Con este libro muestra una gran erudición sobre la amistad que unió a dos grandes inmortales de la filosofía ilustrada, y nos abre, como si de un melón se tratase, los secretos de esa época con una narrativa jugosa que planea sobre la admiración mutua entre David Hume y Adam Smith.
David Hume era famoso por su empirismo y por sus ataques a la religión. A Adam Smith se le conoce como el padre del capitalismo, pues con su obra maestra "La riqueza de las naciones" sentó las bases del libre mercado. Rasmussen no trata de presentarnos un complejo esquema de ideas filosóficas, simplemente deja que estas aflorezcan mientras nos relata la influencia que Hume tuvo en Smith, de la mano de sus charlas, de sus cartas, de sus visitas, consiguiendo así, sin pretenderlo, introducirnos un poco en el pensamiento de los dos filósofos.
CORRESPONDENCIA Y MANERAS DE ESCRIBIR
El atractivo de una vieja amistad está sin duda en que uno de los actores se tuvo que enfrentar a la religión establecida, mientras que el otro hacía encaje de bolillos para eludir el enfrentamiento, pero dejando claro que nunca iba a renegar de su amigo porque fuera un infiel.
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Carta de Hume a Smith (1759) |
Y en cuanto a lo meticulosos que eran en su forma de escribir, el padre del capitalismo revisaba muchas veces sus escritos antes de publicarlos, motivo por el cual probablemente solo publicó dos libros. Hume, en cambio, tenía bastantes más porque era mucho más natural, y cuando se corregía a sí mismo prefería editar versiones actualizadas de lo ya publicado. Pero se parecían mucho en otras cosas. Ambos tenían facilidad para hacer amigos. Hume era más natural en su carácter, afable, amigo de las charlas alrededor de una buena comida. Smith algo distraído, en ocasiones se le describía como absorto en mitad de una reunión social. Pero ambos compartían el gusto de la buena compañía, y tanto sus carreras profesionales como sus vidas personales, ambos solteros, tuvieron trayectorias paralelas.
CON LA IGLESIA HEMOS TOPADO
Rasmussen señala cómo Smith ponderaba meticulosamente las consecuencias que podría tener meterse con la religión, cosa que Hume no hacía. Tampoco se puede afirmar que Hume fuera abiertamente hostil con la religión. No al menos como Voltaire que buscaba la confrontación abierta y se deleitaba provocando a los devotos. Curiosamente Voltaire era deísta, no ateo. El conocimiento que Rasmussen despliega sobre las creencias religiosas, no solamente de estos dos maestros, sino de los muchos personajes históricos que los circundaron, le lleva a concluir que mientras que Hume era un "escéptico sin paliativos" Smith era un "deísta escéptico".
Hume tenía un carácter tan pacífico, que solía desarmar a quienes le enfrentaban con su bondad y humor. Quizás por eso, por prescindir de la mofa y de señalar las incoherencias religiosas, sus críticas podían perdurar más en el tiempo. Era tan asépticamente analítico que atacaba al corazón de las creencias en sus puntos más débiles, como si usara un escalpelo, y los creyentes más poderosos supieron ver la solidez y peligrosidad de sus argumentos. Podríamos decir que él no pretendía despojar a la religión de sus ropajes para señalarla con el dedo, como se podría decir de Voltaire y los demás philosophes, sino que conseguía que de manera natural esta apareciese desnuda ante los demás, sin ni siquiera mencionar los textos sagrados, sin mirar ni de reojo a la tradición, simplemente con argumentos que estaban por encima de todo eso. Y sin eso, la religión no era nada. Tampoco escondía que la religión podía ser muy dañina, pero incluso en esto tenía matices, pues en sus primeras obras reconocía que había aspectos que en la práctica podían resultar beneficiosos.
Hume llegó a lamentarse en alguna ocasión de no haberse contenido algo más en sus críticas religiosas, pero no porque le importase demasiado la etiqueta de ateo y corruptor de jóvenes, sino más bien porque deseaba que sus obras tuvieran éxito. En ocasiones presumía de que no le importaba demasiado la opinión de la gente. Pero en otras confesaba la desazón que le producía justo lo contrario. Se pueden ver esas contradicciones en un breve escrito que diseñó para que se añadiría a la reedición de sus futuras obras: "Mi vida".
Tal y como nos señala al principio del libro, Smith también puso en jaque a otro sistema reinante en Gran Bretaña; el comercial y económico. Al fin y al cabo, ambos eran escoceses, y los pensadores de Escocia no solían cuestionar el status quo como los franceses. Aún así, no recogió tanto desprecio como cuando se vanagloriaba de tener a Hume por amigo: "diez veces más improperios" que cuando cuestionó el sistema comercial de Gran Bretaña
"De hecho, Smith fue objeto de mucho más oprobio con motivo de una carta breve que publicó ese mismo año y que describía —de forma laudatoria— la alegría y la serenidad de Hume durante los últimos días de vida. La carta acababa afirmando que su incrédulo amigo era una persona «cuya erudición y virtud se acercaban tanto a la perfección como tal vez permita la fragilidad humana» . Esto es lo más cerca que Smith estuvo jamás de enemistarse con los devotos, y fue algo que pagó con creces, aunque nunca se arrepintió. Fue el colofón perfecto para una amistad crucial en la vida de dos de los pensadores más notables de la historia. Este libro cuenta la historia de esa amistad."
LA VERDADERA AMISTAD
Rasmussen nos dice, citando a Aristóteles e incluso al mismo Smith, que de todos los tipos de amistad, solo la que persigue la virtud y la excelencia "merece el sagrado y venerable calificativo de amistad". Los amigos deben buscarse entre sí la sabiduría y la virtud, aunque también deben dejar que fluya cierta "simpatía natural". A continuación analiza posibles candidatos a destronar la amistad entre Hume y Smith como la más grande entre los filósofos occidentales, y concluye que solo ellos pueden triunfar en semejante competición.
EL PENSAMIENTO DE ADAM SMITH
El pensamiento de Adam Smith es mucho más diverso que lo que ahora muchos de afirman. No es solo el "padre del capitalismo". Su primer libro no tenía que ver con la economía sino con la moral, no en vano se titula "La teoría de los sentimientos morales". Y parece ser que su autor la consideraba "mucho mejor" que su inmortal "La riqueza de las naciones". Al igual que Hume, Smith creía que la moral humana existía antes de que llegara la religión y por tanto no dependía de ella. Las advertencias que hizo sobre los peligros de la división del trabajo, piedra angular de "La riqueza de las naciones", que podía hacer de los trabajadores unos seres inútiles para el trabajo intelectual, son a menudo obviadas por los que insisten en retratarlo como un partidario del liberalismo que existe hoy en día. Para una discusión sobre el legado político de Adam Smith, y una visión más ilustrada e izquierdista de la que se le suele atribuir, remito a mi reseña de "El optimista racional" y al intercambio de opiniones que tuve el privilegio de tener con Gavin Kennedy, un especialista en Adam Smith que falleció tal día como hoy, un 25 de abril, hace exactamente dos años.
Resulta paradójico que Smith tuviese más resquemores al mundo del comercio y del dinero que el propio Hume:
"[...]el afán de riqueza y poder que impulsa la economía y todo el proceso de la civilización en general. Para Smith, el motivo por el que la mayoría de la gente ansía estas cosas es que simpatizamos por instinto con el estilo de vida de ricos y poderosos —palacios espléndidos, carruajes lujosos e incontables criados—, y colegimos que estas cosas les hacen sumamente felices. Si reflexionáramos un momento, nos convenceríamos de que no es así, que «el poder y la riqueza» son futilezas al lado de la auténtica felicidad y que, en realidad, dejan a quien las posee «igual de expuesto que antes, o a veces incluso más, a la ansiedad, el miedo y el dolor; por no hablar de las enfermedades, los peligros y la muerte». Aun así, con la esperanza de obtener los placeres que suponemos que aportan la riqueza y el poder, invertimos de buen grado mucho más esfuerzo y estrés del necesario. No solo confundimos los medios (riqueza y poder) por el fin (la felicidad verdadera), sino que sacrificamos de manera inconsciente el fin para recrearnos en los medios. De este modo, Smith parte de una premisa de Hume sobre la belleza de la utilidad para probar un argumento antitético a la teoría de su amigo y nos advierte de un defecto grave de la sociedad comercial que Hume admiraba con tanta devoción.
[...] Por supuesto, ni Hume ni Smith eran fundamentalistas del libre mercado: ambos reconocían que el Gobierno era necesario al menos para defender la nación, impartir justicia y proveer ciertas obras públicas. De hecho, ambos destacaron la necesidad de que el Gobierno fuera lo bastante fuerte para mantener el orden y garantizar el juego limpio; precisamente, la falta de este había sido lo que había convertido la era feudal en un espectáculo tan esperpéntico. Sin embargo, ambos subrayaron que cuando los políticos intervienen en la economía para fomentar el crecimiento nacional, sus actos suelen ser en balde, o directamente contraproducentes."HUME EN PARÍS
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Hume posando para el pintor Louis Carrogis, en París, 1764. |
Tampoco es que Hume llegase a un país donde el ateísmo fuese desconocido.
"El escepticismo religioso de Hume, por muy acentuado que fuera, quedaba en nada al lado del ateísmo militante de los philosophes , más radicales que él. [...] Para Hume debió de ser una sorpresa admirable descubrirse de repente siendo objeto de mofa por no librarse lo suficiente de las ataduras de la religión. [...] La diferencia entre la falta de devoción de Hume y la de los pensadores franceses más radicales se evidencia en esta anécdota, de sobra conocida, sucedida en una cena en el hogar parisino de d’Holbach. Cuando Hume comentó que no creía en los ateos redomados, dado que no había conocido nunca a ninguno, d’Holbach le dijo que contara todas las personas que estaban sentadas en la mesa junto a él —eran dieciocho— y bromeó: «No está mal, quince de golpe. Los otros tres todavía no se han decidido». Hume debió de considerar a estos tres los más cuerdos de todos."
Las vidas profesionales de los dos amigos los llevaron por caminos muy diferentes, siempre en ciudades o países diferentes, y siempre anhelando pasar más tiempo juntos. En las misivas de Hume eran recurrentes las invitaciones a Smith a pasar una temporada en su casa. Por su parte Smith, no cesaba en tratar de convencer a Hume para que se afincase en Inglaterra, precisamente porque él mismo pensaba terminar allí.
LA TRIFULCA CON ROUSSEAU
En el capítulo "La trifulca con un filósofo indómito" se nos presenta con todo lujo de detalles la tortuosa relación que Hume tuvo con Jean-Jacques Rousseau, el gran pensador nacido en Ginebra y afincado en Francia. Rousseau era un potente filósofo que predicó muchas ideas que han calado en nuestra civilización moderna. Uno de los grandes ilustrados, sin duda, que con su obra "El contrato social" ayudó a construir la teoría política del estado y que serviría como catalizador de la Revolución Francesa. Pero tenía una mala imagen del progreso, y eso lo diferenciaba de sus coetáneos ilustrados, particularmente de Voltaire con quien tuvo un gran enfrentamiento. Rousseau pensaba que los indígenas eran más felices, al carecer de la férrea religión y educación occidental, vivían con mayor libertad y felicidad. Debido a sus novelas también era muy popular entre el púbico general, y por eso es de extrañar que fuese perseguido, ya que las elites del poder veían con malos ojos que una figura tan popular cuestionase los cimientos más sensibles del Estado.
Pero además de popular, primero por querido y después por perseguido, tenía un carácter muy histriónico que le hacía difícil conservar las amistades. Veía conspiraciones y malas intenciones en todo su entorno, incluso dentro de su círculo de amistades. Según Rasmussen, "tenía una sensibilidad extrema que rozaba la paranoia. Hume quiso ayudarlo cuando lo querían linchar en Francia, y lo tuvo bajo su protección un tiempo. Hasta que Rousseau se volvió como una víbora en contra de su protector. El barón d'Holbach ya le avisó a Hume de que tuviera cuidado con él, pero al escocés le pudo más el ayudar a un filósofo perseguido.
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ROUSSEAU HUME |
Las diferencias filosóficas y personales con Rousseau no fueron un problema para Hume. El primero era bajo y delgado, apasionado e irritable, incapaz de hacer amistades estables, desconfiado, amargado y creyente algo sui géneris (según el propio Hume, con "devoción por la Biblia"). El segundo era alto y rollizo, sereno, de buen trato, risueño, fiel a sus amigos, entre los que a menudo se encontraban quienes pensaban diferente, como algunos clérigos, a pesar de su aversión por la superstición religiosa.
"Hume creía, con más fervor incluso que Smith, que el comercio traía intrínseco una cadena indisoluble de esfuerzo, conocimiento y humanismo. Por su parte, Rousseau sostenía que entrañaba poco más que desigualdad, dependencia y corrupción. Mientras que Hume era moderado y pragmático, Rousseau era un radical, tanto en su crítica del orden establecido como en las diversas recetas que propuso para corregirlo."
Pero no fueron las diferencias filosóficas lo que les separó, sino la desconfianza de Rousseau que terminó acusando a Hume de protegerlo con la única intención de querer establecer alguna deuda con él. Aunque Hume titubeó, en parte por el consejo de Smith de no contestar a las locuras de Rousseau, finalmente se decidió a publicar su correspondencia con el ginebrino.
EL ENCARGO RECHAZADO DE PUBLICAR PÓSTUMAMENTE UNA OBRA CONTRA LA RELIGIÓN
Smith no era partidario del ruido innecesario que nublaba el sosegado pensamiento, no le gustaba la idea sacar a la luz en los mentideros del país los dimes y diretes que tenían los filósofos. De hecho, su aversión al conflicto le hizo que no satisfaciera uno de los últimos deseos de su amigo: publicar "Diálogos sobre la religión natural", la obra preferida de Hume que éste pidió a su amigo que publicase cuando estaba al final de su vida.

Esta fue la única riña que destacar entre los dos amigos, y según Rasmussen no fue especialmente enconoda, ni entorpeció para que estuvieran unidos hasta el último día de Hume. Prueba de ello son las palabras de elogio que le dedicó a su difunto colega, ya comentadas anteriormente, y que probablemente estaban a mitad de camino entre los sentimientos que profesaba hacia él, y el remordimiento por no haber cumplido los últimos deseos de su amigo.
Para Rasmussen lo desconcertante fue por qué Hume quiso publicar "Los diálogos sobre la religión natural" al final de su vida, cuando los había escrito veinticinco años atrás. Y considerando que la fama de infiel ya se la había ganado a pulso con las obras que había publicado, los Diálogos no iban a suponer ninguna novedad para Hume pero sí podían provocar una nueva ola de improperios y dificultades que se añadían a los que ya se había granjeado Smith por ser abiertamente amigo de David Hume. Así que quizás fuera algo injusto hacer recaer dicho peso sobre su amigo, cuya carrera estaba consolidándose en aquellos entonces.
Los Diálogos fueron finalmente publicados tres años después de la muerte de Hume, por su sobrino. Tanto Smith como William Strahan, editor de ambos, consiguieron quitarse la patata caliente de encima.
HUME Y CARONTE: UNA MUERTE CELEBRADA, UNA MUERTE CELEBRE
La muerte de alguien que con su obra había hecho bandera de la lucha contra la religión, causaba un morbo en las masas que gozaban soñando que a última hora se había convertido,
como si eso supusiera una victoria sobre alguien ante el que siempre
fracasaron. La honestidad y fidelidad de Smith, no solo fue la de un
amigo, sino la de un filósofo que aunque huía del enfrentamiento
innecesario, no podía soportar ni la mentira ni el linchamiento de quien
había sido un faro intelectual para él y para muchos otros ilustrados.
Podemos conocer una de las últimas conversaciones de Smith con Hume gracias a las cartas que ambos escribieron a amigos en los que les contaban sus respectivas versiones. Esta charla nos da una idea de la tranquilidad con la que Hume afrontaba la muerte y de lo que mucho que tenía que agradecer a la vida afortunada que había tenido, en la que ya le quedaba poco por hacer. Merece la pena leer los dos párrafos completos:
"Smith reflexionó que, aunque estuviera cerca de morir, Hume debía de sentirse reconfortado por dejar a su familia en la abundancia. Su amigo estuvo de acuerdo; reconoció que se arrepentía de pocas cosas y que dejaba poco por hacer. Lo ilustró comparando su situación con la de un personaje de un diálogo de Luciano que había releído hacía poco. [...] Los personajes en cuestión suplican a Caronte, el barquero del Hades que traslada las almas de los que acaban de fallecer al otro lado del río Estigia, para que les conceda un aplazamiento de la condena. Uno se ofrece a casarse con una de sus hijas, otro a acabar de construir su casa, y un tercero a hacer provisiones para sus hijos. Hume trató de encontrar una excusa similar para sí mismo, pero vio que había hecho todo lo que quería hacer, así que no se le ocurría ningún subterfugio factible. Continuó así: «Al final pensé que podría decirle esto: “Gentil Caronte, he tratado de abrir los ojos de la gente. Tened un poco de paciencia hasta que tenga el placer de ver las iglesias cerradas a cal y canto y a los clérigos desocupados”». Pero sabía a la perfección que este pretexto sería en vano: «Caronte respondería: “Venga, bribón, no me hagas perder el tiempo. Eso no pasará ni en doscientos años. ¿Acaso crees que te daré tanto margen? Sube a la barca ahora mismo”».
En la carta privada a Wedderburn, Smith da por terminado el relato de la conversación aquí, pero en Carta a Strahan ahonda más en la anécdota y atenúa ligeramente su tono profano. En la versión publicada, Hume idea un par de «excusas graciosas» que invocar ante Caronte, con sendas «respuestas hoscas» del barquero. Hume comienza con este razonamiento: «Gentil Caronte, he estado enmendando mis obras para una nueva edición. Concededme un poco más de tiempo para ver cómo se reciben los cambios». Pero Caronte, al parecer versado en la reputación de Hume, le contesta: «Cuando hayas visto el efecto de estos cambios, querrás hacer otros. Estas excusas se sucederán sin fin, así que, buen amigo, sube a la barca». Hume insiste: «Tened un poco de paciencia, gentil Caronte, he procurado abrir los ojos de la gente. Si vivo unos años más, tal vez tenga la satisfacción de ver la caída de algunos cultos supersticiosos vigentes». Aunque en esta versión Hume ya no se atreve a desear ver «las iglesias cerradas a cal y canto y a los clérigos desocupados», Caronte no se muestra más benevolente que en la versión relatada a Wedderburn: «Bribón, no me hagas perder el tiempo. Eso no pasaría ni en un millar de años. ¿Acaso crees que te daré tanto tiempo? Sube a la barca ahora mismo, granuja holgazán”»
Muchos e interesante puntos que me dejo en el tintero son analizados por Rasmussen de manera tan amena como pormenorizada: las mejoras de Smith a las ideas de Hume (y no solamente la referencia implícita a él), la famosa cita racista de Hume (y la emitida en sentido contrario por Smith) y la apuesta por la separación iglesia-estado (paradójicamente mucho más firme en Smith que en Hume), etc.
El siguiente libro de Rasmussen, aún por publicar, lleva el sugerente título de "Los
miedos a la puesta del sol: la desilusión de los fundadores de América". Esperemos que no quede sin traducir al castellano, como le paso a su anterior libro "La ilustración pragmática: recuperando el liberalismo de Hume, Smith, Montesquieu y Voltaire".
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