mismo que decir que todos los turcos, los alemanes, los serbios o los hutus son culpables por ser miembros de pueblos que apoyaron ampliamente a los perpetradores de las eliminaciones. Los turcos, los alemanes, los serbios y los hutus a título individual deberían considerarse  legalmente culpables por sus actos criminales individuales (que pueden incluir la pertenencia a organizaciones criminales), pero deben considerarse moralmente responsables de sus posiciones morales individuales."

RELACIÓN LÍDERES-PERPETRADORES Y CREENCIAS LATENTES

Tradicionalmente se presenta a los líderes como todopoderosos y a los seguidores como incapaces de tener criterio propio, prácticamente como esponjas que absorben todo. Nadie defiende estos extremos en el resto de áreas de la política. La norma en todos los regímenes es la desconfianza y la disensión, incluso en la guerra, especialmente si la política consiste en matar a grupos de personas, niños incluidos. Las predisposiciones de los seguidores deben cultivarse, y germinarán llegado el momento. Pero si no existen esas creencias latentes, y sin la ayuda de alguna agresión, es improbable que los líderes consigan que una masa de seguidores se vuelvan asesinos de masas.

Quienes dudan de lo relevante de las creencias de los perpetradores, arguyen que estas deberían haber estado siempre manifiestas y que por tanto los genocidios se habrían producido mucho antes. La clave está en la chispa que debe encender el político, que una vez que se produce ya sea con discursos o con otras medidas, pone en marcha a los seguidores que de otra forma no harían nada. No se trata del poder carismático de los líderes políticos, que salvo en el caso de Hitler no suelen existir en las agresiones eliminacionistas. Incluso en el caso de Hitler, los líderes tienen que hacer frente a la resistencia cuando tratan de violentar el sistema moral de sus seguidores. El carisma no es una todopoderosa hipnosis colectiva, sino todo lo más, un desencadenante de pasiones reprimidas y creencias latentes, que se configura con una lógica natural.

El perpetrador hutu Ignace Rukiramacumu lo cuenta así:

"«Creo que la posibilidad del genocidio salió como salió porque estaba a la espera, a que la señal de los tiempos, como el accidente aéreo, le diera un empujón en el último momento. [...] Nunca hubo necesidad de que lo habláramos entre nosotros. La reflexión de las autoridades la hizo madurar de forma natural, y a continuación nos la propusieron. Como era su única propuesta y prometía ser definitiva, aprovechamos la ocasión. Sabíamos muy bien lo que había que hacer, y nos pusimos a ello sin inmutarnos porque parecía la solución perfecta.»"

CAPÍTULO 6.

POR QUÉ ACABAN


Las prácticas eliminacionistas analizadas por Goldhagen (hereros, belgas, armenios, indonesios, jemeres rojos, soviéticos, alemanes, China, Burundi, Latinoamérica, Guerra del Golfo, Yugoslavia, Ruanda, Afganistán...) siempre acaban por uno de estos TRES MOTIVOS:

1º. Consiguen sus objetivos
2º. Mueren los perpetradores o son derrocados internamente.
3º. Son derrotados por una tercera fuerza extranjera, cuya intervención no ha sido motiva para acabar con las prácticas eliminacionistas, sino por otros motivos. (Las tardías intervenciones de la OTAN en Bosnia y Kosovo, o la de la ONU en Timor Oriental en 1999, son raras excepciones).

LA COMUNIDAD INTERNACIONAL MANEJADA POR LAS GRANDES POTENCIAS A SU ANTOJO.

Pero deberían, y podrían haber acabado antes, sino fuera por la pasividad e indiferencia de la comunidad internacional que no actúa por racismo o por intereses nacionales geoestratégicos. Pero actualmente estamos dotados de más medios, tenemos más capacidad para intervenir y conocemos más y mejor en tiempo casi real que hace unas décadas, cuando la guerra fría colapsaba el consejo de seguridad de la ONU. Pero estos avances solo son aparentes y harto insuficientes. Seguimos permitiendo el genocidio en función de nuestros intereses; la humanidad de la intervención solo es retórica de cara a la galería.

Y aunque la URSS parece ser a ojos del autor la principal responsable de la inoperancia de los organismos internacionales, además de la que envenenó desde su origen la Convención sobre el Genocidio, no esconde en ningún momento la complicidad de EEUU con las tiranías eliminacionistas y su hipocresía en el escenario internacional:
"En su discurso en la ceremonia de entrega de diplomas en la Academia Naval de Estados Unidos, el 25 de mayo de 1994, Clinton declaraba: «Nosotros no podemos resolver todos los estallidos de conflictos civiles de este tipo. [...] Que nos impliquemos o no en cualquiera de los conflictos étnicos del mundo debe depender a fin de cuentas del peso acumulado de los intereses estadounidenses que estén juego.»"
La reflexión más relevante sería la que condena el mismísimo principio de no intervención. La historia de su nacimiento, la deja obsoleta ante la actual amenaza eliminacionista (como se explicará en el último capítulo cuando critica la colaboración de la ONU en tantas acciones eliminacionistas). Este principio del derecho internacional impide que unos estados se injieran en los asuntos de los otros países, y emana de la soberanía que cada país tiene para gobernarse a sí mismo. Pero este argumento para no intervenir, es en realidad una excusa, pues el principio se viola constantemente cuando interesa. El caso es que nunca se viola para impedir una masacre.

La Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, en principio, ilegaliza el genocidio y llama a la intervención cuando se produce. Pero en la práctica es una herramienta interesada, en parte debido a que la URSS, "uno de los regímenes más destacadamente homicidas de todos los tiempos", tenía derecho de veto en las ponencias. La URSS, debido a que cuando se redactaba el texto todavía estaban operativos sus gulags, se encargó de excluir de los motivos del genocidio las razones políticas o los objetivos económicos. Esto, junto a que no existe un límite numérico en la definición (solo parece claro que cientos de miles o millones de víctimas serían claramente un genocidio), que se analizan las matanzas aisladamente y fuera de un marco eliminacionista más general, y que solo es delito si existe un "intención de destruir" a un grupo total o parcialmente (intención que hay que demostrar), hace que esta convención haya sido un fraude y una burla que no se ha usado nunca para una intervención en sus 60 años de existencia.

CAPÍTULO 7

ORÍGENES Y PAUTAS


MÚLTIPLES FACTORES, PERO OBJETO DE ANÁLISIS CIENTÍFICO.

El asesinato de masas es un acto político, a menudo con factores difíciles de analizar y en absoluto monocausal, pero con finalidades políticas concretas cuyas explicaciones ahistóricas, universales y reduccionistas (del tipo solo fue por un loco, o es el animal que llevamos dentro, o fue un estallido de violencia, o la presión social...) hay que rechazar del mismo modo que rechazamos explicaciones reduccionistas de las guerras, donde habitualmente analizamos la política concreta incluida la economía y el contexto internacional. El que algunos aspectos del fenómeno sean inabarcables por la ciencia, no significa que no haya otros aspectos que sí sean susceptibles del método científico. Tanto la locura como las razones aportadas, pueden ser objeto de estudio. El eliminacionismo forma parte integrante de un proyecto político premeditado y calculado para obtener éxito, razonado dentro de su irracionalidad. Y Hitler era un megalómano con una imagen delirante del mundo, un fanático pero no un loco en el sentido de que no supiera cómo llevar a la práctica sus deseos alucinatorios. Los líderes a menudo sopesan y calculan sus probabilidades de éxito, y usan la guerra como excusa para sus políticas bien estructuradas y sus deseos conscientes. Algunos factores los podemos deducir, otros solo los podemos sospechar porque se resisten a una explicación general o sistemática, pero otros los podemos afirmar sólidamente y compararlos con otros genocidios a fin de encontrar pautas comunes que nos ayuden a detectarlos. El apoyo de la masa, tanto en el caso de Hitler como en el de otros, es un aspecto que puede demostrarse y categorizarse analíticamente con utilidad. Y no lo olvidemos, la masa apoya porque cree en el proyecto, porque lo aprueba desde mucho antes de que se le haya presentado oficialmente en tiempo y forma propicia.

"El carácter crucial de las creencias de los perpetradores [...] son el factor que genera el móvil y la motivación para matar o eliminar [...] Ni la pobreza, ni la guerra, ni las sociedades multiétnicas, ni los conflictos étnicos agudos producen invariablemente, y ni siquiera habitualmente, el asesinato o la eliminación de masas." 
Los tres sistemas políticos que han dado cobijo y amplificado los deseos eliminacionistas de la manera más intolerante, han sido el comunismo, el nazismo y el islamismo político. Probablemente haya sido así porque reúnan las tres características visionarias que evitan la negociación o la solución de los problemas por medios más pacíficos y democráticos: "la necesidad de un control absoluto, el deseo de pureza y el imperativo de evitar el apocalipsis." A pesar de ello, en dos momentos del libro habla de carácter antieliminacionista del comunismo de Josip Tito en Yugoslavia, en lo que supongo que es más una excepción que una nueva contradicción.

Otras pautas en matrices clasifican las agresiones en diferentes tipos clasificados por criterios de lugar y motivaciones territoriales. Y otro que desarrollará a continuación, en el siguiente capítulo, son las semillitas de odio que se siembran con los discursos, el lenguaje, y las bromas que les roban la esencia humana a sus futuras víctimas. Algo parecido sucede cuando se bromea y se denigra constantemente a los "maricones", como si fuera una broma inofensiva, pero que se va transmitiendo de unos a otros, autorizando que el paso hacia la verdadera discriminación y agresión sea cada vez más fácil, más cercano, y más impune.

HAMBRUNAS CHINAS Y  NOAM CHOMSKY

Pero me parece más interesante la pauta que encuentra en las hambrunas. Dice el autor que las hambrunas se producen en su mayoría por decisiones políticas; "se trata de un hecho comprobado desde hace tiempo" y "es algo generalmente demostrado". Las creencias que sostienen esas políticas son, en última instancia, pautas a combatir, y pone el ejemplo de cómo las hambrunas en India dejaron de ser frecuentes una vez se democratizó el país y las autoridades pusieron remedio a ello. En cambio, las hambrunas de China, la peor en 1959 que duró dos años y murieron entre 30 y 40 millones de personas, fueron consecuencia de políticas gubernamentales deliberadas... del comunismo. En la nota número 10 se refiere al "trabajo pionero" del premio Nobel Amartya Sen, de donde saca estos datos y conclusiones.

Pero parece que esta acusación de Goldhagen es selectiva, ya que el propio Sen hablaba también de la responsabilidad del capitalismo en las hambrunas. Noam Chomsky, en su libro "Estados Canallas", respondía a una reseña que el académico Alan Ryan hacía de "El libro Negro del Comunismo" en la que sacaba conclusiones sesgadas. Las palabras de Chomsky sirven aquí también para desmentir, o al menos matizar, este aspecto de las conclusiones de Goldhagen sobre el comunismo:
"La terrible atrocidad merece totalmente la dura condena que ha recibido por muchos años, renovada aquí. Además, es correcto atribuir la hambruna al comunismo. La obra del economista Amartya Sen lo demostró con la mayor autoridad. [...] Pero antes de cerrar el libro de la acusación, querríamos pasar a considerar la otra mitad de la comparación de Sen entre la India y China, la que de una manera u otra nunca consigue salir a la luz, pese al papel central que ocupa en el núcleo argumental de Sen y el gran énfasis que puso éste en ella. [...] «pero hay pocas dudas de que, en lo que respecta a la salud, mortalidad y longevidad, China tomó amplia y decisivamente la delantera con respecto a la India», igual que en materia de educación y otros indicadores sociales. [...] El resultado es que, en 1979, «la vida del chino medio había tendido a ser mucho más segura que la del indio medio». Si la India hubiera adoptado los programas sociales de China, «habría habido alrededor de 3,8 millones menos de muertos por año hacia mediados de los años ochenta». «Eso indica que cada más o menos ocho años hay más muertos adicionales en la India -en comparación con las tasas de mortalidad chinas- que el número total de las personas que murieron en la gigantesca hambruna china (pese a tratarse de la mayor hambruna del mundo en este siglo).» «Aparentemente la India consigue llenar su armario con más cadáveres cada ocho años que los que China puso allí en sus años de vergüenza», 1958-1961."
En ambos casos los resultados tienen que ver con las predisposiciones ideológicas de los sistemas políticos, observan Drèze y Sen: en China hay una distribución relativamente equitativa de los recursos médicos, incluyendo servicios de salud rurales, distribución pública de comida y otros programas orientados hacia la satisfacción de las necesidades de la amplia mayoría de la población; todo ello es inexistente en la India. [...]
Sobreponiéndonos a la amnesia, ahora supongamos que aplicamos la metodología del El Libro Negro y de sus comentaristas a la historia completa, no sólo a la mitad aceptada por la doctrina. Concluimos, por lo tanto, que en India el "experimento" democrático capitalista que tiene lugar desde 1947 ha causado más muertes que toda la historia del «experimento [...] colosal, totalmente fallido», del comunismo en todas partes desde 1917: más de 100 millones de muertes hasta 1979 y decenas de millones desde entonces sólo en India."

CAPÍTULO 8

PENSAR Y ACTUAR


FACTORES DE INICIO Y SIEMBRA DEL ODIO

Hay CINCO FACTORES que conforman el eliminacionismo de hoy en día: el estado moderno, los conflictos estructurales dentro del estado (la mayor implicación de la sociedad en la política (que antes era inexistente), la permisibilidad internacional, la oportunidad política y la madre del cordero: las creencias latentes sobre la culpabilidad y el peligro del otro, es decir, los rencores y el odio sembrado en la sociedad.

El rasgo común más sorprendente en las ofensivas eliminacionistas es la ausencia de sorpresa o incomprensión, como cabría esperar si no tuvieran dentro la semilla del odio. No es algo antinatural ni nuevo para los perpetradores porque ya lo han pensado, hablado, bromeado... El rasgo común es, en definitiva, que es algo latente que estaba esperando la ocasión propicia. Lo que antes era irrealizable, un lejano deseo, pasa a ser gracias a determinados factores, algo realizable, posible, algo que hay que hacer antes de que las circunstancias vuelvan a cambiar y ya sea demasiado tarde.

CÓMO SE SIEMBRA Y COMO SE DIFUNDE EL DISCURSO DEL ODIO

Para diseminar el odio el principal medio es el lenguaje y sus diferentes formas, como viñetas, caricaturas, programas de radio y TV, Internet, bromas que todos aceptan y que van inoculando su veneno en la sociedad. Todo un cuerpo de insultos y prácticas cotidianas que dan por sentado los axiomas sobre los que se construye el siguiente discurso eliminacionista y que presentan a grupos enteros como:
"Sabandijas, que son intrínsecamente traicioneras, que tienen los apetitos, el sentido moral o la capacidad intelectual de los primates inferiores, que suponen un peligro, que anhelan tu casa, a tu mujer o tu tierra, que buscan tu destrucción y la de los que son como tú, y que deliberada y obstinadamente impiden la prosperidad o el progreso humano o divino. Los hereros son babuinos y cerdos, los judíos son bacilos o ratas, o los bolcheviques son demonios. Los polacos son infrahumanos. Los kikuyus son sabandijas, animales y bárbaros. Los bangladesíes son diablos. Los jemeres supuestamente impuros son «elementos infestados». Los mayas son animales, cerdos y perros. Los tutsis son cucarachas, perros, serpientes o cerdos. Los comunistas indonesios son infieles, igual que lo son los estadounidenses y muchos otros. Los habitantes de Darfur son esclavos. Abundan las metáforas sobre la enfermedad, la infestación, los animales depredadores o peligrosos, la delincuencia, la infrahumanidad y los seres sobrenaturales malignos. Semejantes conceptos primero se propagan lingüística y visualmente, y después se transmiten de forma similar a los demás, se enseñan a  las nuevas generaciones y son ulteriormente difundidos o intensificados por los líderes y los regímenes políticos."
Desde una aproximación diferente, me parece interesante la aportación de Comunicación No Violenta que hace Marshall Rosenberg y que he conocido gracias al canal de youtube de SubUtiles


DESHUMANIZACIÓN Y DEMONIZACIÓN

Deshumanizar es tratar como seres infrahumanos, como animales que carecen de derechos y respeto. La deshumanización tiene un límite biológico, porque depende de la naturaleza de la persona, no hay posibilidad de rehabilitación. Por el contrario la demonización predica una moral maligna, una depravación de la persona que puede llegar a ser equiparada con un demonio, pero su maldad se podía extirpar. Los blancos que esclavizaban a los negros los deshumanizaban, pero no los consideraban demonios. Muchos comunistas asesinos de masas demonizaban a sus enemigos pero no los deshumanizaban, de hecho como no tenían esa limitación biológica, una vez "reeducados" según el imaginario comunista, sus víctimas podían reintegrarse en la sociedad. Los nazis ni deshumanizaban ni demonizaban a los franceses, eran enemigos en el sentido clásico del término; los mataban como objetivo militar y como medida de represalia o disuasión. En cambio con los judíos, los alemanes los deshumanizaban y los demonizaban, ocupaban el escalafón más bajo en la jerarquía victimaria de los nazis.

La demonización se suele aplicar a los de nuestra misma raza, ya que deshumanizarlos sería un poco como negarnos a nosotros mismos la condición de humanos. Por otra parte, demonizar esclavos o grandes grupos de personas que pueden ser útiles no suele darse; "no es preciso que las bestias de carga sean además demonios".

En función de esta clasificación se deriva otra que clasifica a los tipos de víctimas en enemigos existenciales, herejes, infrahumanos y demonios. Esta clasificación determina aspectos esenciales de las políticas eliminacionistas que se aplicarán sobre las víctimas.

TEORÍAS SOCIALES Y MORALES PARA LAS VÍCTIMAS

Aunque estas categorías sugieren pautas, no dan explicaciones satisfactorias ni concretas. Para ello debe examinarse las teorías sociales y morales en las que viven los perpetradores, y que les aplican a sus víctimas. Aunque no todas tienen que terminar en agresión eliminacionista, cuando lo hacen suelen llevar pareja su propio tipo de ofensiva eliminacionista. El ESQUEMA puede quedar de la siguiente manera:

-Para los enemigos existenciales se emplea una teoría de realpolitik, es decir, de poder y dominación. En un mundo de rivalidades y luchas, la opción es matar o morir sin mayores consideraciones morales. La ofensiva que genera suelen ser las propias de las guerras sin moral, que no suelen ser eliminacionistas.
-Para los herejes se adoptan actitudes religiosas, incluyendo la religión secular del comunismo, que se componen de visiones apocalípticas que requieren un firme compromiso. Generan agresiones eliminacionistas masivas y semipermanentes.
-Para los infrahumanos se implementa cierto utilitarismo, ya que las víctimas son meros instrumentos a las que matar o utilizar como esclavos, por ejemplo. A diferencia de la realpolitik, se elimina a sangre fría sin necesidad de reflexionar debido a su inhumanidad. Generan acciones eliminacionistas que dependen mucho del prejuicio en particular, pero suelen oscilar entre la represión, la esclavitud y el asesinato.
-Para los demonios existe una obligación moral de eliminarlos, porque es un fin justo en sí mismo. Generan políticas de aniquilación total.

CAPÍTULO 9.

MENTES CONCRETAS, MUNDOS CONCRETOS


MUNDOS ELIMINACIONISTAS

El trato diferenciado que los perpetradores dan a las diferentes víctimas depende del concepto que tienen de las mismas. Cuanto más necesariamente eliminacionista es una ideología, más víctimas produce y son peor tratadas, por encima de otras víctimas objetivamente más peligrosas y otros enemigos del sistema.  Por ejemplo, las tasas de letalidad de las víctimas de los jemeres rojos variaba mucho según la gente nueva o la gente vieja, en donde la gente vieja eran de las zonas rurales y la nueva eran modernos de las ciudades que fueron exterminados en un 80 % que la gente vieja. Similarmente, aunque los nazis fueron tiránicos con la disidencia, no fueron eliminacionistas con los comunistas alemanes. Y en cuanto al número de víctimas, el caso comparado de los nazis con otros sistemas eliminacionistas lo demuestra, incluso comparándose con los jemeres rojos (que fueron los más totalitarios y "los igualadores más extremos del mundo moderno" ya que "ejercieron una completa penetración totalitaria de la vida social con la que sólo pueden soñar los demás regímenes que persiguen un control total, y al que los nazis nunca aspiraron ni estuvieron cerca de alcanzar"; los nazis dejaron cierto grado de libertad a los alemanes que no eran judíos, homosexuales ni comunistas) las tasas anual de letalidad nazi supera a todos los demás, aún teniendo en cuenta que China tenía mucha más población y que otros regímenes habían penetrado y controlado mucho más a sus disidentes. Y es que "a diferencia de los distintos asesinos comunistas o japoneses, el credo de los alemanes era explícitamente aniquilacionista."

Los alemanes no buscaban rehabilitar a nadie, los comunistas si soñaban con ello. El mapa de los alemanes solo encontraba pueblos a los que había que destruir más allá de sus fronteras, mientras que los comunistas solo veían a gente dentro de su país que necesitaban amoldarse al credo marxista. El marxismo en sí mismo, "sean cuales sean sus patologías y su inhumanidad sustanciales, perseguía una transformación social positiva a través de la restructuración económica y el cambio." El beneficio futuro de toda la humanidad era, en la teoría comunista, el objetivo a conseguir, mientras que el futuro del nazismo solo contemplaba situar a unas razas por encima de otras, cuando no eliminar directamente a alguna de ellas.

Goldhagen no considera el comunismo más moral que el nazismo, tan solo indica que en el núcleo del primero no contiene lo que tenía el otro. Pero...
"Nada de esto hace menos homicida el afán homicida de estos regímenes que el de los demás, ni moralmente menos condenables, relevantes o significativas las muertes de sus víctimas. Pero a diferencia de los demás regímenes colosalmente eliminacionistas y homicidas de masas, el empeño de los nazis en masacrar gente era algo orgánico en su ideología, con su concepción racista y biológica de la humanidad y del valor humano y de su concomitante afán por la pureza racial, por la expansión y por el dominio. Era una ideología de la destrucción."

MUNDOS COMUNITARIOS

Las comunidades en las que los verdugos viven inmersos en una comunidad social, tenían vidas sociales. "Asistían a eventos culturales, iban al cine y daban fiestas". A menudo vivían en sus casas y comentaban lo ocurrido a sus familias, o mandaban cartas para comunicarse con sus familiares si vivían lejos. Salvo en el caso de los gulags soviéticos que estaban apartados, en general los verdugos no eran personas que estuvieran tan abstraídas o estresadas en su mundo de guerra y destrucción que perdiesen el sentido de lo que vale una vida humana. Lo que encontraban en sus familias (y en el resto de sus comunidades) no era ni un bálsamo para olvidarse de su mundo de muerte, ni un perdón para poder seguir con su tarea impuesta contra su voluntad, sino una confirmación de que lo que estaba haciendo era algo que todo su grupo quería que hiciese.

El concepto de comunidad, tal y como lo configura el autor, es más amplio. En primer lugar están los otros perpetradores que actúan en el mismo campo o mismo batallón, en segundo lugar los pueblos o ciudades en las que tienen lugar las ejecuciones, en tercer lugar las comunidades de origen ya comentadas (familias y vecinos), en cuarto lugar la comunidad nacional, étnica o religiosa a la que pertenecen y por último la comunidad internacional.

Hay muy pocas pruebas de comunidades disidentes y muchas pruebas de comunidades que apoyan a los asesinos. El apoyo se da también entre las élites de intelectuales que refuerzan y desarrollan dicho apoyo:

"El «pueblo de poetas y pensadores», como gustaban de llamarse a sí mismos los alemanes, el pueblo con mayor educación de Europa, no era distinto de los granjeros analfabetos hutus (la tasa de alfabetización de los adultos de Ruanda, aproximadamente el 50 por ciento, estaba entre las más bajas del mundo). Los intelectuales, los abogados, los maestros, los médicos y el clero -los líderes de opinión y en algunos casos, sobre todo en el clero, los líderes morales- validan las creencias y los actos eliminacionistas de los miembros corrientes de sus sociedades, y ocasionalmente apoyan aún más la confianza de los perpetradores en la solidaridad de su pueblo. Ya hemos examinado cómo los escritores e intelectuales serbios, incluido el colectivo más influyente de pensadores del país, la Academia Serbia de las Artes y las Ciencias, colocaron los fundamentos conceptuales comunes e incluso proporcionaron el liderazgo político para las agresiones eliminacionistas de los serbios. Los intelectuales, los médicos, los juristas, los profesores y el clero alemanes contribuyeron crucialmente a difundir  el antisemitismo eliminacionista, y otras ideas racistas y deshumanizadoras en Alemania antes del periodo nazi y durante el mismo. Una gran cantidad de libros, incluidos los primeros trabajos de expertos sobre el nazismo y el Holocausto llevan títulos como Los profesores de Hitler, El Tercer Reich y sus pensadores, los médicos nazis, la justicia de Hitler, El antisemitismo revolucionario en Alemania de Kant a Wagner. Personas tan cruciales desde el punto de vista social y cultural prepararon análogamente el terreno para los demás asesinatos y eliminaciones de masas de nuestro tiempo, como las perpetradas en nombre de Marx y de la tierra prometida por él y por sus epígonos intelectuales. Vladimir Lenin, León Trotsky y otros, que colocaron los cimientos e iniciaron la agresión eliminación a largo plazo de los comunistas contra muchos sectores de la sociedad soviética, eran hombres extremadamente inteligentes y autor de doctas obras marxistas. Pol Pot y otros líderes jemeres rojos también tenían una educación relativamente elevada, ya que absorbieron su marxismo fundacional en París."
MUNDO DE LOS CAMPOS

Los campos alemanes, que no fueron ni los primeros (fuimos los españoles en la guerra contra Cuba, que hacinamos y nos cargamos 200.000 personas) ni los últimos, eran visibles y estaban perfectamente integrados en la sociedad como ya se ha comentado anteriormente. La gradación y degradación de los campos dependía de la jerarquía asignada a las víctimas; en ellos se podía comprobar las categorías que los nazis habían hecho a sus víctimas (los judíos siempre estaban por debajo del resto de prisioneros). Esto no era consecuencia de la guerra, pues se habían empezado a utilizar antes de la misma. Lo mismo se predica de los gulags soviéticos (que tenían a los dokhodyaga, trabajadores menos útiles, en el último lugar de la jerarquía), pero estos últimos cambiaron mucho a lo largo de la guerra y se relajaron conforme se relajaban las altas esferas, había cierta vida cultural y talleres donde los prisioneros hacían y vendían cosas, había contacto con el exterior mediante el correo, tenían instalaciones sanitarias, etc... No por ello dejaba de ser un infierno, pero el destino de esos prisioneros no era la muerte. La gente entraba, y según el ideario soviético, podía reeducarse y salir y reintegrarse en la sociedad. Todo esto era impensable en los campos de concentración nazi, donde la ideología del régimen condicionaba el trato y la visión que se tenía de los prisioneros.

Las fases de estas instituciones son consecuentes con las ideas que los crean. Mientras que los nazis crearon más campos cuando tuvieron la oportunidad de ser más eliminacionistas, los soviéticos relajaron el rigor a finales de los 40 cuando ya no quedaban muchos más disidentes internos y los campos estadounidenses para japoneses (el sistema más racionalmente organizado y menos brutal de todos) se desmantelaron cuando derrotaron a los japoneses.

No obstante, a pesar de su coherencia interna, cualquier sistema de campos es económicamente irracional, porque la razón eliminacionista que los impulsa impide explotar de manera racional su vertiente económica. No se mataría a un trabajador útil y productivo, ni se le impondría tareas que solo tienen el sentido de trabajar por trabajar, o para castigar o para reeducar, si hubiera detrás una motivación de rentabilidad económica. No se le roba sus nombres tatuándoles un número ni afeitándoles las cabeza, ni se les hace saber por todo medio de brutalidades que pertenecen a otro submundo por debajo de la humanidad... si todo fuera una cuestión meramente económica. Goldhagen analizó más exhaustivamente esto en los VVH y aquí lo extiendo a todos los demás sistemas de campos.

Nuestro profesor de Harvard hace una oportuna diferenciación entre los sistemas de campos y el esclavismo: aunque tratarlos como esclavos gratifica a los perpetradores, los esclavos, a diferencia de estos presos, tenían "una mínima protección legal, se mueven entre la población general de la sociedad esclavizadora y pueden tener relaciones con un cierto grado de afecto subjetivo por parte de sus amos."

MUNDOS PERSONALES (la crueldad)

La extrema crueldad, innecesaria y gratuita, el placer de hacer daño, el enseñar a las víctimas lo abyectas que son y lo merecedoras que son de sus castigos, es en definitiva el nudo gordiano que no pueden desenmarañar ninguna de las teorías que tradicionalmente se proponen para abordar el tema de los asesinatos de masas.

El autor nos presenta tres clasificaciones de crueldad. La primera nos muestra una clasificación de CRUELDAD SEGÚN LA VOLUNTARIEDAD U OBLIGATORIEDAD de su origen. En la matriz que se muestra a continuación salen estos 4 tipos de crueldades excesivas, de los cuales los que más interesan al autor son las que no emanan de una orden.



ORDENADA DESDE ARRIBA
NO ORDENADA
APLICACIÓN  COLECTIVA
Organizada y estructurada (campos)
Ejecución en grupo
APLICACIÓN  INDIVIDUAL
Supervisada (muy rara vez)
Iniciativa individual








Comparando las crueldades de unos y otros no cabe duda de que los alemanes nazis se llevan la palma en cuanto a persistencia, medios, inventiva, compulsión, etc... Los vigilantes soviéticos de los gulags, al no estar tan ideologizados, tarde o temprano comprendían que las víctimas no eran tal y como las retrataba el régimen, y no hicieron de la crueldad gratuita un sello de identidad de su sistema de campos, ni siquiera llevaban armas en el campo.

La segunda clasificación nos presenta 5 TIPOS DE CRUELDAD EXCESIVA SEGÚN MOTIVACIONES personales o sociales:

1. Crueldad conradiana: el monstruo que llevamos dentro saldrá a la superficie en cuanto desaparezcan los muros de las normas civilizadoras que lo mantienen a raya. Su origen está en la naturaleza humana.
2. Crueldad zimbardiana: se trata de los experimentos de la Universidad de Stanford que hicieron famoso a Philip Zimbardo. Zimbardo reunió en una prisión simulada a varios estudiantes y les dio el papel de presos y vigilantes, pero ellos se creyeron demasiado su papel hasta el punto de tener que suspender el experimento. El origen de esta crueldad está en la estructura de las relaciones sociales, los papeles que se le dan a los sujetos.

Recomiendo el magnífico capítulo de Redes "La pendiente resbaladiza de la maldad" en el que Punset entrevista a Zimbardo y comenta dicho experimento junto con las tesis que el autor propone en su nuevo libro "El efecto Lucifer: el por qué de la maldad."


Goldhagen concede a Zimbardo una mayor validez que a Milgram, pero aún así, piensa que el experimento era "demasiado artificial, breve (seis días) y limitado en el número (veinticuatro) y el tipo de participantes (estudiantes no licenciados de la Universidad de Stanford) como para discernir su validez general". Y aunque piensa que puede ser válido para explicar por qué algunas personas sin animadversión previa, pueden comportarse cruelmente con otras tan solo por la presión situacional, rechaza que esta pueda ser una explicación del origen general de la brutalidad de los perpetradores que se analiza en este libro. Zimbardo ha incorporado en análisis más recientes, algunos aspectos que serían más del agrado de Goldhagen, como el papel de los políticos como creadores de las cestas que se pudren (y que pudren a su vez a las manzanas que son los perpetradores), los "bad barrels makers". Para ello, ver la amena e instructiva conferencia de Zimbardo en la Ciudad de las Ideas en 2009.

3. Crueldad merecida: los verdugos tienen la convicción de que sus víctimas merecen sufrir, es casi un imperativo moral, basado en normas que a menudo crean las ideologías y culturas en las que se educan los verdugos. Por eso también se le podría llamar crueldad ideológica.

4. Crueldad vengativa: una mezcla de pasión y fariseísmo, tal y como la describe el autor. Se trata de la creencia, real o falsa, de que los verdugos están reaccionando en vez de actuando. Es una defensa frente a una conducta peligrosa de sus víctimas. Aquí, darles su merecido a las víctimas, no tiene la intención de que aprendan nada excepto el dolor que ellas mismas han infligido supuestamente a sus verdugos, o al grupo que representan. Esta crueldad se basa en la experiencia, ya sea real o subjetivamente percibida.

5. Crueldad maquiavélica: es un instrumento políticamente calculado para "promover objetivos estratégicos o tácticos convincentes". Son los propósitos eliminacionistas los que se quieren conseguir, torturar para conseguir una confesión o mostrar la crueldad a los demás para aterrorizarlos y mantenerlos sumisos.

La 2ª y la 5ª son instrumentales y apenas se dan en las agresiones eliminacionistas. El resto son fines en sí mismos y proporcionan placer moral y psíquico.

A pesar de las cautelas que deben establecerse a la hora de asociar un tipo de crueldad con un tipo de víctima, Goldhagen lo intenta en ese afán clasificador y de coherencia interna que caracteriza a sus obras. De esta manera, y repito, sabiendo lo difícil que resulta "desenmarañar de los distintos tipos y orígenes de la crueldad, y de analizar fiablemente su distribución en una agresión eliminacionista", los tipos de crueldad pueden asociarse a un tipo de víctimas: los enemigos existenciales suelen ser objeto de crueldad vengativa, los infrahumanos de la conradiana, las víctimas demonizadas (ya sean herejes o demonios) de la merecida.

Luego hay un tipo particular de crueldad, que tradicionalmente no se ha estudiado bien o de manera demasiado general. Es necesario estudiar singularmente la CRUELDAD HACIA LAS MUJERES Y LOS NIÑOS. Contra las mujeres se usa la violación sexual como arma de guerra. Las mujeres que son objeto de violaciones no es por culpa de un instinto masculino, aunque ese impulso sexual y las situaciones bélicas pueden ayudar a que cuaje una orden y estrategia política que es la razón de ser de las violaciones sistemáticas, un arma que es una forma de eliminacionismo eficaz y barata, pues estigmatiza a las mujeres y aumenta el número de perpetradores dentro de las filas de las víctimas. Este fue el caso de Nankín, Bosnia, de los soviéticos con las mujeres alemanas, Bangladesh etc...

Coherentemente con el concepto que de los judíos tenían los alemanes, los casos de violación sexual se centraban en víctimas no judías. El temor a los judíos, el símil de infección en la sociedad, los prevenía de intentar un contacto tan íntimo.

La crueldad contra los niños se explica porque "si no son ya nocivos, crecerán para convertirse en los seres supuestamente aborrecibles y peligrosos que son sus padres." Estos condicionamientos, que dependen del tipo de víctima que se trate, son tan fuertes que se apartan las emociones o los instintos de protección o ternura que pudieran sentir los perpetradores de manera natural hacia los niños. Hay 5 formas de tratar a los niños, aunque la dos últimas son en realidad dos excepciones a las 3 primeras: a) no son objetivo y no los eliminan, b) les guardan un destino eliminacionista menos severo que el de sus padres, esto suele suceder cuando se emplean otros medios no aniquilacionistas, como por ejemplo cuando los expulsan junto a lo que queda de sus familias, pero no los aniquilan. Y c) cuando los tratan igual que a los adultos. La cuarta, d), es cuando consideran que son real o potencialmente diferentes y se merecen un destino mejor (el caso de los turcos con los niños armenios, en donde el componente racial tenía poca virulencia). Y en d) se da justo lo contrario, cuando los niños son peor tratados que los adultos (sería el caso de los nazis con los niños judíos, a quienes la mera visión de una judía embarazada les daba asco, y también el caso de los hutus en Burundi).

El tratamiento comparativo dado a los niños aporta claridad sobre la mentalidad y los móviles de los perpetradores. "No todas las crueldades son compatibles con todas las mentalidades y todos los móviles." El exceso de crueldad echa por tierra las explicaciones basadas en la desaprobación de las acciones.

"Todos aquello que supuestamente asesinan o expulsan contra su voluntad a las víctimas, o simplemente lo hacen por obediencia o por la presión de los compañeros para ayudar a sus camaradas, en ningún caso podrían abalanzarse sobre los hijos de las víctimas con la furia, la brutalidad excesiva deliberada y el regocijo de los perpetradores."

Nuevamente el caso de los nazis vuelve a destacar y aporta claridad al análisis de Goldhagen:

"Los alemanes adoptaron más métodos para tratar a los niños. No atacaron a los hijos de los comunistas alemanes, ni a los de otros herejes. Generalmente asociaban a los hijos de los polacos, de los rusos y de otros supuestos infrahumanos a la suerte de sus padres. Masacraban y trataban brutalmente de una forma particularmente exhaustiva y entusiasta a los hijos demoniacos de los demonios judíos. Robaban y criaban como alemanes a los niños de los pueblos víctimas cuya fisionomía personal se ajustara al ideal de la raza hegemónica según el demencial sistema de contabilidad racial-biológico y político de los alemanes."
MUNDOS CONCRETOS 

La conclusión de este capítulo, ya anticipada en varias partes del libro, y quinta esencia de la obra de Goldhagen es que existen diferencias entre unas agresiones eliminacionistas y otras, y dentro de una misma también. Y cada una de ellas debe ser estudiada singularmente para después poder compararlas con las demás. Estudiarla significa ir a los hechos y olvidarse de explicaciones teóricas basadas en clichés como los que critica Goldhagen, y al final llegaremos a la conclusión de que el factor determinante es la mente del asesino y sus prejuicios. "El hecho más crucial de las políticas y las agresiones eliminacionistas, que condiciona virtualmente todos los aspectos [...]: el concepto que tiene la gente de los otros." Por eso "las mentes concretas crean mundos concretos."

CAPÍTULO 10

PRÓLOGO AL FUTURO

Desde aquí hasta el final el libro, nos adentramos en un terreno menos riguroso, donde las ideas políticas del autor se mezclan con su buen hacer en ciencias sociales, para llegar a conclusiones un tanto forzadas, contradictorias e ingenuas cuando menos.

Aunque el origen está en la mente del perpetrador, sus sueños no son posibles sin el factor político que le hace creer que se pueden hacer realidad pronto. Por eso en este capítulo se acusa a los sistemas políticos que pueden ayudar a esas mentes en un futuro próximo. Esto deja fuera de la amenaza clásica a los imperios tradicionales, tan solo China y EEUU tendrían capacidad para desarrollar un imperialismo eliminacionista aunque es harto improbable. El comunismo ha muerto y la amenaza de un Alemania tiránica ha desaparecido. Tan solo quedan algunos eliminacionismos regionales a pequeña escala, pero con la globalización cada vez lo tienen más difícil. El balance general es positivo si lo comparamos con tiempos recientes.

Sin embargo la amenaza subsiste bajo dos nuevas formas que se solapan, el islamismo político y los terroristas no estatales (en realidad solo es uno, el islam, aunque el autor evite ese juicio para no entrar a juzgar a las religiones en general):

En primer lugar el término "islamismo político" es más acertado, según el autor, frente a islamismo-fascismo, islamismo radical o fundamentalismo islámico. La razón es que es una postura básicamente política y no religiosa. El término elegido clarifica que es "la política, y no la religión per se" la cuestión que está detrás.

No puedo estar en más desacuerdo con el autor. Si Christopher Hitchens viviera se estaría riendo de este análisis tan hipócrita y evasivo: Goldhagen cae en los mismos vicios que denuncia en otros cuando aísla la cuestión religiosa como germen del odio que recorre el Medio Oriente. Lo que Goldhagen tanto denunciaba en éste y otros libros, es que no se explicaba como tantos expertos han ignorado los discursos y las declaraciones de intenciones de Hitler, antes y después de llegar al poder, en las que hacía públicos sus deseos aniquilacionistas con el pueblo judío. Ignorar esas intenciones es infravalorarlas como la motivación principal de las mentes de los perpetradores. Por ello Goldhagen está dentro de los intencionalistas, que creen que el plan de aniquilar a los judíos ya estaba gestado y no fue consecuencia de las circunstancias ni improvisado por la lógica de la guerra. Frente a los intencionalistas están los funcionalistas, que hablan de otros factores estructurales o psicológicos, pero que olvidan la política, las creencias y los prejuicios que estaban latentes dentro de las mentes de los perpetradores.

Pues bien, eso mismo le pasa ahora a Goldhagen. Cuando se trata de la religión, se convierte en funcionalista. Elude centrarse en la clave que domina la mente de todos esos perpetradores islámicos: la religión. Si el antisemitismo es la fuerza que guía el furor homicida de los nazis, y el marxismo es la inspiración de los asesinos de masas comunistas, ¿cómo puede señalarse la responsabilidad de esos virus ideológicos y absolver a la religión de ser la primera causa de toda la sin-razón islamista? Quizás el autor no quiere acusar al judaísmo o a Israel, a los que debe sentirse muy próximos a la luz de las pocas alusiones que hace contra el estado hebreo en el escenario político internacional. Razones no le faltarían, pues son demasiado conocidos los reiterados vetos e incumplimientos que Israel ha protagonizado en el seno de la comunidad internacional como para reproducirlos aquí.

Sea cual sea la razón de este desatino, no se puede comprender como con frases como la que sigue, se puede seguir insistiendo en que la religión no es "per se" el problema: "El islamismo político, [...] es internacionalmente coherente casi exclusivamente gracias a una poderosa ideología política basada en la religión."

Para salvar a la religión, Goldhagen se ve forzado a exculpar los textos sagrados con típicas y acríticas valoraciones como que el Corán no dice necesariamente lo que los islamistas políticos interpretan en sus pasajes, o que sea posible otras interpretaciones del Corán más acorde con los tiempos, como sucede con otras religiones. Sin embargo, en alguna ocasión le traiciona el subconsciente y afirma que las leyes de la sharia, que forman parte del Corán, "son leyes fundamentalistas, antidemocráticas y antipluralistas" (se podría decir lo mismo de varias partes de la Biblia, que aprueba determinados genocidios y asesinatos de generaciones enteras, niños incluidos).

Independientemente de si el Islam es compatible con la democracia (debate que requeriría todavía más espacio y más estudio), no cabe duda de que el islamismo político tiene mucho peso político en Oriente Medio. Existen versiones del islam más intolerantes que otras, por ejemplo los estadounidenses musulmanes no son violentos, mientras que el islamismo político tiene un potencial muy dañino al tener un gran peso político en muchos gobiernos: Irán, Afganistán, Sudán, Somalia además de Hezbolá, Hamás o Al Qaeda. "Ya tiene como seguidores a una buena parte de los más de 1200 millones de musulmanes del mundo (aunque muchos musulmanes consideran anatema dicha política)." Por ello, y porque es declaradamente totalitario, violento, engreído sobre su superioridad, alejado de la realidad y con muchos resentimientos, es el movimiento político eliminacionista más peligroso y nuestra mayor amenaza. Es incluso mayor que los demás regímenes de nuestro tiempo porque reúne tres características muy perniciosas: a) se basa en la religión, b) enseña una automática demonización del oponente, y c) propugna una cultura que glorifica la muerte y que se le enseña incluso a los niños. Las famosas viñetas de Mahoma en Dinamarca en 2005 y las palabras del Papa en una universidad de Alemania en 2006, que despertaron condenas muerte por todo el mundo musulmán, confirma esta intolerancia permanente que reside en el pensamiento islamista.

Dentro del islamismo político, el antisemitismo es tan alucinatoriamente fantasioso y delirante, que compite con el de los nazis. "Tres presidentes iraníes consecutivos han instado públicamente a la aniquilación de Israel." Y en el caso de los terroristas no estatales, como Bin Laden, condenan a la muerte a los judíos como pueblo, no solo como estado. Lo mismo se predica de Nasrallah, Hamás o Hezbolá. La negación del Holocausto por Ahmadinejad junto al potencial armamento nuclear que quiere desarrollar nos debería poner en alerta. [EDITO 22/07/2014: Goldhagen cita una fatwa saudí justificando el uso de armas nucleares, pero no dice nada de la fatwa de 2005 del lider iraní Ali Jamenei, con más poder que Ahmadinejad, que dice que el islam prohibe las armas nucleares]. Los avisos de estos políticos, al igual que el de los otros perpetradores que como Hitler avisaron de sus intenciones mucho antes de empezar a implementarlas, deberían evitar que nos tomemos a la ligera estas declaraciones de intenciones. Ellos hablan en serio, no son vociferaciones que se lanzan en el ardor de un discurso y que no se desean concretar en nada. La amenaza contra Occidente, más incluso que contra los judíos, "no debe despacharse como una fantasía megalómana liliputiense", porque sus sueños de dominación  son seguidos por millones de fieles. El que la alucinación venga de países pobres y que en Occidente tengamos ejércitos e industria moderna nos hace pensar que son bravuconadas.

"Por muy débiles que puedan ser los países islámicos, esa forma de pensar sobre los islamistas políticos y sobre la fuerza y la gravedad de sus amenazas es errónea. Gran parte del mundo islámico está en manos de los islamistas políticos, aunque gran parte no lo está. (El mundo es muy grande)." [La cursiva es mía, para subrayar esta paradoja que aporta más incoherencia en vez de mayor claridad.]
El islamismo político es, como todos los regímenes no democráticos, protoeliminacionista, pero si a esto le añadimos la posibilidad de las armas nucleares el futuro es más inquietante y mortífero que el pasado, a pesar de la desaparición del comunismo y del imperialismo.

"Las armas nucleares pueden ser el gran igualador homicida de masas y eliminacionista. Aquí es donde la tecnología altera la ecuación genocida. Hasta hoy, los fuertes perpetraban asesinatos y eliminaciones de masas contra los débiles. Con la alta tecnología, los débiles tienen por fin una oportunidad de asesinar en masa a los fuertes. Al existir esa posibilidad real, sueñan con ella. La planean. Pretenden hacerla realidad."
Independientemente del odio que contiene el islamismo político, o incluso el islam, hay algo que me sorprende en el libro; y es que parece que nada de lo que Occidente le ha hecho a Oriente Medio en toda su historia ha servido para alimentar ese odio. En otras palabras, parece que todo el imperialismo y todas las guerras con las que se ha saqueado a todos estos países islámicos, no son nada más que invenciones o excusas que no merecen resaltarse.

"Es un dogma esencial de su ideología. Para los islamistas políticos, Occidente ha oprimido, humillado, dividido y dominado durante siglos a las naciones musulmanas. [...] cobrarse la venganza del islam por unas humillaciones que achacan a Occidente y a Israel [...]."

No hay más que echar un vistazo a la historia de Oriente Medio en el siglo XX para darse cuenta de que por mucha exageración y delirio fanático que los islamistas exuden por sus poros, esas humillaciones, divisiones y dominaciones han sido una realidad histórica. En varias partes del libro el autor reconoce los abusos de los soviéticos contra los alemanes, y reconoce que los argumentos que daban los soviéticos eran referidos a la brutalidad que previamente habían usado los alemanes contra ellos. Decir que eso es cierto, no equivale a justificar el asesinato de los alemanes. De la misma forma, el autor debería reconocer los abusos de Occidente en Oriente Medio, sin miedo a justificar con ello las políticas homicidas que el mundo musulmán quiere aplicar como revancha a Occidente.


CAPÍTULO 11

LO QUE PODEMOS HACER


Se necesita un discurso antieliminacionista porque esto es un problema de primer orden en el mundo. Los muertos por políticas homicidas de masas son más que los que causan los desastres naturales y la guerra. Los medios dirigen su atención a asesinatos sensacionalistas infinitamente menores, que suceden en nuestras ciudades y barrios, y no prestan ninguna o escasa atención a las masas que mueren lejos de nuestro país. El sensacionalismo, y no el valor de las vidas humanas, es lo que venden los medios de comunicación. Si los medios de comunicación fuesen consecuentes con la gravedad de las matanzas, dedicarían mucho más espacio a las masacres en curso, y harían que los ciudadanos tuvieran una mayor cultura del mundo en el que viven. Los medios de comunicación pueden generar la presión política que obligue al mundo civilizado a hacer algo más que quedarse sentado y lamentar las muertes ajenas. Así sucedió, aunque tardíamente en EEUU con el caso de Bosnia.  Una pequeña presión política internacional obligó a Milosevic a sentarse con líderes internacionales con "resultados extraordinarios", según el documental homónimo. "Bosnia demuestra el inmenso poder de los medios para instar a la acción, lo que únicamente resalta sus deficiencias en casi todos los demás casos eliminacionistas."

Esta incapacidad de la comunidad internacional para adoptar medidas para evitar o detener los asesinatos de masas, no equivale a la incapacidad de detener la enfermedad, la pobreza y otros aspectos supuestamente inevitables de nuestro mundo, porque a diferencia de todo esto, existe un consenso sobre no asesinar y en contra del genocidio, pero a pesar de ello no se hace nada. Es más, nos solemos autocensurar a la hora de analizar esta lacra, porque a veces exigiría mirar hacia nuestro pasado y condenarlo, y cada país suele negar sus genocidios. El eliminacionismo no es inevitable, ni producto de las guerras, ni de la pobreza, ni de la injusticia colonial, ni de la globalización, ni escapan irremisiblemente a un análisis racional.

En otros tiempos era impensable un avance del calibre que la humanidad ha experimentado desde comienzos del s. XX: el colonialismo se ha abandonado y se considera injusto, "el imperialismo no conduce ni a la gloria ni al beneficio económico", las guerras son vistas como económicamente autodestructivas... todo esto ha surgido como un "interés propio ilustrado" antes de universalizarse. Este mismo razonamiento y estos mismos cambios podrían suceder con el eliminacionismo y los asesinatos de masas, pero hay que trabajar en la dirección del discurso antieliminacionista. Hay que invertir el balance de la relación coste-beneficio que permite que a los líderes homicidas les salga rentable la agresión eliminacionista. La impunidad de estos políticos hace que el balance les salga positivo y por ello Goldhagen apuesta por una serie de medidas: castigos que deben recaer sobre todo alto funcionario y no solo sobre los líderes políticos, y que pueden consistir en la cárcel o la muerte, recompensas que funcionan a una escala menor también podrían funcionar a una escala mayor, y otras serie de medidas de prevención como apostar por la democracia y aislar políticamente a las dictaduras que son todas ellas protoeliminacionistas. Aunque la democracia no sea una vacuna contra el genocidio, hay muchas menos probabilidades de que suceda algo así en una democracia. Es necesario incluso invertir el balance de la relación coste-beneficio de las dictaduras en sí mismas. No debería salir rentable erigir una dictadura. Forzar la democratización funciona. Ha funcionado en Latinoamérica, cuando EEUU dejó de apoyar a las dictaduras, y funcionó en la Unión Europea cuando exigió a Turquía ciertas reformas democráticas.

A partir de aquí hasta el autor desarrolla una diatriba contra la ONU y el actual ordenamiento jurídico internacional, y propone refundar el mismo a base de más compromiso, más democracia y más castigos para los infractores. En este nuevo plan, la ONU es más un estorbo que una solución, de hecho es parte del problema. Hay que eliminar a los organismos inútiles y colaboracionistas con las agresiones genocidas, y la ONU "es el infractor más palmario." No se trata de negligencia, sino que las instituciones del sistema internacional están constituidas (en parte bastante a propósito) para que no detengan ni puedan detener eficazmente las políticas eliminacionistas." La ONU y el derecho internacional proscriben la guerra no defensiva y el imperialismo, pero este mismo ordenamiento impide actuar eficazmente cuando algo peor que la guerra está sucediendo.

La lógica fundacional de la ONU, que nació tras la traumática experiencia de dos guerras mundiales, era evitar las guerras y el imperialismo que entonces guiaba las relaciones internacionales. El derecho a la no injerencia y la soberanía de los pueblos pasaron a ser principios que tenían su sentido entonces. De hecho lo siguen teniendo ahora, pero el sistema se ha quedado obsoleto porque el factor eliminacionista entra en juego. Cuando sucede un genocidio, esos mismos principios que nacieron para salvar vidas inocentes y evitar que los canallas asesinaran tomándose la justicia por su mano, sirven ahora para que esos mismos canallas hagan en su territorio, lo que el derecho internacional no les permite hacer fuera del mismo. Y nadie puede legalmente inmiscuirse en sus asuntos internos. Pero "respetar la soberanía de los estados criminales, es decir, las no democracias y las tiranías, no reduce la guerra sino que la promueve". Estos sacrosantos principios entorpecen a la hora de combatir el eliminacionismo porque
"ocuparse eficazmente de la política eliminacionista, especialmente una vez que ha comenzado una eliminación o un asesinato de masas, habitualmente exige que un país o una alianza intervenga para iniciar hostilidades contra un país que no le ha atacado, y, a fin de sustituir a un régimen eliminacionista, probablemente sea necesario que una o varias potencias extranjeras ocupen el país. Lo primero tiene el aspecto de una guerra de agresión, y lo segundo, de imperialismo."
La ONU protege y legitima el eliminacionismo, y no es de extrañar si tenemos en cuenta que siempre ha tenido entre sus miembros (incluso con derecho a veto) a una mayoría de dictaduras. Siempre ha sido manipulada por China y por "la principal tiranía del mundo", la URSS, que mientras duraba la guerra fría ha ejercido sistemáticamente su derecho de veto, al igual que EEUU y su área de influencia, para tapar las matanzas y tomar una actitud pasiva. Cuando la URSS cae parece que todo se democratiza algo más, es posible intervenir en Bosnia y Kosovo. Y aunque EEUU vuelve a "su estado natural" (como si EEUU solo actuase por reacción a lo que hacía la URSS) los principios que rigen el sistema internacional permanecen inalterables. El autor no deja de reconocer en varias partes del libro que EEUU también ha manipulado a la ONU para sus propios intereses, y que durante los 70 y 80 los países satélite eliminacionistas (o que toleraban el eliminacionismo) de EEUU eran más que los de la URSS. No obstante, tal y como vimos anteriormente, su apuesta por el capitalismo y la globalización, incluso con sus defectos, es una opción de futuro mucho más moderna y preventiva que la utopía contradictoria del marxismo.

Como quiera que sea, Goldhagen no es ajeno al debate "con la ONU o sin la ONU", que divide a aquellos que la ven como un contrapeso al omnívoro poder estadounidense, y a aquellos unilateralistas republicanos de EEUU que la ven como un estorbo a sus planes de dominación e intereses nacionales. Goldhagen pasa del debate. Él apuesta por un nuevo principio, "la responsabilidad de proteger", tímidamente desarrollado por el momento, y que fuerza "a ignorar la soberanía cuando un gobierno masacra a la población civil". Todas las demás consideraciones son secundarias.

Este análisis teórico, que en principio no pinta mal, se va cuarteando a medida que finaliza el libro, fundamentalmente por dos motivos: su análisis de la Guerra de Irak y su ingenuidad al confiar el papel de policía a quien más ha robado.

El debate de la Guerra de Irak, mal enfocado según la opinión del autor, nos muestra la necesidad de implementar este principio. La hipótesis original y principal nunca estuvo sobre la mesa, porque el derecho internacional no la contempla. La intervención estaba, o debería estar legitimada por el mero hecho de que Sadam era un horrendo criminal de masas. Esto debería ser motivo suficiente para sacarlo del poder, intervenir y proteger a la población:
"Es más, en principio, hacerlo debería ser el deber de otros Estados y de la comunidad internacional. Que se trate o no de una iniciativa acertada o prudente (teniendo en cuenta otros principios importantes y los costes, el daño y las muertes que producirían las medidas prácticas para derrocarle) es también una cuestión esencial, que sin embargo pasa a ser relevante y debe evaluarse caso por caso solo después de que se reconozca el principio básico: los asesinos de masas no tienen derecho a gobernar, y con ello a matar a la gente."
 Aún aceptando que tanto el principio que propone como la reforma de la ONU sean necesarias, el análisis que hace de las posiciones en la Guerra de Irak me parece muy tramposo. Parece como si todos los que se oponían a invadir Irak eran ignorantes o cómplices de las torturas y asesinatos del régimen de Sadam. Retrata al movimiento del "no a la guerra" como condescendiente con los crímenes de Sadam, solamente preocupado por criticar a EEUU. Goldhagen no entra a discutir si las muertes de la guerra han sido más o menos que las que se habrían seguido produciendo de haber seguido en pie Sadam Hussein. Eso es algo que ahora se puede hacer de manera retrospectiva. El análisis retrospectivo que ahora se puede hacer, tiene un inconveniente; y es que los muertos ya están muertos, no son una hipótesis. Lo moral es plantearse esas muertes y evaluar la relación coste-beneficio de la guerra (coste-beneficio moral, no monetario ni energético) antes de iniciarla, en base a lo que se prevé que pueda suceder. De lo contrario siempre recurriríamos a la guerra sin pensar, y la ética se dejaría a los historiadores.

Él no esconde que los engaños de la administración Bush desacreditan la posición estadounidense, y que había razones de principio para no invadir Irak, pero el asunto que le preocupa es que nadie pretendió derrocar a Sadam por el hecho de que era un asesino y que podría haber seguido asesinando de no haberlo quitado de en medio (según Chomsky, esto no es cierto, ya que el derrocamiento interno era una opción plausible).

Y aunque los argumentos aducidos por la administración Bush (las armas de destrucción masiva y exportar la democratización para detener el terrorismo de la zona) no incluían la obligación de derrocar a un asesino de masas (alegarlo habría ido en contra de la intención de Bush de agarrarse a la poca apariencia de legalidad que le iba quedando), al menos ellos retrataron públicamente a Sadam como un asesino de masas del tipo Hitler o Stalin. Eso es, al menos, alguna virtud en la posición a favor de la invasión de Irak. Otra virtud añadida de los favorables a la guerra fue que, aún con un diferente razonamiento, quitaron de en medio a un tirano. La objeción de fondo de que EEUU es hipócrita y selectivo a la hora de enojarse con las dictaduras, aunque sea cierto según reconoce Goldhagen, es un pecado menor comparado con el bien que se le hace a todas las potenciales víctimas de esas dictaduras, y no debe ser un obstáculo para derrocar a una dictadura. Es el pragmatismo, probablemente bienintencionado y que nace de la más genuina indignación humanitaria, pero llevado hasta sus últimas consecuencias lógicas.
"El argumento de que dado que no se derroca a todos los asesinos de masas, a todos los dictadores y a todos los brutos, no habría que derrocar a ninguno -parecido a un argumento que nadie se atreve a alegar, según el cual dado que no se castiga a todos los asesinos de la sociedad, no habría que castigar a ninguno- es una vergüenza en el plano de la lógica, de la moral y de la política."
Considero que este ejemplo es demagógico. A diferencia de todos los delincuentes de un país, sí es posible identificar, y eventualmente detener, a todos los dictadores asesinos del mundo. Pero para Goldhagen parece ser más importante empezar la labor de la justicia sea como sea, sin más demora, sin importar si hay intereses ocultos. Si nos quitamos a unos asesinos de encima, bienvenido sea. Esa posición es tan conformista, que deja tocado y hundido el principio de igualdad y universalidad ante la ley. Toda injusticia podría quedar hipotecada a que en un futuro le llegue la hora de ser corregida... si le interesa a EEUU o a la potencia de turno. Siguiendo con su símil: imaginemos a un gobierno racista que opta por atajar toda delincuencia, pero quiere terminar con los criminales negros antes de empezar con los blancos. Lo debatible es si este plan de acción contra la delincuencia sería defendible moralmente (o incluso si es posible que no sea eficaz, porque ese gobierno racista lo detenga una vez terminado con los criminales negros). ¿Debemos oponernos a una manipulación interesada y selectiva de la obligación de castigar, o debemos aceptar como mal menor a un gobierno que sea racista (o que EEUU nos imponga sus prioridades e intereses)? Yo creo que este razonamiento de Goldhagen, además de demagógico, "es una vergüenza en el plano de la lógica, de la moral y de la política", utilizando las mismas palabras que le dedica a los que no tragan con su argumento.

En segundo lugar, Goldhagen es consciente de que sería muy difícil poner a todos los países de acuerdo, y que la ONU facilitase un cambio tan sustancial en el orden internacional, por eso propone sus medidas de prevención que incluyen recompensas, intervenciones unilaterales, castigos, arrojar octavillas desde aviones en países genocidas, etc... La ingenuidad de sus propuestas finales roza la perversidad, ya que espera que los países democráticos se posicionen genuinamente frente al eliminacionismo de manera totalmente espontánea y desinteresada. Confía e insta a que EEUU, Reino Unido y Francia, actúen para detener genocidios en un sistema que les excusaría de tener que presentar antes o después alguna justificación jurídica. Pero el propio Goldhagen reconoce que cuando estos países han intervenido lo han hecho por sus intereses, así que darles carta blanca para ningunear al derecho internacional es, en la práctica, ponérselo más fácil para que sigan haciendo de las suyas. No tiene ninguna fe en la ONU, ¿y si la tiene en EEUU?

En este último capítulo también se proponen algunas sugerencias terminológicas, como acuñar "la guerra contra la humanidad" para sustituir al término "crímenes contra la humanidad", o desmantelar la ONU y crear un nuevo organismo compuesto únicamente por democracias que se llamaría "Naciones Democráticas Unidas". Con China y Rusia se podría hacer una excepción en aras de un fin mayor, ya que ante el temor de no hacer nada, es mejor hacerlo de manera imperfecta (incluyendo a China y Rusia para que tenga más fuerza).

El mapa del libro es de 2008, pero este de 2011 tiene casi los mismo resultados
El mapa que autoriza a Goldhagen, para afirmar que más de 1/3 de la ONU está formada por regímenes sin democracia electoral ("regímenes criminales"), y que (según una medida supuestamente diferente) más de la mitad de la ONU está formada por tiranías, es el mapa que cada año aporta la organización Freedom House. Freedom House viene haciendo informes desde hace décadas en los que evalúa la calidad democrática y la libertad de todos los países del mundo. Aunque estos informes son aceptados por muchos medios y académicos, su metodología que mezcla variables lleva a dejar a Cuba peor situada que China (2007), como dice Secundino Gonzalez. Si a ello le sumamos las críticas que ha tenido por ser el brazo propagandístico de EEUU, según Chomsky y Hermann, nos encontramos con otro patinazo de Goldhagen en el terreno de la política actual.

Aunque algunas medidas puedan ser inteligentes y bienintencionadas, lo ingenuo de otras muchas, así como el análisis parcial de la Guerra de Irak o su aprobación moral y política para hacer excepciones justo con los que más han abusado, puede hacer pensar al lector que todo el riguroso proceder en los capítulos previos debe ser de la misma calidad. No es cierto. En cuanto a los eruditos análisis que comparan las prácticas eliminacionistas a lo largo del espacio y del tiempo de nuestra era, poco hay que objetar en términos generales, salvo las contradicciones ya comentadas anteriormente. Pero la ciencia política y la historia son mezcladas con sabiduría y los argumentos se someten a pruebas que los hacen entendibles, aunque quizás sean algo repetitivos. Lamentablemente, este balance positivo queda oscurecido al final del libro por juicios de valor y opciones políticas poco razonadas y nada razonables.




ENLACES INTERESANTES

Documental sobre el libro en youtube (cambiar subtítulos a español, aunque no sean exactos permite seguir el documental si no se sabe inglés); el documental aporta algunos momentos brillantes que no están en el libro como la entrevista a Madeleine Albright, responsable estadounidense de asuntos exteriores y embajadora de EEUU en la ON.
La controversia sobre los alemanes corrientes y el holocausto (PDF).
Goldhagen y su opinión sobre el peligro del islam político.
Guía para estudiar el documental en centros educativos.
Reseña de El Mundo.
Reseña en New Statesman (inglés)
Artículo sobre el debate de la unicidad del holocausto que tuvo lugar en los 90 (inglés).
Howard Zinn sobre la unicidad del holocausto.
Yehuda Bauer sobre la unicidad y sobre otros genocidos.
La web del autor, www.goldhagen.com
Aurelio Arteta reflexiona sobre el papel de los testigos y apoya la tesis de Hanna Arendt (youtube)
Antonio Fernández García, de la UCM, resume los argumentos dados por otros historiadores en contra del libro "Los Verdugos Voluntarios de Hitler" (PDF).
Otro libro sobre el fenómeno del genocidio.
Cómo se falsificó la historia del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki

1 comentario:

  1. Parece un buen libro.

    Peor que la guerra, si.

    Eso existe.

    Gracias por contar estos temas y taer estos libros.

    J.

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